
Vivió en un estadio, cuidó animales, vendió limones para comprar botines y hasta le secuestraron a su hermana, pero siempre se sobrepuso. Ahora, cuando a los 36 años pocos creían en él, fue el héroe de Boca.
Vivió en un estadio, cuidó animales, vendió limones para comprar botines y hasta le secuestraron a su hermana, pero siempre se sobrepuso. Ahora, cuando a los 36 años pocos creían en él, fue el héroe de Boca.
Enner Valencia y su festejo tras el triplete en la remontada de Boca ante Racing. Foto Prensa Boca
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Hay jugadores que tienen una carrera hecha de goles. Y hay otros que, además, parecen tener una carrera hecha de regresos. Enner Valencia pertenece a ese segundo grupo. El domingo, en el Gigante de Arroyito, Boca perdía 2-0 con Racing, quedaban 45 minutos por delante y la clasificación a las semifinales de la Copa Argentina parecía escaparse. Entonces apareció él. Entró desde el banco y en poco más de veinte minutos hizo tres goles, todos de cabeza, para transformar una derrota que parecía encaminada en una remontada inolvidable.
Después del partido, con la emoción todavía a flor de piel, Valencia eligió una frase que, vista desde su historia, adquiere otra dimensión: "He pasado momentos difíciles". Y enseguida contó que lo vivido en Rosario estaba entre los momentos "más inolvidables" de su carrera. No fue solamente el relato de una noche increíble. Para un delantero que pasó buena parte de su vida aprendiendo a levantarse después de cada golpe, aquella remontada pareció casi una continuación natural de su historia.
Cosechar limones para comprar botines: la dura infancia en Ricaurte
Porque mucho antes de ser el máximo goleador histórico de Ecuador, de jugar tres Mundiales y de recorrer por distintas ligas, era un chico de Ricaurte, un pequeño pueblo de la provincia de Esmeraldas, cerca de la frontera con Colombia. Al salir de la escuela no iba directamente a entrenarse. Iba al campo junto a su padre, Remberto. Ordeñaba vacas, atendía animales, sembraba, cosechaba plátanos y juntaba limones para venderlos en el pueblo.
El ecuatoriano metió hat trick de cabeza frente a Racing en la Copa Argentina.
“Nosotros sacábamos mucha leche y a mí me tocaba venderla en Ricaurte. Sembrábamos plátanos. Cosechaba limón para venderlo y comprarme los zapatos para poder jugar. Fueron momentos muy lindos con mi familia”, contó Valencia tiempo atrás.
Caminaba cerca de veinte minutos cargando la producción desde la finca hasta los comercios de Ricaurte. Cada viaje tenía un objetivo: juntar el dinero suficiente para comprarse un par de botines. No era una metáfora. Los botines eran un lujo para su familia y, cuando finalmente consiguió los suyos, los cuidaba como un tesoro. Dormía con ellos al lado de la cama.
Por entonces ni siquiera imaginaba que terminaría jugando un Mundial, mucho menos que algún día sería el goleador histórico de su selección. “En ese instante no se me pasaba por la cabeza que pudiera ser futbolista profesional. Las cosas se fueron dando poco a poco”, contó.
El ecuatoriano metió un triplete para meter a Boca en semifinales de Copa Argentina
Y las cosas, efectivamente, se fueron dando. Un cazatalentos lo vio en torneos regionales de Esmeraldas y apareció la posibilidad de irse a Caribe Junior, en Sucumbíos. Tenía apenas 15 años cuando dejó su casa para buscar una oportunidad. La separación de su familia no fue sencilla: durante sus primeros meses lejos de Ricaurte extrañó tanto a los suyos que llegó a llorar todos los días.
Un año durmiendo bajo las tribunas del George Capwell en Guayaquil
Después llegó Guayaquil. Barcelona lo probó y no quedó. Emelec, en cambio, decidió apostar por aquel delantero que llegaba desde el interior del país. Pero otra vez tuvo que atravesar una situación que hoy parece increíble cuando se la compara con el jugador que acaba de hacerle tres goles a Racing.
