
Hay casos que con el paso del tiempo no se enfrían: se queman más. Y el caso Loan es uno de esos. Porque cada audiencia parece abrir una puerta... y detrás aparece otra puerta. Y otra. Y otra. Como si la verdad estuviera jugando a las escondidas y tuviera ventaja.
Ahora aparece Walter Maciel, uno de los acusados, y dice: “Esto es un atropellamiento, levantamiento y ocultamiento”. Y agrega algo todavía más fuerte: señala a Pérez, Caillava y Laudelina Peña como responsables. Él se despega completamente de la desaparición y asegura que las pruebas son contundentes. Pero acá hay una palabra que pesa toneladas: pruebas. Porque en un juicio no alcanza con decir “yo sé lo que pasó”.
Hay que demostrarlo. Y si hubo un accidente, hay que saber cómo ocurrió. Si hubo un levantamiento, quién levantó el cuerpo. Si hubo ocultamiento, dónde, cómo y por qué. Y, sobre todo, qué pasó con Loan. Porque el chico sigue sin aparecer. Y mientras Loan no aparezca, ninguna explicación alcanza para cerrar esta historia. Maciel también cuestiona el trato que recibió y compara su situación con la del comisario Báez. Bueno... el problema es que acá no estamos eligiendo quién tuvo el peor trato.
Estamos intentando saber qué pasó con un chico de cinco años. Y ahí está lo verdaderamente terrible: cada acusado tiene su versión, pero Loan tiene una sola historia: desapareció. Uno dice una cosa. Otro señala a otro. Aparece una hipótesis.
Después aparece otra. Y en el medio, una familia que sigue esperando y una sociedad que sigue preguntando. Porque esto ya no necesita más capítulos de suspenso. Necesita respuestas. Y si realmente hubo un atropellamiento, un levantamiento y un ocultamiento, entonces que aparezcan las pruebas, que se reconstruya la secuencia y que la Justicia determine quién dice la verdad. Porque una cosa es segura: Loan no puede convertirse en el desaparecido perfecto de una causa llena de versiones imperfectas. Acá no se busca un culpable conveniente. Se busca la verdad. Y la verdad, a esta altura, ya está demasiado demorada.