
En medio de discursos oficiales que oscilan entre el rigor técnico y la pirotecnia verbal, la senadora exige una velocidad de recuperación económica que el propio modelo destruye en su camino.
En medio de discursos oficiales que oscilan entre el rigor técnico y la pirotecnia verbal, la senadora exige una velocidad de recuperación económica que el propio modelo destruye en su camino.
El escenario político de estas horas nos ofrece dos posturas contrastantes sobre la marcha del Gobierno, reflejadas en las apariciones recientes de dos figuras centrales: por un lado, un funcionario del nivel de José Luis Daza que expone sin la necesidad de insultar a ninguno de los presentes ni a los ausentes —algo que a esta altura parece una rareza dentro del oficialismo—, y por el otro, la reaparición de Patricia Bullrich marcando la cancha en el debate económico.
Bullrich se ha convertido en una figura de enorme relevancia. No solo como principal senadora del Gobierno, sino como la gran candidata permanente: a la Presidencia, a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires o al lugar institucional que la coyuntura demande. Ayer, durante un evento, la senadora hizo un gesto político de peso al opinar abiertamente sobre el asunto más crítico para el Presidente: la economía.
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A través de sus declaraciones y sus redes sociales, Bullrich sostuvo que "el rumbo es el correcto", pero reclamó inmediatamente "más velocidad en los resultados" para que el impacto llegue de forma urgente a las familias, a las empresas y a la vida cotidiana de cada argentino.
Ahí es donde Bullrich introduce una contradicción profunda. Está mirando la economía con un ojo y la política con el otro, pidiendo algo que técnicamente no es posible.
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Este modelo económico —con independencia de que uno esté de acuerdo o no con su rumbo, o de si vaya a tener éxito en el futuro— no es un modelo de resultados rápidos. Muy por el contrario, es un formato de resultados lentos y enormemente costosos. Incluye un proceso de "destrucción creativa" que el propio Presidente ha llevado adelante de forma volcánica, muchas veces acompañado de insultos innecesarios hacia los sectores que se están viendo afectados. Pretender que tras esa fase de demolición la reconstrucción ocurra de la noche a la mañana es ignorar la propia naturaleza del experimento.
Procesos de esta magnitud suelen tomar 10 o 20 años. No se van a consolidar en el corto plazo ni a la velocidad que exige el calendario electoral. Por lo tanto, al pedir una aceleración que sabe irrealizable, Bullrich no está haciendo un reclamo técnico: está buscando diferenciarse nuevamente del Gobierno en un tema ultrasensible, tal como ya lo ha hecho en otras oportunidades.
Nos encontramos así con dos lecturas de una misma gestión: un análisis como el de Daza, de tono serio pero desconectado de los ritmos reales de la calle, y una exigencia como la de Bullrich, políticamente calculadora pero sin sustentabilidad en la realidad económica. Quienes confían en el rumbo actual deben comprender que este camino no ofrece atajos; pretender velocidad en medio de un terremoto es pedir un imposible.
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