
El equipo colombiano al que hoy enfrentará River es el mismo rival ante el que Enzo Pérez se calzó los guantes en 2021, luego de que 20 jugadores se contagiaran de coronavirus. Este capítulo del libro “Este es el famoso River, 125 años” reconstruye la épica noche.
El equipo colombiano al que hoy enfrentará River es el mismo rival ante el que Enzo Pérez se calzó los guantes en 2021, luego de que 20 jugadores se contagiaran de coronavirus. Este capítulo del libro “Este es el famoso River, 125 años” reconstruye la épica noche.
EI sábado 15 de mayo de 2021, mientras el Ministerio de Salud de la Nación informaba de 21.469 nuevos casos de coronavirus y otras 400 muertes en las últimas 24 horas -y ya con 70.000 fallecidos acumulados en Argentina-, River comunicó que el brote también había alcanzado a gran parte del plantel: 15 jugadores estaban contagiados de covid-19 y quedaban marginados del partido que al día siguiente debían jugar contra Boca en la Bombonera por los cuartos de final de la Copa de la Liga.
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No solo eso: tres noches más tarde, el miércoles 19, River tenía un compromiso de Copa Libertadores en el Monumental contra Independiente Santa Fe, de Colombia, por la quinta fecha de la primera fase, lógicamente en ambos casos con los estadios vacíos, sin público, a tono con una ciudad en la que las reuniones sociales estaban prohibidas.
Ese sábado de barbijos, el plantel de Marcelo Gallardo había comenzado a practicar en el River Camp con la tensión lógica de un superclásico por jugar al día siguiente, pero sin sospechar que los resultados de los test de la mitad de los futbolistas, y en especial de la totalidad de los arqueros, estaban por arrojar una catarata de positivos. EI mensajero interno era Pedro Hansing, el médico, que llevó las peores noticias para la cancha en la que se entrenaban Franco Armani, Enrique Bolgona, Germán Lux y Franco Petroli.
EI doctor le pidió que se acercara primero a Bologna, que al principio no entendía —ni él ni sus compañeros de puesto— el motivo, pero pronto lo supo: había dado positivo y debía aislarse. A los pocos minutos, como un vocero de las desgracias, Hansing llamó a Armani y le informó lo mismo, que tenía que encerrarse en su casa. Quedaban dos, Lux y Petroli, que creyeron que habían tenido más suerte, pero no. Apareció otra vez Hansing y llamó primero a Lux. Petroli quedó solo, aunque por poco tiempo: también debía dejar el plantel.
Con Ezequiel Centurión a préstamo en Estudiantes de Buenos Aires, en la B Nacional, en el cuerpo técnico pensaron en recurrir a Alan Leonardo Díaz, un chico de 21 años que era el sexto integrante en el escalafón de arqueros. Sin haber debutado todavía en la Primera ni en la Reserva, su mayor experiencia parecía poco currículum: 17 veces suplente en la Reserva, por lo que se encaminaba a quedar libre el 30 de junio.
Sin embargo, el destino le tenía preparado convertirse en el futbolista más inesperado en la historia del superclásico y ya al día siguiente en la Bombonera, el domingo 16, respondió de muy buena manera para un equipo de emergencia que contó además con otros debuts, los del volante ofensivo Tomás Galván y el delantero Daniel Lucero, ambos en el segundo tiempo. Tras el empate 1 a 1 con un gol de Julián Álvarez, Díaz incluso le atajó un penal en la definición a Edwin Cardona, el jugador de Boca que no tuvo mejor idea que picársela a un chico debutante, aunque finalmente River perdió 4 a 2.
