
Juan Ramón Sotelo, empresario correntino vinculado al sector forestal y referente del Parque Foresto-Industrial de Santa Rosa, puso sobre la mesa una frase que incomoda porque viene desde la economía real: “A las pymes las paga la gente, no la casta”. Y ahí aparece el pequeño detalle que suele perderse entre tanta conferencia, tanta consigna y tanto relato épico: alguien tiene que pagar la fiesta. Y generalmente no es el que está arriba del escenario.
Jueves 24 de Septiembre de 2026 - Actualizada a las: 17:04hs. del 24-09-2026
Porque la pyme no imprime billetes. No tiene una máquina escondida en el sótano que fabrica pesos mientras el dueño toma café. Tiene un mostrador, tres empleados, una boleta de luz que parece escrita por Stephen King, impuestos que llegan con la puntualidad de un cobrador y un cliente que mira el precio y pregunta: “¿Y si me hacés precio?”
La pyme hace malabares con cinco pelotas: salarios, alquiler, impuestos, proveedores y ventas. Y cuando se le cae una, no aparece un funcionario a levantarla. Aparece la persiana. El discurso dice: “Hay que aguantar”. Perfecto. Pero resulta que algunos aguantan desde una oficina con aire acondicionado y otros aguantan mirando la cuenta bancaria para decidir si pagan al proveedor, el sueldo o la boleta de luz. Es como decirle a un náufrago que tenga paciencia porque el barco está haciendo ajustes de flotabilidad.
Y aparece otra contradicción deliciosa: durante años escuchamos hablar de la “casta” como si fuera una especie de criatura mitológica que vivía en un castillo, mientras la economía real estaba abajo, pagando entrada, estacionamiento y hasta el pochoclo. La pyme no discute de teoría económica. La pyme pregunta algo mucho más sencillo: “¿Cuánto tengo que vender hoy para poder abrir mañana?”
Ese es el verdadero balance de la economía argentina: la caja. Si entra plata, se abre. Si no entra, se cierra. No hay épica. No hay relato. No hay cadena nacional. Porque una pyme puede sobrevivir a un mal mes. Puede sobrevivir a dos. Pero no puede vivir eternamente de la palabra “aguante”.
Y mientras tanto, seguimos con la curiosa costumbre argentina de discutir quién es la casta mientras el que vende, fabrica, transporta, atiende, produce y da trabajo hace cuentas con la calculadora del celular. La casta podrá tener discursos. La pyme tiene empleados que esperan el sueldo. La casta podrá tener asesores. La pyme tiene proveedores golpeándole la puerta. La casta podrá tener fueros, cargos y oficinas. La pyme tiene una persiana. Y esa persiana, cuando baja, no hace ruido solamente en el negocio. Hace ruido en la familia del dueño, en el empleado que pierde el trabajo, en el proveedor que deja de cobrar y en el barrio que pierde movimiento. Así que quizás habría que dejar de mirar tanto quién dice que está pagando el ajuste y empezar a mirar quién efectivamente lo está pagando. Porque una cosa es ajustar desde un discurso. Y otra muy distinta es ajustar la persiana.