
Hay frases que uno escucha y piensa: “Pará… rebobinemos porque quizás entendí mal”. El presidente Javier Milei planteó una pregunta que parece salida de una clase de economía dictada en el planeta de los supuestos: si la cantidad de personas permanece constante porque nacen tantos como mueren, ¿para qué crear puestos de trabajo?
Miércoles 16 de Septiembre de 2026 - Actualizada a las: 19:01hs. del 16-09-2026
Y ahí aparece el problema: la población puede quedarse igual… pero las personas no. Porque el que hoy tiene trabajo mañana puede perderlo. El que está desempleado necesita conseguirlo. El joven que termina la escuela necesita entrar al mercado laboral. El jubilado deja un puesto. Alguien cambia de actividad. Otro llega desde otra provincia. Otro migra. Una empresa abre. Otra cierra. Una fábrica incorpora gente. Otra echa trabajadores. La población puede ser la misma. La vida laboral no. Es como decir: “En este edificio viven cien personas, entonces para qué necesitamos ascensores nuevos si siguen viviendo cien”. Bueno… porque el ascensor se rompe, porque algunos suben y otros bajan, porque alguien se muda y porque, además, ¡el edificio no es una fotografía! El mercado laboral tampoco es una fotografía. Milei sostiene que gobernar no significa crear empleo desde el Estado, sino generar condiciones para que la economía crezca, baje la inflación, mejoren los salarios reales y disminuya la pobreza. Esa es una posición económica claramente identificable en su discurso. Y discutir eso es perfectamente válido. El problema aparece cuando una explicación demográfica pretende convertirse en explicación laboral. Porque si mañana nacen diez y mueren diez, no significa que esos mismos diez que entraron al mundo laboral sean los mismos diez que salieron. No somos figuritas repetidas en un álbum. Somos personas. Y necesitamos trabajo aunque la población no crezca. Ahora bien: también hay que reconocer algo. El Estado no puede convertirse en una fábrica de empleos artificiales solamente para maquillar estadísticas. Eso también tiene un costo. Y Milei justamente cuestiona esa lógica. Pero del otro lado tampoco alcanza con decir: “Que el privado genere empleo” y esperar que el empleo aparezca como delivery de una economía ordenada. Porque entre el Excel del economista y el changuito del supermercado hay una cosa bastante incómoda: la vida real. La persona que busca trabajo no está haciendo una ecuación. Está pagando alquiler. Está comprando comida. Está pagando luz. Está manteniendo una familia. Y necesita una oportunidad. Por eso la discusión importante no debería ser si gobernar es “crear trabajo” o “no crear trabajo”. La pregunta es otra: ¿Qué políticas hacen posible que haya más trabajo privado, mejores salarios, más productividad y oportunidades reales? Ahí está la discusión. Porque una cosa es no fabricar empleos desde el Estado. Y otra muy distinta es mirar el mercado laboral desde una ventana y decir: “Como la cantidad de gente no cambia, problema resuelto”. No, Presidente. La cantidad de gente puede no cambiar. Pero los problemas de esa gente cambian todos los días. Y algunos, lamentablemente, llegan antes que el sueldo. Porque la economía puede ser una ciencia. Pero para el que está buscando trabajo, la necesidad no es una teoría.