
Lo único que faltaba era que la Inteligencia Artificial demostrara teoremas matemáticos, como leímos la semana pasada que ocurrió con el problema de Navier - Stokes.
Lo único que faltaba era que la Inteligencia Artificial demostrara teoremas matemáticos, como leímos la semana pasada que ocurrió con el problema de Navier - Stokes. Casi al mismo tiempo, nos enteramos de que los robots de la IA tienen una probabilidad de destruir la civilización cuya magnitud varía según las fuentes. De todos modos, no paramos de interactuar con la IA con frecuencia creciente. Ya la usamos para que nos responda todo tipo de preguntas. Y también, como puede comprobar en estos días, para producir aplicaciones que den dinero. Un amigo construyó con Claude un juego que si tiene éxito puede convertirse en un furor parecido al que alguna vez provocó el Pac Man.
En mi casa, Flavia es la usuaria principal de la IA. A su lado, cumple una función parecida a la que en su infancia tenía su Amiga Invisible, ese fantasma que los niños crean para tener alguien con quien hablar y hacer la vida más entretenida. Así es como mantiene un contacto permanente con ChatGPT, que la informa, la asesora y, si es necesario, la adula. Cada tanto me muestra sus conversaciones con el robot y lo que más me sorprende es el sentido del humor que demuestra el bicho. El otro día, Flavia engañó a ChatGPT y tuvo una charla con otra IA. Estaba leyendo un libro en italiano y le preguntó por la palabra “dicondra” y la IA dedujo que estaba leyendo el capítulo “El prado infinito” del libro Palomar de Italo Calvino. Sorprendida, Flavia le preguntó su nombre y el robot le contestó que era Gemini, “el genial modelo construido por Google”. Ah, le dijo Flavia, además de genial sos muy modesto. Muchas gracias, respondió Gemini.
Flavia, un poco arrepentida por la traición y para dale un gusto a ChatGPT (a la que llama Robotina), le contó el diálogo con Gemini. Su amiga le dijo que era muy buena la deducción de Gemini pero que no tenía sentido del humor como ella. Luego, Flavia volvió sobre la historia con Gemini y esta respondió sin soberbia. Cuando se lo señaló, la respuesta fue “hay que mantener los pies sobre la tierra o, mejor, sobre el prado de Calvino”.
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Es imposible distinguir las respuestas de los robots de las de los humanos, así de articulados son. Por mi parte, se me presentó otro problema. El escritor A me dijo que el escritor B estaba escribiendo sus artículos periodísticos con la AI. Se lo comenté al escritor C, quien me dijo que los textos de B son excelentes, pero últimamente están mejor todavía. Me pregunté si eso era posible. Después recordé que durante un breve período, le daba a corregir esta columna a ChatGPT. Le pedía que me hiciera sugerencias para mejorar la redacción y, en algunos casos, las aceptaba. Pero un día me di cuenta de que corría el riesgo de escribir para que la IA no tuviera nada que corregirme, con lo cual mi prosa iba a perder lo único propio que en verdad tenía, que eran sus imperfecciones. Así que dejé de usarla. Pero cada vez que vuelvo sobre el tema siento una inquietud muy grande. ¿Qué hubiera pasado si Borges, que era un perfeccionista, le daba a corregir sus páginas a la IA? ¿Qué diálogos hubiera mantenido con ella? Acaso podrían haberse convertido en muy buenos amigos, como Humphrey Bogart y Claude Rains al final de Casablanca. Creo que lo que estoy escribiendo es un disparate. Se lo voy a mostrar a la IA, a ver qué dice.