
River no jugó mal pero, ante las lesiones de Almada y Andrada, pagó su falta de variantes en el banco. Ya también marginado de la tabla anual, al equipo de Ponzio tal vez le queden solo dos partidos en el Monumental el resto del año.
River no jugó mal pero, ante las lesiones de Almada y Andrada, pagó su falta de variantes en el banco. Ya también marginado de la tabla anual, al equipo de Ponzio tal vez le queden solo dos partidos en el Monumental el resto del año.
River no mereció perder contra Huracán y en más de un sentido confirmó algunas de las buenas sensaciones que había dejado el breve ciclo de Leonardo Ponzio en los partidos anteriores: es un equipo que entiende el adn del club, que suma jugadores de buen pie y que intenta ganar los 90 minutos.
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Sin embargo, con el margen tan recortado tras los múltiples pecados cometidos en los primeros nueves meses del año (algunos por Marcelo Gallardo, otros por Eduardo Coudet, otros por la dirigencia y su planificación deportiva y otros por jugadores en insostenible nivel bajo), la derrota dejó a River con una única chance de salir campeón y salvar un flojísimo 2026 que arriesga a condicionar el 2027 internacional: ganar el Clausura.
Aunque suene insólito, o todo un síntoma de una temporada hasta ahora muy decepcionante, todavía no terminó septiembre y River ya empieza a despedirse del Monumental: a la hinchada más convocante del mundo posiblemente le queden solo dos partidos en el resto del año como local, ante Estudiantes de Río Cuarto y Racing. De clasificarse a los playoffs (hoy está afuera), tal vez no lo haga entre los primeros cuatro puestos de su zona, por lo que podría jugar como visitante todos los mata-mata.
En un año de despedidas tempranas -a la Libertadores ni se clasificó, de la Sudamericana se fue en el primer cruce y de la Copa Argentina no soportó un duelo contra un equipo que ganó un partido de los 25 que jugó entre el Clausura y el Apertura-, la derrota contra Huracán terminó de quitarle la chance de pelear la tabla anual. En verdad, ya casi no tenía oportunidades, pero Ponzio le había devuelto la esperanza a los hinchas. Ahora la sumatoria de puntos entre ambos torneos sólo servirá para tratar de rasguñar algún lugar en la Libertadores 2027, aunque también suena muy díficil.
La noche tuvo brujería para River: se le lesionaron dos de sus mejores jugadores, Thiago Almada y Tobías Andrada, y Ponzio debió acudir obligadamente a un banco con pocas variantes, señal de un plantel muy corto, con grandes nombres en el equipo titular pero sin garantías entre los suplentes. Es evidente que el ingreso de Mauro Arrambari fue extremadamente defectuoso (y que Lucas Beltrán no aprovechó su oportunidad) pero tampoco es que el técnico disponía de demasiadas alternativas superadoras: pensar en Facundo Pereya o Juan Cruz Meza como seguros o posibles salvadores es jugar a los dados.
Al técnico sí le faltaron reflejos para, cuando Francisco Ortega se disponía a reemplazar a Marcos Acuña e imprevistamente llegó el segundo gol de Huracán, aprovechar esa última ventana: podría haber agregado un cuarto y hasta un quinto cambio, ya en ofensiva para buscar el empate. Igual, a los ya mencionados Pereyra y Meza, sólo le podría agregar Rafael Borré como posible ingresante, es decir nada demasiado seductor. De nuevo: un par de lesiones inoportunas dejaron al descubierto que River no tiene soluciones en el banco.
Salvo una gran noche de Ángel Correa (con filigranas de Ariel Ortega) y la eterna voluntad ofensiva de Gonzalo Montiel, River también pagó varios errores individuales. Los de Lucas Martínez Quarta ya no sorprenden aunque casi siempre le agrega una novedad: esta vez se agachó en el primer gol y confundió a Santiago Beltrán, que a su vez parece haber perdido sus superpoderes.
El punto más alto de River en el primer semestre se convirtió en una de las principales dudas en el segundo: el arquero no es responsable en los goles rivales pero tampoco los evita. Al equipo de Ponzio le llegan y le convierten, una flaqueza urgentemente a resolver para los playoffs (si es que clasifica): por algo fue tan grande Franco Armani.
Ningún año se pierde en un único partido y mucho menos en un torneo que se define a partir de octavos de final, pero el injusto 1-2 con Huracán le dejó a River una sensación ya conocida: que cualquier viento lo puede derribar -y esta vez fueron las lesiones y la efectividad de un rival que pateó dos veces al arco y convirtió los dos goles-.
Muchos millones después, a River le queda una sola vida para remontar el año.
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