
La historia europea enseña que las grandes construcciones políticas no deben juzgarse solamente por sus dificultades cotidianas, sino también por aquello que consiguieron evitar, y desde esa perspectiva la Unión Europea representa uno de los experimentos políticos más trascendentes de la posguerra.
Miércoles 30 de Septiembre de 2026 - Actualizada a las: 18:56hs. del 30-09-2026
Países que durante siglos disputaron territorios, mercados y hegemonías aceptaron compartir instituciones, reglas y soberanía para transformar la competencia entre naciones en cooperación. Hoy, cuando regresan el nacionalismo, las guerras, el proteccionismo y las disputas entre grandes potencias, preservar una Europa integrada excede largamente el interés de los europeos: constituye un factor de equilibrio para todo el sistema internacional.
Un reciente análisis de Andrea Rizzi plantea una circunstancia inquietante: Rusia, Estados Unidos bajo Donald Trump y China, por razones diferentes y sin que exista evidencia de una acción concertada entre ellos, desarrollan políticas cuyos efectos pueden converger en el debilitamiento de una Unión Europea cohesionada.
Rusia procura erosionar el respaldo europeo a Ucrania y enfrenta acusaciones de acciones híbridas contra países europeos; China privilegia frecuentemente las relaciones bilaterales y posee una enorme capacidad económica para negociar con cada Estado; mientras sectores de la actual administración estadounidense cuestionan abiertamente determinadas políticas e instituciones europeas. La coincidencia de intereses no significa conspiración ni identidad de objetivos, pero sus efectos acumulativos merecen atención.
Existe una razón estructural detrás de esas tensiones: una Europa fragmentada está integrada por Estados nacionales de tamaño medio o pequeño frente a potencias continentales; una Europa unida constituye, en cambio, un espacio de alrededor de 450 millones de habitantes, con mercado único, moneda común para buena parte de sus miembros, capacidad regulatoria, desarrollo científico y tecnológico y un peso comercial que le permite negociar en otra escala. Estados Unidos, China y Rusia tienen intereses propios y legítimamente actúan conforme a ellos; Europa necesita exactamente la misma capacidad para defender los suyos sin convertirse en territorio de disputa entre terceros.
El Brexit constituye una experiencia que debería analizarse desde esta perspectiva, porque la decisión británica de recuperar competencias nacionales no eliminó las tensiones territoriales internas del Reino Unido y volvió a colocar en primer plano debates que continúan abiertos. Escocia había votado en 2016 por permanecer en la Unión Europea por 62 % contra 38 %, y actualmente tanto el independentismo escocés como el galés mantienen propuestas para realizar consultas sobre su futuro constitucional. El Reino Unido continúa unido y sería incorrecto afirmar que el Brexit inevitablemente provocará su fragmentación, pero tampoco puede ignorarse que la salida europea interactuó con tensiones preexistentes entre sus distintas naciones.
Alemania ofrece otra señal que merece ser observada con precisión, especialmente después de las elecciones de Berlín del 20 de septiembre de 2026. El resultado provisional oficial ubicó a Die Linke como primera fuerza con el 25,7 % de los segundos votos, seguida por la CDU; AfD quedó tercera, por delante de los Verdes y de un SPD que registró un resultado históricamente bajo. Lo significativo es que simultáneamente crecieron opciones ubicadas fuera de los partidos que gobernaban la ciudad, mientras CDU y SPD retrocedieron considerablemente.
El crecimiento de Alternative für Deutschland tiene además una dimensión europea porque sectores de ese partido cuestionan aspectos centrales del proceso de integración y mantienen posiciones distintas de las predominantes en la política exterior alemana, especialmente respecto de Rusia y Ucrania. Al mismo tiempo, el vicepresidente estadounidense JD Vance mantuvo en febrero de 2025 una reunión con Alice Weidel, dirigente de AfD, después de pronunciar en la Conferencia de Seguridad de Múnich un discurso fuertemente crítico hacia dirigentes europeos por cuestiones vinculadas con libertad de expresión, inmigración y funcionamiento democrático. Esos hechos provocaron una intensa controversia dentro de Alemania y de Europa.
El problema de fondo, sin embargo, no es una confrontación entre izquierda y derecha: Europa necesita conservadores, socialdemócratas, liberales, democristianos, verdes y las demás expresiones democráticas que sus ciudadanos decidan respaldar. El verdadero interrogante es si las naciones europeas conservarán una arquitectura común suficientemente fuerte para actuar frente a potencias que superan ampliamente a cada Estado por separado, y eso no significa una Europa uniforme ni burocráticamente centralizada, sino una integración que respete identidades nacionales, regiones, culturas y autonomías mientras reserva para la escala europea aquello que ningún Estado puede resolver por sí solo: defensa, energía, migraciones, seguridad tecnológica, inteligencia artificial, regulación de las grandes plataformas, comercio internacional, infraestructura estratégica y transición productiva.
Para países como la Argentina esta discusión tampoco resulta distante, porque un sistema internacional reducido a la competencia entre Estados Unidos y China, con Rusia disputando espacios estratégicos y otras potencias buscando acomodarse entre ellos, disminuye el margen de maniobra de los países medianos. Una Europa políticamente autónoma y económicamente vigorosa multiplica interlocutores, mercados y posibilidades de cooperación y contribuye a preservar un orden internacional menos concentrado.
Europa conoció durante siglos las consecuencias de convertir cada diferencia nacional en una cuestión absoluta, y la integración nació precisamente después de comprobar hasta dónde podía conducir esa lógica. Hoy enfrenta problemas reales: bajo crecimiento, dificultades de competitividad, envejecimiento demográfico, migraciones, guerra en sus fronteras y movimientos políticos que cuestionan distintos aspectos del proyecto europeo. Negarlos sería tan equivocado como utilizar esas dificultades para decretar anticipadamente el fracaso de la integración.
Putin, Trump y Xi no necesitan reunirse alrededor de una mesa para que sus intereses coincidan frente a una Europa fuerte, y allí cobra sentido un suplicio que en nuestra historia latinoamericana quedó asociado a la figura de Túpac Amaru: fuerzas que tiraban en direcciones diferentes podían terminar desgarrando un mismo cuerpo. La metáfora sirve únicamente hasta cierto punto, pero ayuda a comprender el desafío: decisiones tomadas desde Moscú, Washington y Beijing, cada una respondiendo a sus propios objetivos y sumadas a tensiones internas, pueden producir un efecto acumulativo de fragmentación. La respuesta europea no debería ser encerrarse ni uniformarse, sino fortalecer una integración compatible con la diversidad.
Porque en un mundo de gigantes, la alternativa para Europa no es simplemente elegir entre más o menos soberanía. La verdadera discusión es qué soberanía puede ejercer efectivamente cada nación por separado y qué soberanía sólo puede defender junto con las demás. Allí reside la importancia de una Europa unida: no como un fin en sí mismo, sino como un factor de equilibrio frente a un mundo que vuelve peligrosamente a fragmentarse.
Noel Breard - Senador Provincial UCR.