
Malvinas son argentinas. Por historia, por derecho y, aparentemente, porque cada tanto hay que recordárselo al Gobierno argentino. Esta vez fue Milei, rodeado de ministros, cámaras y una escenografía que parecía el lanzamiento de una película de guerra, aunque el enemigo todavía no había recibido el comunicado de prensa.
Viernes 04 de Septiembre de 2026 - Actualizada a las: 19:16hs. del 04-09-2026
El Presidente anunció una Base Naval Integrada en Tierra del Fuego, más recursos para Defensa, sanciones a empresas que exploten hidrocarburos en la zona, declaraciones juradas, modificaciones a una ley y la creación de un Consejo de Seguridad Nacional. Un paquete completo. Faltó anunciar que, a partir de mañana, los barcos argentinos deberán presentar certificado de patriotismo antes de salir del puerto.
La cuestión es que Malvinas no es una consigna para estampar en una remera ni una bandera que se saca del placard cada 2 de abril. Es una causa nacional. Y justamente por eso merece algo más que una cadena nacional, una colección de amenazas diplomáticas y un discurso que parece escrito por un asesor que descubrió la palabra “soberanía” en el diccionario.
Milei dice que el Reino Unido ocupó las islas en 1833, expulsó a las autoridades argentinas y mantiene una situación colonial. También cuestiona el derecho de autodeterminación de los isleños y denuncia que empresas vinculadas al proyecto Sea Lion podrían comenzar a explotar petróleo en los próximos meses. Hasta ahí, el planteo argentino sobre la soberanía es conocido. Lo que cambia es el tono. Porque una cosa es defender un reclamo histórico y otra es hablar como si la Cancillería fuera una oficina de cobranzas y el Atlántico Sur, un estacionamiento donde alguien dejó mal ubicado el auto.
El Gobierno anuncia sanciones, controles, nuevas leyes y una estrategia coordinada para proteger el territorio aeroespacial y marítimo. Todo muy importante. Pero uno escucha “Consejo de Seguridad Nacional” y automáticamente se imagina una mesa enorme, veinte funcionarios, tres pantallas y alguien preguntando: “¿Y el presupuesto?”. Porque la soberanía también se defiende con recursos. Con presencia. Con capacidad. Con diplomacia. Con inteligencia. Con una política exterior que no dependa de quién se sienta en la Casa Blanca.
Y ahí aparece el detalle incómodo: la Argentina necesita recuperar protagonismo en el Atlántico Sur, pero también necesita que su política exterior tenga continuidad. Porque si cada Gobierno cambia de estrategia como quien cambia de contraseña, el Reino Unido debe estar mirando todo esto con la tranquilidad de quien sabe que el vecino discute mucho, pero nunca termina de ponerse de acuerdo sobre dónde dejar las llaves.
Milei asegura que la Argentina no se quedará de brazos cruzados. Bien. Pero tampoco debería quedarse de brazos cruzados cuando se trata de construir una política de Estado. Porque Malvinas no se recupera con una frase contundente, ni con un decreto, ni con una conferencia de prensa. Se recupera con décadas de trabajo diplomático, con una estrategia seria y con una Nación que no convierta cada aniversario en una oportunidad para descubrir que las islas siguen ahí.
Y hay otra cosa: el Presidente dice que desde hace 50 años las Naciones Unidas solicitan no realizar acciones unilaterales sobre el territorio hasta resolver la controversia. Perfecto. Entonces habrá que hacer cumplir ese principio. Pero también habrá que explicar qué se hizo durante todos estos años, qué se está haciendo ahora y qué se piensa hacer mañana. Porque la soberanía no puede ser una especie de alarma que suena una vez por año y después se apaga hasta el próximo feriado.
Lo de las empresas petroleras es un asunto serio. Si hay actividad no autorizada en la Plataforma Continental Argentina, el Estado debe actuar. Pero actuar no es solamente anunciar sanciones. Es tener capacidad para investigar, controlar, denunciar, sancionar y sostener la posición argentina en todos los ámbitos. Porque si la respuesta es solamente “vamos a impedirlo”, pero después no hay recursos, ni presencia, ni seguimiento, entonces la amenaza termina siendo una especie de cartel de “prohibido estacionar” en una avenida donde nadie controla nada.
Y mientras tanto, los isleños siguen viviendo allí. La Argentina tiene un reclamo de soberanía que debe sostener con firmeza, pero también con inteligencia. Porque una cosa es defender un derecho y otra es creer que la diplomacia consiste en gritar más fuerte que el otro. La historia no se reescribe a los gritos. Y la soberanía no se construye con un micrófono.
Milei tiene razón en algo: Malvinas son argentinas. Pero esa afirmación no necesita ser repetida como un eslogan cada vez que hay una cadena nacional. Necesita ser acompañada por una política exterior seria, sostenida y coherente. Porque si no, corremos el riesgo de que Malvinas termine siendo como tantas otras cosas en la Argentina: una causa enorme, una discusión interminable y un presupuesto que siempre llega tarde.
Y si vamos a hablar de soberanía, estaría bueno que también se hable de soberanía económica, de soberanía energética, de soberanía alimentaria y de soberanía sobre las decisiones que toma el país. Porque no tiene mucho sentido reclamar por el petróleo de las islas si después discutimos quién tiene la lapicera para decidir qué hacer con el petróleo que está de este lado del mapa.
Malvinas no es una foto. No es un acto. No es una frase. Es una causa. Y las causas, cuando son verdaderas, no necesitan tanto maquillaje. Necesitan trabajo. Mucho trabajo. Y, sobre todo, necesitan que los gobiernos dejen de usarlas como un escenario para demostrar quién tiene el discurso más fuerte.
Porque al final del día, las islas siguen siendo argentinas. Y el desafío no es decirlo más fuerte. Es hacer que el mundo lo escuche, lo entienda y, algún día, lo reconozca.