Enzo Pérez y las revelaciones detrás de su decisión de atajar
De todas maneras, al equipo de Gallardo se le venía un problema mayor. A las 24 horas, el lunes 17 de mayo, médicos al servicio de la Conmebol visitaron al plantel para realizar el hisopado protocolar correspondiente al partido del miércoles por la Libertadores. La nueva mala fue que otros cinco jugadores dieron positivo, por lo que el plantel pasó a sumar 20 contagiados. A diferencia del torneo local, la Copa requería de una lista de buena fe. Por la emergencia sanitaria, a comienzos de año, la Conmebol había ampliado la posibilidad para anotar a más futbolistas pero Gallardo, equivocadamente, prescindió: podía haber inscripto a 50 y eligió a 32.
De los dos problemas, uno era para completar el equipo que debía enfrentar a Independiente Santa Fe: entre los 12 futbolistas con el alta sanitaria estaba Javier Pinola, pero el defensor se recuperaba de una fractura y no podía jugar. Otro de ellos, Enzo Pérez, sufría una sobrecarga muscular —se había «pinchado», como suele decirse en el argot de los futbolistas—, y había pedido el cambio en el entretiempo del superclásico. O sea, River no completaba un equipo. Pero aun así, el otro inconveniente era más insólito: no tenía arquero. Con los cuatro inscriptos bajo contagio —Armani, Petroli, Lux y Bologna—, River le pidió a la Conmebol que Díaz pudiese atajar, pero la respuesta fue negativa.
EI martes 18, un día antes de recibir a los bogotanos, Gallardo y los futbolistas disponibles se reunieron en el River Camp. Antes del entrenamiento se empezaron a contar y, sin Pinola, que no podía jugar, eran 11. Pero de esos 11, no había arquero y uno, Enzo, estaba lesionado. Si entre el cuerpo técnico y los dirigentes se preguntaban en privado «¿y ahora de qué nos disfrazamos?», Gallardo se sinceró ante el plantel: «Necesitamos que uno sea el arquero».
En los picados posteriores a los entrenamientos, había tres futbolistas que solían atajar: Jonatan Maidana, Fabrizio Angileri y Enzo Pérez. Pero usar a los dos defensores significaba perder un jugador de campo, por lo que el mendocino, que sabía que no podría jugar, se ofreció -o, pensarían muchos, se inmoló—: «Atajo yo, Marcelo».
Entonces comenzó, a cargo del entrenador de arqueros, Alberto «Tato» Montes, y de otro de los integrantes del cuerpo técnico, César Zinelli —analista de rivales pero también con pasado como arquero—, un curso intensivo de cómo enseñarle a Enzo los secretos básicos del puesto. En un entrenamiento táctico contra un rival fantasma, porque lógicamente no había jugadores suficientes para armar dos equipos, el mendocino fue al arco y comenzó a recibir indicaciones sobre el posicionamiento.
Que no tenía que estar en la línea, debajo del travesaño, sino un par de pasos adelantado. Que los remates no tenían que agarrarlo caminando. Que no debía ser estético en las atajadas sino efectivo. Que el único objetivo era que la pelota no entrara al arco. Que tenía que moverse en diagonales y achicar el ángulo de remate. Que el área grande es como un ring de boxeo y debía saber caminarlo. Enzo, a su vez, tenía una ventaja, su puesto natural: hay ciertos paralelismos en cómo el arquero y el volante central siguen los partidos.
En el entrenamiento también hubo ejercicios de pelotas paradas a favor y en contra. Tiros libres. Córners. Cómo armar una barrera. Y una misión colectiva: que los diez jugadores de campo, que tendrían que resistir los 90 minutos sin la posibilidad de cambios, bloquearan todo el tiempo los remates rivales. Duplicar los esfuerzos para que los colombianos no pudieran patear de media ni corta distancia ni tampoco tuvieran tiros libres.
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Ya el 19 de mayo, un miércoles en el que el Ministerio de Salud informó de otros 39.652 casos de coronavirus, Enzo Pérez se probó los guantes de todos los arqueros del plantel y eligió los de Lux, que sentía más cómodos que los del resto: hay cuestiones de grip y tamaño que son personales. Solo faltaba que el histórico utilero, Raúl «Pichi» Quiroga, le estampara el número 24 y el apellido Pérez a las camisetas verde fluorescente que los arqueros utilizaban en la temporada. En la entrada en calor, para que no quedara expuesto ante los colombianos que empezaban a mirarlo de reojo, Enzo se movió como futbolista, no como arquero.
