
La Argentina lleva demasiado tiempo moviéndose como un péndulo. Cuando fracasa un extremo, en lugar de corregir sus errores buscamos refugio en el extremo contrario. Cambian los protagonistas, las consignas y las explicaciones, pero permanece una misma lógica: la pretensión de convertir una parte de la verdad en verdad absoluta y considerar débil, tibio o incluso enemigo a quien se atreve a introducir un matiz.
Jueves 20 de Agosto de 2026 - Actualizada a las: 10:00hs. del 20-08-2026
Después de tantas experiencias pendulares deberíamos haber aprendido una lección elemental: la salida no está por los bordes.
Una reciente reflexión periodística lo expresó con una imagen particularmente acertada: “la polarización deja muchos huérfanos”. En efecto, existe una porción importante de la sociedad que no quiere regresar a experiencias que considera agotadas, pero tampoco está dispuesta a abrazar como solución el extremo contrario. Son ciudadanos que tienen convicciones, pero se resisten a aceptar que para ejercerlas deban incorporarse obligatoriamente a una de dos trincheras.
Allí comienza el desafío de salir de la grieta.
No significa ubicarse aritméticamente en el centro de dos posiciones. Tampoco consiste en tomar un poco de cada extremo para conformar a todos. No buscamos el punto medio entre dos errores: buscamos superar ambos.
Nuestra propia historia ofrece suficientes razones para intentarlo. Hemos conocido estatismos que confundieron justicia social con un Estado sin límites; populismos que imaginaron que distribuir podía desvincularse indefinidamente de producir; aperturas económicas que confundieron integración al mundo con ausencia de estrategia nacional; y programas de estabilización que supusieron que ordenar las variables macroeconómicas constituía por sí solo un proyecto integral de desarrollo.
Cada experiencia reconoció una parte de la realidad y cometió después el mismo error: transformar esa parte en el todo.
García Cuerva y el límite humano de la economía
En este contexto adquieren particular significación las palabras pronunciadas por el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, durante la celebración de San Cayetano.
Frente al endeudamiento de las familias, los ingresos insuficientes y las dificultades que atraviesan numerosos argentinos, formuló una afirmación que interpela directamente uno de los debates centrales de nuestro tiempo: “la libertad económica no puede ser absoluta”.
La afirmación no significa negar la libertad económica, desconocer la propiedad privada ni relativizar la importancia del equilibrio fiscal. Significa algo diferente y mucho más profundo: ninguna libertad puede transformarse en absoluta cuando termina desconociendo la dignidad de los demás y las exigencias del bien común.
El equilibrio fiscal es indispensable. Un Estado que sistemáticamente gasta más de lo que puede financiar termina generando inflación, endeudamiento y pobreza. Pero debemos comprender algo igualmente importante: el equilibrio fiscal es una condición necesaria de sustentabilidad; no es una filosofía completa de la sociedad.
El mercado constituye un formidable mecanismo de producción, innovación e intercambio, pero no posee conciencia moral. El Estado es imprescindible para garantizar derechos y bienes públicos, aunque cuando pretende ocupar todos los espacios puede terminar amenazando las mismas libertades que debería proteger.
¿Por qué, entonces, tenemos que elegir obligatoriamente entre esos absolutos?
Una sociedad puede ordenar sus cuentas y simultáneamente preguntarse qué ocurre con una familia que debe endeudarse para comprar alimentos. Puede promover inversiones y discutir cómo se distribuyen sus beneficios. Puede defender la propiedad privada y reconocer que existen intereses colectivos. Puede promover la libertad individual y sostener al mismo tiempo que vivimos en comunidad.
León XIV y la cultura del encuentro
A aproximadamente noventa días de la esperada visita de León XIV, las palabras de García Cuerva ponen en vidriera una discusión que probablemente adquiera creciente importancia.
La visita del Papa será pastoral, no partidaria. Sería un grave error pretender convertir al Pontífice en dirigente de una oposición política que no le corresponde. Pero sería igualmente ingenuo imaginar que un mensaje pastoral sobre pobreza, trabajo, concentración de riqueza, solidaridad, tecnología y dignidad humana carecerá de consecuencias culturales y políticas.
La doctrina social de la Iglesia sostiene desde hace más de un siglo que la propiedad privada es legítima, pero no absoluta; que la libertad económica debe convivir con el bien común y que la economía debe estar al servicio del hombre y nunca el hombre al servicio de la economía.
La cultura del encuentro representa, además, exactamente lo contrario de la grieta. No pretende que todos pensemos igual. Pretende que podamos pensar distinto sin convertir al adversario en enemigo.
Y aparece ahora un desafío adicional de dimensiones civilizatorias: la inteligencia artificial.
La IA puede transformar positivamente la medicina, la educación, la ciencia, la productividad y el conocimiento. Sería absurdo pretender detenerla. Pero igualmente absurdo sería considerar que todo aquello que tecnológicamente podemos hacer necesariamente debemos hacerlo.
Necesitamos, paradójicamente, inteligencia para gobernar la inteligencia.
