
Muchas veces escuché a personas decir: “Si algún día me pasa esto, esa prueba no la paso”. “Si yo tuviera que vivir con eso, no podría”. “Si me pasa algo así, me muero”. “Yo eso no lo podría soportar”.
Muchas veces escuché a personas decir: “Si algún día me pasa esto, esa prueba no la paso”. “Si yo tuviera que vivir con eso, no podría”. “Si me pasa algo así, me muero”. “Yo eso no lo podría soportar”.
Y lo interesante es que, muchas veces, después me tocó ver a esas mismas personas enfrentarse justamente con aquello que alguna vez dijeron que jamás podrían atravesar. Y las vi atravesarlo. Con dolor, seguramente. Con miedo. Con momentos de angustia. Pero también con una entereza que ellos mismos no sabían que tenían.
Y entonces aparece una pregunta que me parece fascinante: ¿El desafío generó una fuerza que antes no existía? ¿O esa fuerza ya estaba ahí y el desafío simplemente la despertó? Yo creo que muchas veces ocurre lo segundo. Creo que tenemos dentro nuestro fuerzas que están dormidas. Capacidades que existen, pero que todavía no conocemos porque nunca tuvimos la necesidad de utilizarlas.
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Y quizás los estresores de la vida —esas situaciones que nos sacan de nuestra zona de comodidad— tienen justamente esa función: despertar fuerzas internas que vamos a necesitar para enfrentar aquello que tenemos delante.
Es como un músculo. Un músculo que nunca usaste puede existir perfectamente, pero vos no sabés cuánto peso puede levantar hasta que llega el momento en que tenés que levantarlo. Y pasa algo parecido con nuestra fortaleza emocional.
Uno dice: “Yo no podría”. Hasta que tiene que poder. “Yo no lo soportaría”. Hasta que tiene que soportarlo. “Yo no podría empezar de nuevo”. Hasta que la vida lo obliga a empezar de nuevo. Y entonces aparece una versión de nosotros mismos que no conocíamos.
Es parecido a lo que sucede cuando un chico está aprendiendo a andar en bicicleta. Al principio necesita que alguien lo sostenga. Está convencido de que si lo sueltan, se cae. Y quizás alguien le dice:
Y el chico pedalea. Y en algún momento lo sueltan. Y sigue. Y después de unos metros se da vuelta y descubre algo increíble: ¡Podía!
No es que en ese momento aparecieron sus piernas. No es que de repente desarrolló el equilibrio. La capacidad ya estaba. Lo que necesitaba era que alguien lo soltara para descubrirla.
Y quizás muchas veces la vida hace algo parecido con nosotros. Nos suelta. Nos pone delante de una situación que nos obliga a desarrollar una capacidad que estaba dentro nuestro, pero que nunca habíamos tenido que utilizar.
Cómo siempre una historia para ilustrar esta idea:
Había una vez un hombre muy rico que organizó una gran fiesta en su casa. En medio de la fiesta llevó a sus invitados al patio, donde había una enorme piscina. Y anunció:
Esto no te pasó a vos, nos pasó a los dos
—El que consiga atravesar la piscina de un extremo al otro recibirá lo que quiera.
Todos miraron la piscina. Pero había un pequeño detalle. La piscina estaba llena de tiburones. Nadie se animaba.
Pasaron unos segundos. Un minuto. Hasta que, de repente: ¡SPLASH!
Un hombre cayó al agua. Y empezó a nadar desesperadamente. Nadó como nunca había nadado en su vida. Los tiburones se acercaban. Él aceleraba. Nadó con todas sus fuerzas hasta llegar al otro lado.
Cuando salió, estaba agotado. Todos comenzaron a aplaudir:
El hombre que hacía unos minutos era un invitado más de la fiesta, ahora era el protagonista. Había hecho algo que nadie se había animado a hacer.
Y el hombre rico se acercó y le dijo:
—Te lo prometí. Pedime lo que quieras. Una casa, un auto, dinero. Lo que quieras.
El hombre, todavía recuperando el aire, respondió:
El hombre miró a todos y dijo:
—Quiero saber quién fue el que me empujó a la piscina.
Y es gracioso. Porque en ese momento él solamente podía pensar: “¿Quién fue el que me hizo esto?”
Pero si lo pensamos un poco más, hay algo todavía más interesante. Porque si nadie lo hubiera empujado… nunca habría nadado así. Nunca habría descubierto esa fuerza. Nunca habría recibido los aplausos. Nunca habría sido llamado héroe. Y nunca habría tenido la oportunidad de pedirle al hombre más rico de la fiesta lo que quisiera.
El mismo empujón que él vivió como una agresión terminó convirtiéndose en la puerta que le permitió descubrir una capacidad y, a través de ella, acceder a una riqueza que antes no sabía que no tenía.
Y quizás esto es exactamente lo que muchas veces nos pasa en la vida. Nos enojamos con quien nos empujó. Con la situación. Con la enfermedad. Con la pérdida. Con el fracaso. Con la separación. Con aquello que no elegimos.
Y por supuesto que duele. No se trata de negar el dolor. Pero quizás, con el tiempo, podemos descubrir algo más: que ese empujón también despertó algo en nosotros. Hay personas que durante años pensaron: “Yo no podría”. Hasta que la vida las puso exactamente en esa situación. Y pudieron.
No porque mágicamente se convirtieron en otra persona. Sino porque descubrieron una fuerza que todavía no conocían. Y quizás ahí está una de las grandes paradojas de la vida: a veces necesitamos que algo nos empuje para descubrir hasta dónde podemos llegar.
Por eso le agregaría algo a la famosa frase dicha por por el filósofo alemán Friedrich Nietzsche: “Lo que no te mata te hace más fuerte.” Le agregaría: “Lo que no te mató te demostró lo fuerte que ya eras.” Y quizás, cuando la próxima vez aparezca una dificultad y nuestra primera reacción sea: “Yo esto no puedo”. Podamos detenernos un segundo y preguntarnos: ¿Y si sí puedo?
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¿Y si dentro mío hay una fuerza que todavía no conozco? ¿Y si esta situación no vino solamente a ponerme a prueba? ¿Y si vino a despertar algo que Dios ya había puesto dentro mío y que yo todavía no sabía que tenía? Porque quizás hay fuerzas que no aparecen hasta que las necesitamos. Y algunos de los desafíos más difíciles de nuestra vida no vienen solamente a enseñarnos a sobrevivir. Vienen a despertarnos.
A despertarnos para descubrir de qué somos capaces. A veces la vida nos tira a la piscina. Y nuestra primera pregunta es: “¿Quién me empujó? Quizás algún día, después de haber cruzado al otro lado, podamos mirar hacia atrás y hacer una pregunta diferente: “¿Quién me ayudó a descubrir que yo podía nadar?” Porque tal vez aquello que sentimos como el empujón que nos hundía… terminó siendo el empujón que nos enseñó a volar.
Que tengas un hermoso fin de semana.
(*) Rafael Jashes - Rabino