
Hay algo peor para un gobierno que una mala noticia: que empiecen a acumularse. Y Javier Milei parece estar atravesando justamente esa etapa en la que las encuestas dejan de ser una molestia y empiezan a convertirse en un espejo.
La imagen del Presidente cayó a su nivel más bajo desde septiembre de 2025. El rechazo crece, el malestar económico se siente y una parte de la sociedad empieza a mirar al Gobierno con esa expresión que suele aparecer después de pagar las cuentas: “¿Y esto era la libertad?”. Pero acá aparece la paradoja argentina: Milei pierde imagen, pero la oposición no gana entusiasmo.
Es como si el Gobierno estuviera perdiendo el partido y la oposición estuviera sentada en el banco de suplentes discutiendo quién entra a la cancha.
Porque el desgaste existe. Está. Se ve. Se mide. El problema es que nadie parece capaz de transformarlo en una alternativa.
Milei puede perder puntos, pero enfrente no aparece una figura que los recoja. El Gobierno puede generar rechazo, pero la oposición todavía no consigue generar confianza. Y entre una cosa y la otra queda flotando ese enorme territorio argentino donde vive el ciudadano que no quiere volver al pasado, pero tampoco está seguro de querer seguir pagando el presente.
El dato debería preocupar al oficialismo, pero también debería preocupar muchísimo más a quienes pretenden reemplazarlo.
Porque una elección no se gana simplemente esperando que el otro se equivoque. Hay que convencer. Hay que explicar. Hay que tener una propuesta. Y, sobre todo, hay que lograr que alguien piense: “Estos pueden hacerlo mejor”.
Por ahora, esa frase parece estar en oferta, pero nadie la compra.
Milei llegó al poder prometiendo dinamitar la vieja política. Y la vieja política, paradójicamente, parece estar haciendo un esfuerzo extraordinario para demostrarle que tenía razón. El Presidente baja en las encuestas. La oposición no sube. Y en el medio está la gente, mirando la pantalla como quien espera el próximo capítulo de una serie que ya lleva demasiadas temporadas.
La economía aprieta, el humor social cambia y el relato oficial empieza a encontrar más dificultades para explicar lo que ocurre en la vida cotidiana. Porque una cosa es decir que la macroeconomía mejora. Otra muy distinta es explicárselo al tipo que llega al supermercado, mira el changuito y empieza a sacar productos como si estuviera desarmando una bomba.
La política argentina tiene una curiosa habilidad: puede convertir una crisis de popularidad en una oportunidad perdida.
Y eso es exactamente lo que está ocurriendo. Milei está en baja. Sí.
Pero la oposición todavía no está en alta.
Y mientras unos pierden votos y los otros no los encuentran, el ciudadano queda en el medio, con la billetera flaca, la paciencia corta y una pregunta cada vez más incómoda:
Porque cuando un gobierno empieza a perder apoyo, la democracia necesita una alternativa. No alcanza con decir “Milei no”.
Hay que explicar qué viene después. Y ahí, por ahora, el silencio opositor hace más ruido que cualquier encuesta.