
Viaja a bordo del Merrimac, el vapor que lo transporta de Nueva York a Buenos Aires (en el transcurso de la travesía, se enterará de que ha sido elegido presidente de la Nación).
Viaja a bordo del Merrimac, el vapor que lo transporta de Nueva York a Buenos Aires (en el transcurso de la travesía, se enterará de que ha sido elegido presidente de la Nación). Navegando frente a las costas de Brasil, avistando a la distancia las montañas de Paranaíba, Domingo Faustino Sarmiento anota lo siguiente: “Hay un pasajero muy ignorante (habla español) a quien le dicen que cuando el sol se pone, vuelve a pasar por el cielo para volver a salir el otro día; pero como es de noche, no lo vemos. Mi hombre se queda pensando un rato, hace que le repitan la proposición, la pesa, la medita, duda y al final halla imposible la cosa”.
Es Sarmiento y va en camino: en camino a ser presidente. Para el lector actual de Un viaje del vapor Merrimac (Los Lápices Breves, Buenos Aires, 2023), no puede sino ser también, o ser antes que nada, Sarmiento el educador, el Gran Maestro, el Padre del Aula, el hacedor de escuelas, el Sarmiento de gloria y loor, el que con la luz de su ingenio iluminó la razón en las noches de ignorancia. Pero es eso precisamente lo que vuelve tan significativa esta escena, que discurre casualmente sobre la luz y sobre la oscuridad.
Nadie habrá nunca confiado tanto, como confió entre nosotros Sarmiento, en las posibilidades del progreso (llevando esa portentosa fe a niveles incluso abusivos, a niveles de atropello, en algunas ocasiones); nadie confió tanto como él en los avances de la civilización sofocando la barbarie. Y nadie confió tanto como él, ya en términos mucho más atendibles, en los alcances de la educación, en su eficacia, en su solvencia.
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Por eso llama la atención especialmente este episodio en el viaje del Merrimac: porque vemos a Sarmiento desistir, resignado, de la tarea de explicar y esclarecer. Se abstiene de hacerlo. Al consignar, como consigna, que ese otro viajero “habla español”, da a ver que podía perfectamente entrar en conversación con él y entenderse sin tropiezos idiomáticos. Y así proceder a ilustrarlo sobre ese asunto del día y la noche. Pero no lo hace. Escucha y nada dice. Lo deja en su lugar.
Sarmiento parece haberse topado con algo distinto del desconocimiento y del error, ya que el desconocimiento, de por sí, lo habría incitado a explicar, y el error, de por sí, lo habría incitado a corregir. Sarmiento parece haberse topado con una obstinación del ignorar que lo deja sin recursos. Se topa con uno que no sabe, pero no sabe que no sabe, y se aferra a lo que no sabe con un fervor inconmovible. Es cierto que medita y duda, con talante al parecer cartesiano, pero en verdad nunca duda de sí, duda sólo de los otros. Se vuelve así por completo impermeable, muy gustoso de ser necio, pues se erige en juez altanero: el sol y el cielo, el día y la noche, tienen que convencerlo a él; y lo que dicen los conocedores del tema le resulta fácil de desestimar.
No sabe pero se ufana, y se ufana porque no sabe. ¿Está acaso dispuesto a aprender? ¿Está acaso en condiciones? Sarmiento ni siquiera lo intenta. Y es nada menos que Sarmiento.