Como no tenía dinero para alquilar una habitación, durante aproximadamente un año vivió dentro del estadio George Capwell. Tenía una cama, pero afuera de ella empezaba otra lucha: lavarse la ropa, conseguir comida y muchas veces entrenarse sin haber desayunado. “Esa experiencia me hizo un poco más maduro. Fue muy lindo, me hizo una mejor persona y valorar mucho las cosas”.
El camino tampoco fue inmediato. Aunque subió rápidamente al primer equipo, debió esperar casi dos años para debutar oficialmente. Recién en 2010 apareció en Primera y, desde allí, su carrera explotó: campeón con Emelec, goleador de la Copa Sudamericana, figura de Ecuador, el salto a México e Inglaterra, hasta convertirse en el máximo artillero histórico de la selección ecuatoriana.
El secuestro de su hermana y los momentos que pusieron a prueba su temple
Pero los golpes no terminaron cuando llegaron los goles. En 2020, cuando jugaba en Fenerbahce, su hermana Elsy fue secuestrada en Ecuador. Permaneció once días cautiva hasta que fue rescatada por la Policía en una zona selvática. Valencia atravesó aquellos días desde Turquía, pendiente de una situación que excedía largamente al fútbol. La noticia de su liberación significó uno de los mayores alivios de su vida.
Y también hubo golpes estrictamente futbolísticos. En el Mundial 2026, Valencia llegó como uno de los grandes referentes de Ecuador, pero terminó el torneo sin marcar. Después de la eliminación, además, quedó sin club tras finalizar su vínculo con Pachuca.
Son capítulos diferentes, en contextos diferentes, pero forman parte del recorrido de un futbolista acostumbrado a atravesar momentos difíciles.
La llegada a Boca y la charla en el banco con Sebastián Villa antes de la hazaña
Y entonces llegó Boca. A los 36 años, Valencia no aterrizó en un equipo que estuviera esperándolo con el puesto asegurado. Llegó con el plantel ya armado, después de un período con poca actividad y con la necesidad de ponerse físicamente a la par de sus compañeros. Sabía que tendría que esperar su oportunidad. Y esperó. Hasta los cuartos ante Racing. Y con Racing, otra de esas noches en las que todo parecía perdido. Después de haber quedado afuera de los convocados ante San Lorenzo por el cupo de extranjeros. Había sido el sexto. El relegado.
Boca perdía 2-0 y el reloj empezaba a convertirse en enemigo. Enner estaba en el banco, junto a Sebastián Villa. Los dos miraban cómo se les escapaba el partido hasta que hablaron. "Sabés que con Seba Villa estábamos en el banco y cuando íbamos 2-0 hablamos, no? Tenemos que entrar y tratar de darle vuelta al resultado. Gracias a Dios se dio", contó Valencia después del partido.
Y hubo otra pregunta que podía hacerse casi sola después del partido: ¿en algún momento imaginó que podía terminar marcando los tres goles? "La verdad que no. No voy a mentir, no, eso no pasa por la cabeza, pero sí tratar de entrar y ayudar al equipo. Yo creo que se dio así, entramos con muchas ganas todos los que entramos de cambio. Y hoy se dio una noche maravillosa para nosotros”-
Los dos entraron para cambiar la historia. Villa aportó velocidad, desborde y una asistencia. Valencia puso los goles. O, mejor dicho, los tres goles. Tres cabezazos en poco más de veinte minutos para convertir una derrota 0-2 en una clasificación a las semifinales de la Copa Argentina.
Una carrera forjada a base de lucha, resistencia y goles clave
Para Valencia, además, había algo más profundo. Detrás de esos tres goles había una vida entera atravesada por situaciones en las que tuvo que esperar, resistir y volver a empezar. Hay carreras que se explican por los títulos. Otras, por los goles. La de Valencia también puede entenderse a través de las veces que tuvo que volver.
De Ricaurte a Arroyito. De los limones a los botines. Del Capwell a los Mundiales. De los momentos difíciles a las noches inolvidables.
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