
La dismorfia muscular puede llevar a una preocupación permanente por el tamaño y la definición del cuerpo, entrenamientos rígidos y cambios extremos en la alimentación. Un estudio realizado en 163 personas que concurren a gimnasios de Resistencia detectó un 45% con dismorfia corporal media y un 4% con riesgo clínico.
Domingo 04 de Octubre de 2026 - Actualizada a las: 10:26hs. del 04-10-2026
Ir al gimnasio, buscar aumentar la masa muscular o cuidar la alimentación no constituye por sí mismo un problema. La situación cambia cuando el entrenamiento y la apariencia física comienzan a ocupar un lugar central en la vida cotidiana y generan angustia, culpa o conductas difíciles de controlar.
La vigorexia, conocida también como dismorfia muscular, se caracteriza por una preocupación persistente por no tener suficiente musculatura. La persona puede haber desarrollado un cuerpo musculoso y, aun así, percibirse débil, pequeña o poco definida.
El foco deja de estar únicamente en mejorar el rendimiento físico. La necesidad de modificar el cuerpo puede llevar a entrenar de manera excesiva, mantener dietas muy rígidas, controlar constantemente la apariencia y recurrir a suplementos o sustancias para acelerar los resultados.
Qué mostró un estudio realizado en Resistencia
Una investigación de la Fundación H. A. Barceló, titulada “Riesgo de desarrollar ortorexia y vigorexia en personas mayores de 18 años que asisten a gimnasios en la ciudad de Resistencia, Chaco”, analizó a 163 personas de entre 18 y 45 años que practicaban musculación en gimnasios de la ciudad.
La muestra estuvo integrada por personas de ambos sexos: 56% eran mujeres y 65% tenían entre 26 y 35 años. Los resultados permiten dimensionar el problema dentro de ese grupo estudiado:
45% presentó dismorfia corporal media.
4% presentó riesgo clínico de dismorfia muscular.
90% presentó factores de riesgo de ortorexia nerviosa.
47,2% afirmó realizar dietas con frecuencia o consumir suplementos nutricionales para mejorar su apariencia física.
Entre quienes entrenaban entre 60 y 120 minutos, el 66% presentó riesgo de ortorexia.
Del grupo que presentó riesgo de ortorexia, 74,8% mostró un bajo cumplimiento de las recomendaciones de las Guías Alimentarias para la Población Argentina (GAPA).
El propio estudio advierte que, aunque los factores de riesgo de dismorfia muscular estuvieron presentes, el riesgo de vigorexia clínica fue bajo. Los investigadores encontraron una relación entre la preocupación estética, el ejercicio intenso y determinadas conductas alimentarias.
Estos resultados no representan la prevalencia de vigorexia en toda la población de Resistencia ni en la región. Se trata de los datos obtenidos en las 163 personas que participaron de la investigación.
¿Cuándo la preocupación por el cuerpo se convierte en una obsesión?
Una de las principales dificultades es diferenciar el interés por mejorar físicamente de una conducta problemática. No existe una única señal, pero algunos comportamientos pueden funcionar como indicadores de alerta.
Entrenar pese al cansancio, las lesiones o la necesidad de descanso. La persona puede sentir una fuerte ansiedad cuando no puede cumplir con su rutina.
Mirarse y compararse constantemente. El control reiterado de los músculos, las fotografías, el espejo o la comparación con otros cuerpos puede reforzar la insatisfacción.
Organizar la vida alrededor del gimnasio. Horarios laborales, familiares o sociales pueden quedar subordinados al entrenamiento.
Sentirse insuficientemente musculoso pese a los cambios físicos. El aumento de masa muscular no modifica la percepción negativa sobre el propio cuerpo.
Adoptar reglas alimentarias cada vez más rígidas. La comida puede quedar subordinada al objetivo de aumentar músculo y reducir grasa.
Sentir culpa cuando se rompe la rutina. Una comida diferente o la imposibilidad de entrenar puede generar ansiedad o sensación de fracaso.
El problema, entonces, no está determinado solamente por la cantidad de horas de gimnasio. La relación con el cuerpo, el nivel de preocupación y el impacto de esas conductas sobre la vida diaria son aspectos centrales.
Vigorexia y ortorexia no son lo mismo
Aunque pueden aparecer juntas, vigorexia y ortorexia se refieren a preocupaciones diferentes. En la dismorfia muscular, el centro está puesto en la musculatura y la percepción del propio cuerpo. La persona considera que necesita ser más grande, fuerte o definida, aun cuando objetivamente ya tenga un desarrollo muscular importante.
