
“Durante décadas, fue un sector asociado principalmente a los hombres, tanto en los roles operativos y técnicos como en los espacios de decisión”, sostiene la autora. Pero da cuenta de que ese panorama está cambiando.
“Durante décadas, fue un sector asociado principalmente a los hombres, tanto en los roles operativos y técnicos como en los espacios de decisión”, sostiene la autora. Pero da cuenta de que ese panorama está cambiando.
Aunque parece la pregunta ya no debería ser si las mujeres tienen un lugar en la construcción. La pregunta es qué podemos hacer para que tengan las mismas posibilidades de elegir ese lugar, desarrollarse y liderarlo.
Durante mucho tiempo, el liderazgo estuvo asociado a tener respuestas, marcar el rumbo y tomar decisiones. Hoy esa mirada resulta insuficiente. Liderar también implica escuchar, generar confianza y, especialmente, crear las condiciones para que otras personas puedan desarrollarse y asumir nuevos desafíos.
Para las mujeres, esta perspectiva adquiere una dimensión particular. Llegar a una posición de liderazgo es importante, pero también lo es qué hacemos desde ese lugar. Porque cada vez que una mujer ocupa un espacio que históricamente estuvo reservado a los hombres, no solo cambia su propia trayectoria: también modifica la percepción de quienes vienen detrás sobre aquello que es posible.
La construcción es un buen ejemplo de esta transformación. Durante décadas, fue un sector asociado principalmente a los hombres, tanto en los roles operativos y técnicos como en los espacios de decisión. Esa realidad está cambiando, aunque todavía persisten barreras culturales, estereotipos y una falta de referentes que pueden condicionar las oportunidades de muchas mujeres.
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El desafío, entonces, no es simplemente sumar más mujeres a una industria. Es generar las condiciones para que puedan incorporarse, desarrollarse y asumir responsabilidades en todos los niveles. Y eso requiere algo más que buenas intenciones: capacitación, oportunidades concretas, acompañamiento y referentes visibles.
La transformación también ocurre lejos de las grandes estructuras. Está en una mujer que decide capacitarse en un oficio, en quien asume la conducción de un negocio familiar, en una profesional que busca ocupar un rol técnico o en quien se anima por primera vez a liderar un equipo.
Cada uno de esos pasos contribuye a ampliar los límites de lo que una industria considera posible.
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En este proceso, los referentes tienen un valor enorme. Ver a otra mujer liderando una operación, un comercio, un equipo o una empresa puede hacer que ese camino deje de parecer excepcional. La representación no resuelve por sí sola las desigualdades, pero ayuda a construir nuevos imaginarios y a mostrar que existen otras posibilidades.
La diversidad, además, no debería entenderse únicamente como una cuestión de representación. Incorporar miradas diferentes también permite construir equipos más diversos, comprender mejor las necesidades de quienes forman parte de una industria y encontrar nuevas formas de abordar los desafíos.
Transformar una industria lleva tiempo. Los cambios culturales no suceden de un día para otro y tampoco dependen de una sola iniciativa. Requieren decisiones sostenidas y, sobre todo, de líderes dispuestos a revisar las prácticas que durante años se dieron por sentadas.
Por eso, quizás la pregunta ya no debería ser si las mujeres tienen un lugar en la construcción. La pregunta es qué podemos hacer para que tengan las mismas posibilidades de elegir ese lugar, desarrollarse y liderarlo.
Porque liderar no es solamente llegar. También es hacer que el camino sea un poco más accesible para quienes vienen detrás.
*Gerenta de Disensa Argentina (materiales para la construcción)
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