A último momento, Enzo le pidió a Zinelli que fuera detrás del arco para orientarlo y el ayudante del Muñeco se camufló entre fotógrafos y alcanzapelotas, vestido de civil y con pechera de Conmebol, para orientarlo con indicaciones sencillas. «No la piques», le gritó varias veces, ante un peligroso tic del mendocino, que hacía rebotar en exceso la pelota contra el césped antes de sacar hacia mitad de cancha: el temor era que un colombiano intercediera en uno de esos innecesarios piques. Por lo demás, la actuación de Enzo fue perfecta: bien ubicado, sin complicarse, firme en los centros y manejando los tiempos, siempre sostenido por el fenomenal trabajo colectivo del equipo.
Acaso la única suerte que River había tenido en la previa de ese partido fue que, aun sin Armani, Matías Suárez, Nicolás de la Cruz, Rafael Borré, Gonzalo Montiel ni Leonardo Ponzio —todos contagiados—, con los 10 jugadores restantes se podía armar un equipo sin sacarlos de sus puestos naturales: quedaban defensores, volantes y delanteros en su justa proporción. Así fue como al Enzo arquero se le sumaron dos juveniles debutantes —Felipe Peña Biafore y Tomás Lecanda—, futbolistas de poco rodaje —Agustín Fontana— y el inmenso mérito colectivo de un equipo que nunca permitió que los colombianos patearan cómodos al arco.
EI segundo golpe favorable, claro, fue la efectividad necesaria: a los 6 minutos River ganaba 2 a 0 con goles de Angileri y un Julián Álvarez que comenzaba a activarse en modo Araña. Y aunque los colombianos descontaron sobre el final, al triunfo 2 a 1 le siguió la corrida de Enzo detrás del arco para abrazar a Zinelli, su ángel protector.
Si bien a esa noche solo le faltó el público en las tribunas, fue el partido en que Enzo Pérez se recibió de ídolo: los panteones del fútbol se construyen con grandes jugadores pero solo algunos, por una chispa difícil de explicar, se meten debajo de la piel. Tras la reapertura de la vida social, los hinchas recién volverían a la cancha más de cinco meses después, el 3 de octubre de 2021, en un triunfo 2 a 1 contra Boca con goles por duplicado de Julián Álvarez que cerró un paréntesis de tribunas cerradas de un año y medio.
Desde entonces, la camiseta verde neón se multiplicaría en el Monumental e incluso se convertiría en el buzo preferido para los hinchas por sobre los más emblemáticos de los dos grandes arqueros del siglo XXI, el verde pasto con el que Marcelo Barovero le atajó el penal a Emmanuel Gigliotti en las semifinales de la Sudamericana 2014, el 27 de noviembre en el Monumental, y el naranja coral con el que Armani le bloqueó el mano a mano a Darío Benedetto en el último minuto de la final de ida de la Libertadores 2018, el 11 de noviembre en la Bombonera.
Nacido el 22 de febrero de 1986, 14 días después del gol de chilena de Enzo Francescoli en el 5 a 4 a Polonia que inspiró a su padre, fanático de River, a inscribirlo con ese nombre —como también elegiría el papá de Enzo Fernández en 2001 y miles de padres y madres gallinas en el resto del país en los últimos años—, Pérez también aportó al nombre más riverplatense del Registro Civil. Enzo fue el cuarto más elegido en la Ciudad de Buenos Aires en 2023, el tercero en 2024 y arrancó quinto en 2025. Hoy el nombre se multiplica entre las nuevas generaciones, ya no queda claro si por Francescoli, Pérez o Fernández, campeón del mundo con la Selección en Qatar 2022, aunque en verdad por los tres juntos. Pero arquero, entre ellos, hubo uno solo, y fue contra Independiente Santa Fe.
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