Cuando los algoritmos comienzan a intervenir sobre empleo, crédito, información, seguridad, consumo y oportunidades, la eficiencia tecnológica encuentra inevitablemente una frontera ética. La persona debe continuar siendo sujeto del progreso tecnológico y nunca convertirse en objeto de aquello que ella misma creó.
Estado absoluto, mercado absoluto y tecnología absoluta pueden terminar compartiendo un mismo peligro: colocar una abstracción por encima de la persona humana.
La descalificación de los “tibios”
En el otro extremo de esta disputa cultural apareció recientemente una expresión reveladora del senador nacional Bertie Benegas Lynch, uno de los referentes del sector más radicalizado del pensamiento libertario argentino, quien habló de “la ignorancia de los tibios del medio”.
La frase resulta significativa mucho más allá de quien la pronunció. Expresa una concepción según la cual la moderación sería debilidad, el centro una forma de cobardía intelectual y quien se niega a ubicarse en alguno de los extremos carecería de convicciones.
Allí está precisamente una de las trampas que debemos romper.
Los extremos necesitan desacreditar cualquier camino superador porque su supervivencia política depende de convencernos de que solamente existen dos opciones.
Si todo debe dividirse entre nosotros y ellos, libertad o igualdad, Estado o mercado, patriotas o enemigos, entonces cualquier búsqueda de síntesis inmediatamente puede ser denunciada como tibieza o traición.
Pero el camino del medio no necesariamente es tibieza.
No significa colocarse a idéntica distancia de dos posiciones ni establecer una equidistancia moral entre aquello que no la admite. Existen principios —la democracia, los derechos humanos, la libertad, el rechazo de la violencia— frente a los cuales corresponde tener posiciones inequívocas.
Superar los extremos significa algo diferente: tener la independencia intelectual suficiente para reconocer aquello que cada pensamiento contiene de verdadero y, simultáneamente, advertir sus peligros cuando pretende transformarse en absoluto.
La propia democracia constitucional constituye una extraordinaria arquitectura de esos equilibrios. Gobierna la mayoría, pero existen derechos que la mayoría no puede vulnerar. Existe propiedad privada, pero también bien común. Existe libertad individual, pero también responsabilidad. Existe mercado, pero existen Constitución, instituciones y límites.
Eso no es tibieza. Es civilización política.
La palabra que necesitamos recuperar: “con”
Quizás una de las diferencias fundamentales entre la política de los extremos y una alternativa superadora pueda resumirse en una palabra.
Los extremos prefieren la palabra “o”.
Estado o mercado. Libertad o igualdad. Equilibrio fiscal o sensibilidad social. Apertura o soberanía. Crecimiento o distribución. Tecnología o humanismo.
La Argentina necesita recuperar otra palabra: “con”.
Equilibrio fiscal con desarrollo. Mercado con reglas. Propiedad privada con responsabilidad. Libertad con igualdad de oportunidades. Inversión extranjera con defensa inteligente del interés nacional. Apertura al mundo con protección de nuestros intereses estratégicos. Innovación tecnológica con dignidad humana. Competencia política con cultura del encuentro.
Eso exige mucho más esfuerzo intelectual que refugiarse en una trinchera.
Por eso resulta paradójico llamar “tibios” a quienes buscan ese espacio. Tibieza también puede ser repetir confortablemente las certezas de la propia tribu. Coraje intelectual es estar dispuesto a someter incluso nuestras propias convicciones al examen de la realidad.
La polarización necesita enemigos. Los extremos se alimentan mutuamente: cada uno utiliza los excesos del otro para justificar los propios. Terminan siendo adversarios declarados pero, muchas veces, socios involuntarios de la misma grieta.
Romper esa dinámica significa abandonar el terreno que ambos pretenden imponernos.
La Argentina necesita estabilidad, crecimiento, inversión y equilibrio fiscal. Pero también necesita movilidad social, solidaridad, educación, desarrollo, comunidad y un horizonte compartido.
La libertad necesita responsabilidad para no convertirse en la ley del más fuerte. La igualdad necesita libertad para no degenerar en autoritarismo. El mercado necesita humanidad. El Estado necesita límites. La inteligencia artificial necesita gobierno humano. Y la democracia necesita adversarios capaces de convivir, no enemigos empeñados en destruirse.
Quizás ésa sea la verdadera batalla cultural que tenemos pendiente.
Salir de la grieta no significa quedarse inmóvil en el medio. Significa avanzar más allá de los extremos.
Después de tantas experiencias pendulares, deberíamos animarnos finalmente a comprender que la racionalidad no es tibieza, que dialogar no significa claudicar y que buscar acuerdos no supone abandonar las convicciones.
El desafío no consiste en encontrar un promedio entre los extremos.
Consiste en construir algo mejor que ambos.
Porque si alguna enseñanza dejan tantas frustraciones acumuladas es sencilla, pero decisiva:
el camino del medio no es tibieza cuando es superación. Y después de haber recorrido tantas veces los extremos, la Argentina debería comprender definitivamente que la salida no está por los bordes.