La ortorexia, en cambio, se relaciona con una preocupación excesiva por la calidad o “pureza” de los alimentos. La necesidad de comer de una determinada manera puede generar restricciones cada vez mayores y dificultar situaciones cotidianas como compartir una comida.
El estudio de Resistencia encontró una fuerte presencia de factores de riesgo de ambas conductas. De hecho, el 90% de los participantes presentó factores de riesgo de ortorexia, mientras que el 45% registró dismorfia corporal media y el 4% riesgo clínico de dismorfia muscular.
La investigación también encontró que el 74,8% de quienes presentaban riesgo de ortorexia tenía bajo cumplimiento de las recomendaciones de las Guías Alimentarias para la Población Argentina (GAPA). A su vez, el análisis mostró que la relación entre riesgo de vigorexia y cumplimiento de las recomendaciones alimentarias no fue estadísticamente significativa.
Esto es relevante porque evita una conclusión simplista: no toda alimentación estricta implica vigorexia y no toda persona que entrena intensamente desarrolla un trastorno.
El papel de los suplementos y la presión estética
El estudio encontró que 47,2% de los participantes realizaba dietas frecuentemente o consumía suplementos nutricionales para mejorar su apariencia física. El dato muestra hasta qué punto la búsqueda estética puede influir sobre las decisiones relacionadas con la alimentación y el entrenamiento.
Los investigadores señalaron una interacción entre la alimentación considerada saludable, el ejercicio físico intenso y la preocupación por la imagen corporal. También plantearon la necesidad de mejorar la información nutricional y generar mayor conciencia entre quienes trabajan en salud y actividad física.
El uso de suplementos, de todos modos, no permite por sí solo identificar vigorexia. La señal de alarma aparece cuando se integra a un conjunto de conductas vinculadas con una preocupación persistente por la apariencia y una necesidad difícil de controlar de modificar el cuerpo.
¿Afecta solamente a los hombres?
La dismorfia muscular fue estudiada especialmente en hombres y suele asociarse con el ideal de un cuerpo cada vez más musculoso. Eso no significa que sea exclusiva de ellos.
El propio estudio realizado en Resistencia incluyó a hombres y mujeres, con una muestra compuesta por 56% de mujeres. Sus resultados no permiten establecer una prevalencia por sexo de la vigorexia, pero sí muestran que la problemática puede estudiarse en ambos grupos.
La preocupación por la imagen corporal puede adoptar diferentes formas según la persona. En la dismorfia muscular, el eje específico es la percepción de no tener suficiente musculatura, independientemente de que exista un desarrollo físico considerable.
Las redes sociales y la comparación permanente
El gimnasio tampoco funciona de manera aislada. Las redes sociales multiplicaron la exposición a cuerpos musculosos, rutinas de entrenamiento y dietas orientadas a modificar la apariencia.
La evidencia reciente encontró asociaciones entre el consumo de determinados contenidos digitales y síntomas relacionados con la dismorfia muscular y la ortorexia. Eso no significa que las redes sociales sean, por sí solas, la causa de estos problemas, pero pueden reforzar la comparación corporal y determinados ideales físicos.
La presión puede instalar una idea difícil de alcanzar: que siempre falta más músculo, menos grasa, mayor definición o una alimentación todavía más estricta.
Cuando entrenar deja de ser una elección
La diferencia entre una práctica saludable y una conducta problemática no está solamente en cuánto se entrena, sino en qué lugar ocupa el entrenamiento en la vida de la persona.
Si faltar al gimnasio provoca una angustia intensa, si una lesión no alcanza para detener la actividad, si la alimentación se transforma en una serie de reglas cada vez más difíciles de flexibilizar o si los vínculos comienzan a quedar relegados por el entrenamiento, aparecen señales que merecen atención.
La dismorfia muscular requiere un abordaje profesional y multidisciplinario. El tratamiento suele incluir terapia cognitivo - conductual, orientada a trabajar la percepción distorsionada del cuerpo, las conductas compulsivas y la relación con el ejercicio y la alimentación.
El acompañamiento puede complementarse con médicos, nutricionistas y psiquiatras, según las necesidades de cada paciente. En algunos casos, se indican medicamentos para tratar síntomas asociados, como ansiedad o depresión, siempre bajo supervisión profesional. También es importante el acompañamiento de familiares y personas cercanas.
El objetivo no es dejar de entrenar, ni abandonar el cuidado de la alimentación. La señal de alerta aparece cuando cuidar el cuerpo deja de ser una decisión y empieza a convertirse en una obligación que condiciona el resto de la vida.