
Hay algo que nadie puede negar: Milei consiguió bajar la inflación y ordenar las cuentas públicas. El problema es que, mientras los números oficiales festejan, la heladera parece estar esperando una explicación.
Porque una cosa es estabilizar la economía y otra muy distinta es hacer que la gente viva mejor. Y ahí empieza el problema.
El Gobierno puede mostrar superávit, déficit cero, reservas, exportaciones y todos los numeritos prolijamente acomodados. Pero si el salario no alcanza, si el consumo se cae, si la industria produce menos, si la construcción se enfría y las familias empiezan a endeudarse para llegar a fin de mes, hay una pregunta bastante incómoda: ¿para quién funciona el programa?
Porque nos dijeron que había que hacer cirugía mayor. Perfecto. Pero todavía estamos esperando la parte en la que el paciente se levanta de la cama.
El modelo apuesta fuerte por agro, energía y minería. Sectores que pueden generar dólares, exportaciones y crecimiento. El detalle menor es que una tonelada de soja no cobra sueldo, una perforación petrolera no compra zapatillas y una mina no sale el domingo a comer una pizza.
El problema aparece cuando una economía crece sin generar suficiente empleo para la gente que vive de su trabajo.
Y después está la apertura de importaciones. La teoría dice que la competencia obliga a producir mejor y más barato. La práctica argentina puede terminar siendo bastante menos romántica: una PYME de Corrientes compitiendo contra una fábrica asiática con costos que parecen escritos por otro planeta.
Y entonces aparece la paradoja. El Estado gasta menos. La inflación baja. Las cuentas mejoran.
Pero si al mismo tiempo cae el consumo, se deteriora la industria y aumenta el endeudamiento de las familias, el famoso “rebote” puede convertirse en una economía que crece arriba y se achica abajo.
Es como tener un restaurante lleno de inversores mirando la caja mientras en la cocina no queda nadie para cocinar.
Y acá está la discusión que el Gobierno no puede esquivar: ¿el objetivo es simplemente que los números cierren o que la economía funcione para la sociedad? Porque el déficit cero es una herramienta. No es una religión.
Si para conseguirlo se deja de invertir, se paraliza infraestructura, se deterioran servicios y se castiga la actividad económica, podemos terminar con una Argentina perfectamente ordenada... pero perfectamente estancada.
Milei consiguió algo que parecía imposible: convencer a buena parte del país de que la austeridad era inevitable.
Ahora tiene que conseguir algo bastante más difícil: convencerlo de que esa austeridad va a convertirse en prosperidad.
Porque bajar la inflación es importante. Pero llegar al supermercado y poder comprar lo que antes comprabas también es economía. Y pagar la tarjeta sin pedirle plata prestada a tu futuro también es economía. Y tener un trabajo estable también. Y que una PYME pueda sobrevivir también. Entonces quizá el problema no sea que el programa de Milei no funciona. Quizá funciona exactamente como fue diseñado. La verdadera pregunta es otra:
¿Y si funciona... pero no alcanza?
Porque una economía puede cerrar en los números. Lo verdaderamente complicado es conseguir que cierre en la vida real.