
En el Día Internacional del Dengue, médicos e infectólogos advirtieron que el NEA y el NOA reúnen condiciones climáticas y sanitarias que exigen medidas anticipadas para reducir contagios y cuadros graves
Miércoles 26 de Agosto de 2026 - Actualizada a las: 06:44hs. del 26-08-2026
El dengue se consolidó como uno de los principales desafíos sanitarios a escala global. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió que la enfermedad mantiene una expansión sostenida: pasó de medio millón de casos reportados en 2000 a 14,6 millones en 2024. Entre los factores asociados a ese crecimiento figuran el cambio climático, la urbanización acelerada, la movilidad de las personas y la expansión del mosquito Aedes aegypti.
En la Argentina, la temporada 2023-2024 marcó un punto de inflexión. El país atravesó la mayor epidemia desde que existen registros epidemiológicos modernos, con más de 580.000 casos confirmados y 419 fallecimientos. El brote también mostró que la circulación del virus amplió su alcance geográfico y que las condiciones de transmisión se extienden durante períodos más largos del año.
Aunque el dengue avanzó sobre nuevas regiones, el norte argentino conserva factores que elevan el riesgo. El Noreste Argentino (NEA) y el Noroeste Argentino (NOA) combinan clima favorable para el vector, cercanía con países endémicos, fuerte movilidad poblacional y cambios socioeconómicos que alteran la dinámica de exposición.
En varias provincias del norte, el crecimiento de actividades vinculadas con la minería, la energía y otras industrias impulsó la llegada de trabajadores y el desarrollo o expansión de centros urbanos. Ese movimiento elevó la circulación entre regiones, tanto dentro del país como en los vínculos con el exterior.
A ese escenario se suma la extensa frontera con Paraguay, Bolivia y Brasil, países donde el dengue mantiene circulación desde hace décadas. El tránsito por pasos fronterizos, rutas comerciales y corredores productivos aparece entre los factores que históricamente facilitaron el ingreso y la circulación del virus.
Las proyecciones climáticas también forman parte del análisis. Los especialistas siguen de cerca la incidencia de El Niño y otros fenómenos meteorológicos de gran escala, que pueden elevar la probabilidad de lluvias intensas, inundaciones o anegamientos y, con eso, ampliar los sitios con agua estancada donde se desarrollan las larvas del mosquito.
Ese impacto no se limita a la proliferación del vector. En algunos territorios, los eventos extremos también pueden alterar cursos de agua, afectar la calidad del suministro, interrumpir caminos y dejar comunidades o establecimientos productivos de manera temporal sin acceso rápido a centros de salud.
“Cuando analizamos el riesgo en regiones como el NEA y el NOA no debemos pensar únicamente en la presencia del mosquito. Hoy existen territorios donde coinciden una mayor circulación de personas entre zonas con transmisión de dengue, la expansión de actividades productivas, la ocurrencia de eventos climáticos extremos y mayores dificultades para acceder rápidamente al sistema de salud. Esa combinación hace que la planificación preventiva cobre una importancia todavía mayor”, señaló el Dr. Tomás Orduna, médico infectólogo tropicalista, Consultor de Medicina Tropical Medicina del Viajero del Hospital Muñiz.
“Además, el fenómeno de El Niño también puede influir en las condiciones de sequía y tener implicancias indirectas en el aumento de enfermedades transmitidas por vectores, especialmente el dengue. Ante la escasez de agua, las personas suelen almacenarla en recipientes que, si no están correctamente tapados o tratados, pueden convertirse en criaderos del mosquito Aedes aegypti”, agregó el Dr. Orduna.
La Dra. Susana Lloveras, médica infectóloga y jefa de la Sección Zoopatología Médica del Hospital Muñiz, remarcó que en algunas zonas del norte se cruzan circulación viral, movilidad laboral, nuevos desarrollos productivos y condiciones climáticas favorables para la transmisión, con el agregado de dificultades de acceso a la atención en áreas alejadas.
“En algunas zonas del norte argentino se está configurando un escenario donde confluyen circulación viral, mayor movilidad de trabajadores y poblaciones, el desarrollo de nuevos proyectos productivos y condiciones climáticas que pueden favorecer la transmisión. Cuando una persona desarrolla un cuadro grave en una comunidad alejada, en una operación minera o en una localidad de difícil acceso, el problema no termina con el diagnóstico, también importa cómo y cuánto tiempo llevará llegar a un centro de salud y recibir la atención necesaria. En este contexto, la prevención adquiere un valor especialmente importante, sobre todo en aquellas regiones donde las distancias, la geografía o las limitaciones de infraestructura pueden dificultar una respuesta”, explicó la Dra. Lloveras.
