
Hay algo bastante curioso en esta Argentina del ajuste: parece que cuanto más imprescindible es algo, más fácil resulta meterle la tijera. Ahora le toca a la diálisis.
Los centros que atienden a pacientes de PAMI denuncian que hace un año y medio que el organismo no actualiza los valores que paga por los tratamientos. Y como si eso fuera poco, hablan de un recorte del 8%. Un año y medio.
Imagínese usted intentar mantener cualquier actividad durante 18 meses con los ingresos congelados mientras aumentan los insumos, los salarios, la electricidad, el mantenimiento y todos los costos que hacen falta para funcionar.
Ahora agréguele una pequeña diferencia: acá no estamos fabricando medialunas. Estamos haciendo diálisis.
Hay miles de personas que necesitan ese tratamiento varias veces por semana para seguir viviendo. No pueden decir: “Hoy no voy, porque aumentó el costo operativo”. No pueden. Van.
Los prestadores reclaman una actualización importante para poder sostener el servicio. Y mientras los números se discuten en oficinas, la realidad ocurre en una sala donde un paciente permanece conectado a una máquina durante horas.
Es fascinante la capacidad que tenemos para convertir una emergencia sanitaria en una discusión administrativa. “Hay que optimizar”. “Hay que eficientizar”. “Hay que reducir costos”.
Pero alguien debería explicar cómo se eficientiza una máquina que tiene que funcionar para que una persona pueda seguir viviendo. Porque hay ajustes que son económicos. Hay ajustes que son políticos.
Y hay ajustes que directamente se vuelven humanos. Y cuando el ajuste llega a un tratamiento indispensable, la pregunta ya no debería ser cuánto ahorramos.
La pregunta debería ser cuánto estamos dispuestos a arriesgar. Porque una cosa es ajustar el gasto. Otra muy distinta es ajustar el tratamiento de alguien que no tiene ninguna posibilidad de ajustarse el riñón.
El Excel de la economía puede cerrar perfecto. El problema es que los cuerpos humanos no funcionan con fórmulas.
Y cuando el Estado administra salud, hay una cuenta que debería estar siempre arriba de todas las demás: la vida no admite recortes.