
La despedida de Messi invita a mirar hacia atrás. No para construir una leyenda artificial, sino para entender cómo en un mismo jugador pudieron convivir casi todas las formas posibles de una carrera con la Selección.
La despedida de Messi invita a mirar hacia atrás. No para construir una leyenda artificial, sino para entender cómo en un mismo jugador pudieron convivir casi todas las formas posibles de una carrera con la Selección.
Jorge Luis Borges imaginó en El Aleph un punto del espacio que contenía todos los puntos. Desde allí era posible observar el universo entero, desde todos los ángulos y al mismo tiempo, sin que una imagen anulara a la otra. Hay algo de esa idea (analogía antojadiza) en la carrera de Lionel Messi con la Selección Argentina. Porque para entender lo que significa su despedida no alcanza con mirar al campeón del mundo, al capitán que levantó la Copa América o al futbolista que terminó de convertir una historia extraordinaria en una de las más grandes del deporte. En ese mismo jugador también están el chico que llegó a la Selección, el que perdió finales, el que fue cuestionado, el que renunció, el que volvió y el que finalmente aprendió a ganar.
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Todos fueron Messi. Los títulos modifican la manera en que se recuerda una carrera. El Mundial de Qatar 2022 iluminó muchos momentos que durante años fueron observados desde otro lugar. Pero las derrotas no desaparecieron. Las finales perdidas siguen existiendo. Las críticas también. Lo que cambió fue el significado que adquirieron dentro de una historia que terminó teniendo una dimensión que, durante mucho tiempo, parecía imposible.
El Messi que llegó a la Selección mayor todavía no sabía qué lugar iba a ocupar en ella. Era el futbolista que ya había empezado a deslumbrar en Barcelona, el chico al que se le pedía trasladar inmediatamente a la camiseta argentina todo aquello que hacía en Europa. Cada aparición con la Selección era comparada con su rendimiento en el club. Cada partido se convertía en una evaluación sobre si podía reproducir el mismo fútbol.
Después llegaron los grandes torneos. Alemania 2006. Sudáfrica 2010. Brasil 2014. Chile 2015. Estados Unidos 2016. Hubo goles, asistencias y actuaciones extraordinarias, pero también finales perdidas. La del Mundial 2014 y las de las Copas América 2015 y 2016. Hubo una Selección que se acercaba al título y volvía a quedarse en la puerta. También hubo un Messi que llegó a pensar que ya no quería seguir.
Después de perder la final de la Copa América Centenario, anunció su renuncia. Aquella decisión mostró hasta qué punto la relación con la Selección había dejado de ser solamente futbolística. Messi cargaba con una responsabilidad que excedía lo que podía hacer un jugador dentro de una cancha. Durante años se había instalado la idea de que tenía que llevar a la Argentina hacia un lugar al que el equipo no conseguía llegar.
Messi volvió. Y con el tiempo cambió.
No solamente porque evolucionó algunos aspectos de su juego. Cambió su manera de relacionarse con el equipo. El futbolista que durante sus primeros años parecía necesitar la pelota constantemente para influir comenzó a entender que también podía hacerlo desde otros lugares. Bajó a recibir, condujo, organizó, esperó. Aprendió a jugar con los tiempos del partido y con los tiempos de sus compañeros. Ese proceso fue tan importante como cualquiera de los títulos que llegaron después.
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La Copa América 2021 no borró las finales anteriores. Les dio otro lugar. La Finalissima de 2022 tampoco fue trofeo más: confirmó que aquella Selección había encontrado una identidad. Y Qatar terminó de cerrar una parte de la historia que durante años había quedado abierta. Pero solamente una parte. Porque el Messi de 2022 tampoco fue el último.
Después del Mundial hubo otros desafíos. Llegaron la Copa América 2024 y, finalmente, el Mundial 2026. Y allí apareció una nueva versión de Messi: la de un futbolista de 39 años que volvió a disputar una Copa del Mundo después de haber conseguido aquello que había perseguido durante toda su carrera.
Ya no tenía que demostrar que podía ser campeón del mundo. Ya lo había sido. Sin embargo, volvió.
Y en el Mundial 2026 apareció otra vez el jugador capaz de encontrar una manera de ser importante. Marcó, asistió, condujo y llegó con la Argentina hasta una nueva final del mundo. Esta vez no hubo Copa. España ganó en la definición y Messi cerró su último Mundial como subcampeón.
Poco después anunció su retiro de la Selección. Esa última imagen también pertenece a su historia. Y es importante que pertenezca, porque sería demasiado sencillo construir una despedida en la que todo terminara perfectamente ordenado: el chico que llegó, sufrió, ganó y levantó la Copa del Mundo para retirarse después de una última consagración. No ocurrió así. El fútbol volvió a recordarle, una vez más, que no todas las historias tienen el final que uno imagina. Messi perdió otra final. Y eso no modifica lo que ganó. Tampoco modifica lo que fue.
El Aleph no eliminaba las contradicciones del universo. Las contenía. Todas podían estar allí al mismo tiempo sin confundirse. Algo parecido ocurre cuando se observa la carrera de Messi con la Selección desde este presente. No hace falta elegir entre el Messi de 2007 y el de 2022. No hace falta decidir cuál fue el verdadero. El futbolista que llegó como promesa, el que perdió finales, el que renunció, el que volvió, el que ganó y el que terminó su último Mundial como subcampeón pertenecen a la misma historia: a la del Messi que aprendió a liderar de otra manera.
Durante mucho tiempo su liderazgo estuvo asociado casi exclusivamente a lo que hacía con la pelota. Era el jugador alrededor del cual se organizaba todo porque era, sencillamente, el mejor. Con los años, esa responsabilidad cambió. Aparecieron las palabras, los gestos, la capacidad de sostener a sus compañeros y una relación diferente con la obligación de resolver. Ya no necesitaba hacer todo. Eso también fue parte de su evolución.
La Selección que ganó la Copa América, la Finalissima y el Mundial no dependió de Messi de la misma manera que las anteriores. Lo necesitó, por supuesto. Pero encontró compañeros capaces de asumir responsabilidades. Messi pasó de ser el futbolista alrededor del cual debía organizarse todo a convertirse en el jugador capaz de hacer funcionar muchas de esas cosas.
Por eso su despedida no necesita exageraciones. No hace falta decir que el fútbol se termina con Messi. No se termina. Tampoco hace falta transformar cada recuerdo en una escena definitiva. Su carrera ya tiene suficiente peso como para no necesitar adornos. Alcanza con mirar. Mirar todo.
El primer Messi y el último. El que todavía buscaba su lugar y el que terminó ocupando uno que nadie más podrá ocupar. El que perdió una final y el que levantó la Copa del Mundo. El que alguna vez pensó en dejar la Selección y el que terminó jugando con ella durante más de dos décadas. El que ganó el Mundial y el que volvió a intentarlo cuatro años después, aun sabiendo que ya no necesitaba demostrar nada.
Todos están ahí. Y ninguno contradice al otro.
Quizás esa sea la dimensión más difícil de explicar de Messi con la Argentina. No solamente ganó. Vivió prácticamente todas las formas posibles de una carrera con la Selección. Fue promesa, figura, cuestionado, capitán, campeón, referente y veterano. Conoció la derrota cuando todavía buscaba su lugar y volvió a conocerla cuando ya había conseguido casi todo.
Borges imaginó un punto capaz de contener el universo entero. La camiseta de la Selección Argentina fue El Aleph de Messi. Y dentro de ella entraron todos los Messi posibles.
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