En la Argentina, los grandes brotes se describieron históricamente con una frecuencia de tres o cuatro años, aunque esa periodicidad no constituye una regla fija. De todos modos, ese antecedente integra la planificación de las medidas preventivas, sobre todo en jurisdicciones con transmisión sostenida o recurrente. Tras la epidemia de 2023-2024, la preparación de la próxima temporada volvió a tomar relevancia.
Los especialistas plantean que esa preparación no debería quedar limitada a la respuesta asistencial cuando los casos ya empezaron a subir. El foco, señalaron, debe ponerse en los meses previos al período de mayor actividad del mosquito, cuando todavía existe margen para desplegar medidas orientadas a reducir el impacto posterior.
Entre esas acciones figuran la eliminación de criaderos domiciliarios, la limpieza de recipientes que puedan acumular agua, el mantenimiento de tanques y reservorios, el uso de repelentes, la colocación de mosquiteros, la consulta médica temprana ante síntomas compatibles y el fortalecimiento de la vigilancia epidemiológica.
A la vez, la experiencia internacional mostró límites del control vectorial cuando el dengue se establece de manera persistente. A partir de ese diagnóstico, ganó espacio una estrategia que combina distintas herramientas: vigilancia, diagnóstico oportuno, atención sanitaria, educación, control del mosquito y vacunación cuando las autoridades sanitarias o el médico tratante entienden que corresponde según el riesgo individual y el contexto epidemiológico.
Varios países de la región ya avanzaron con programas de vacunación dirigidos a poblaciones específicas. La implementación de esas políticas depende de factores como la intensidad de la circulación viral, la carga de enfermedad, la disponibilidad de recursos, la evaluación económica y las prioridades sanitarias definidas por cada gobierno.
El dengue suma, además, una complejidad biológica particular. Existen cuatro serotipos del virus: DENV-1, DENV-2, DENV-3 y DENV-4, capaces de causar cuadros similares, aunque con rasgos epidemiológicos propios. Haber cursado una primera infección otorga protección duradera frente a ese mismo serotipo, pero no frente a los otros. Una segunda infección por un serotipo diferente puede elevar el riesgo de formas graves.
En la Argentina está disponible la vacuna tetravalente contra el dengue aprobada por la ANMAT para personas a partir de los 4 años. El esquema de inmunización consta de dos dosis separadas por 90 días y busca protección frente a los cuatro serotipos, un punto relevante en regiones donde pueden circular distintas variantes virales al mismo tiempo.
La vacuna, desarrollada por Takeda, formó parte de uno de los programas de investigación clínica más amplios realizados hasta el momento sobre dengue. Los estudios incluyeron decenas de miles de participantes en distintos países endémicos y permitieron evaluar eficacia y seguridad durante seguimientos prolongados.
Los resultados publicados indicaron que, después de 4,5 años, dos dosis ofrecieron una eficacia del 61,2% en la prevención del dengue confirmado virológicamente y una reducción de las hospitalizaciones asociadas del 84,1%. Una evaluación extendida del estudio TIDES durante siete años confirmó protección sostenida frente a la infección y mantenimiento de la eficacia general y de la reducción de internaciones para los cuatro serotipos.
A esos datos se suma la experiencia posterior a su incorporación en distintos programas de inmunización. Más de 24 millones de dosis fueron distribuidas en más de 40 países, con información adicional surgida del uso en condiciones reales.
“La recomendación de vacunación debe analizarse según las características de cada persona y el contexto epidemiológico en el que esa persona vive. A nivel poblacional, tiene sentido priorizar las regiones donde la evidencia muestra mayor carga de enfermedad y riesgo sostenido de transmisión. La clave es integrar todas las herramientas disponibles de manera planificada y eficiente”, afirmó la Dra. Analía Urueña, médica infectóloga, vicepresidenta de la Sociedad Argentina de Vacunología y Epidemiología (SAVE) y directora del Centro de Estudios para la Prevención y Control de Enfermedades Transmisibles de la Universidad Isalud.
“La decisión de priorizar determinadas regiones también debe contemplar las particularidades territoriales. Allí donde convergen una mayor carga de enfermedad, circulación persistente del virus, movilidad poblacional y barreras de acceso a los servicios de salud, las estrategias preventivas adquieren un impacto potencialmente mayor porque ayudan a reducir no sólo el número de casos, sino también el riesgo de que cuadros graves enfrenten demoras en la atención”, resumió la Dra. Urueña.