
Boca pierde mucho más que un jugador: pierde la magia, la ilusión, un tipo por el que vale la pena pagar una entrada. Habrá que ocultar en equipo su ausencia.
Paren la pelota. No corran. No salgan a buscar a nadie. No hay Arandas en el mercado. No existen. No hay uno solo en el fútbol argentino como él, y probablemente, si fuéramos a buscar afuera, tendríamos que hablar de una mega figura de 100 millones de dólares. Justo ayer se rumoreaba que iban a blindarlo con una cláusula de 50. Vale más, vale lo que no hay porque no existen en el fútbol los ilusionistas como Tomás Aranda.
Para el pibe es un drama y para Boca también por el impacto negativo, el efecto cascada emocional de semejante pérdida. Aun deseándoles lo mejor a quienes les toque jugar por él, serán víctimas de la comparación y la presión será mayor. Habrá que prescindir de la magia y tratar de suplantarlo entre todos.
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Aranda es de esos jugadores que quieren matar desde hace treinta años y siguen apareciendo: los fantasistas, los playmakers, los conductores, enganches. Los 10. Muchos consideramos -me incluyo- que el último 10 era Román. Hasta hay un local cerca de la Bombonera que lleva ese nombre en su homenaje y que maneja alguien muy cercano al presidente de Boca. Bueno, Aranda llegó para suceder a Román.
Sin entrar en comparaciones, al pibito no le pueden sacar la pelota y, pese a su juventud, tiene el mapa de la cancha en la cabeza, más una hilera de ojos alrededor para buscar al compañero mejor ubicado y poner el pase exacto. Si ya tuvo influencia en muchas jugadas, hay muchas más que no fueron consideradas asistencias por la defección de los definidores. Pero habían sido pases perfectos, increíbles, con cara interna o externa, a lo Paredes.
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Aranda es de esos jugadores que cortan tickets, por los que vale la pena pagar una entrada. No hay muchos en la Argentina, acaso Paredes y él, más Di María, y por ahora ninguno más. Entró, bendecido y señalado por el capitán, y no salió más. Fue de sparring al Mundial y está llamado a ser el 10 de la próxima generación. Lo más importante, ahora, es que se recupere. Que salga bien la operación y que vuelva para seguir dándonos alegrías. Cuidémoslo y no lo apuremos porque es de esas joyas irrepetibles. Y, perdón por la reiteración: no le busquen sustituto. No lo hay: por técnica, personalidad y ADN Boca, por conocimiento del club, por su desparpajo, porque está siempre serio pero nos arranca una sonrisa y una ilusión en cada enganche. ¿Dónde vamos a encontrar otro así?
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