
Después del 3-1 estalló la ira. Los jugadores salieron corriendo al túnel que une el campo de juego con los vestuarios. Volaron trompadas e inslutos. Los directivos tuvieron que interceder. Olvidable.
Después del 3-1 estalló la ira. Los jugadores salieron corriendo al túnel que une el campo de juego con los vestuarios. Volaron trompadas e inslutos. Los directivos tuvieron que interceder. Olvidable.
Rosario Central Estudiantes. Foto : Rodrigo Dorado
Una batahola en una olla a presión que acaba de estallar. Una ruta al vestuario que se transforma en pasarela transitada a toda velocidad por futbolistas en tapones, enfurecidos. De un lado y del otro. En una zona mixta que antecede a los vestuarios que de repente se transforma en ring. Vuelan trompadas, insultos. Sobrevuela la ira. La chispa, un gesto de Agustín Sández tras el 3-1, terminó de encender el ambiente. El catalizador había sido otro. La polémica del penal del 2-1. El clima a pasillo-gate reavivado en la previa. La tensión con la que se disputó la final de Santiago del Estero.
El cocktail emocional llevó a eso. A que en el Madre de Ciudades se diera un escenario bochornoso. Con jugadores agrediéndose entre todos, pocos frenando: la intermediación de los dirigentes de ambos clubes, pese a la tensión latente, contribuyó a que todo se calmara. Pero fueron varios minutos de enojo, de piñas revoleadas. De estallido irrefrenable: tal fue el clic que Darío Herrera de repente se quedó en el campo de juego con una tarjeta en la mano y con apenas un puñado de futbolistas de ambos equipos en cancha tras el tercero de Central.
Cuentan los testigos que la escena fue impropia incluso de las habituales grescas del fútbol doméstico: si bien se registraron en distintas oportunidades broncas de este estilo entre uno o dos futbolistas de cada cuadro en un encuentro caliente, lo que se vivió en ese trayecto entre la gramilla y los camarines fue diferente a todo. Por la violencia que flotaba. Por la descarga de tensiones, completamente objetable. De nuevo un pasillo, paradójicamente, aunque no pacífico.
Un escándalo que continuó luego con la salida al campo de juego de Juan Sebastián Verón acusando a Herrera de “ladrón” luego de culparlo por el hervidero y que tendrá consecuencias: según pudo averiguar Olé, el cuerpo arbitral informará a los futbolistas -se presume, de ambos clubes- por lo ocurrido en Santiago del Estero. Un juez que en la víspera, por caso, había tenido en el hotel un encontronazo con hinchas de EDLP. Otro síntoma de cuán caliente estaba el ambiente, independientemente de los 38° de sensación térmica.
Explotó todo. El partido, “suspendido”. Las aguas, calmándose poco a poco cuando todos los protagonistas regresaron al terreno de juego para la premiación. Casi surrealista: durante la entrega de medallas a los árbitros, los jugadores de Estudiantes aplaudieron con sorna el gesto de Claudio Tapia, quien no había estado en la tarima al coronar con la de plata a los subcampeones. Parte de una escena final que no debería repetirse.
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