
José Saramago escribió Ensayo sobre la ceguera en 1995. Treinta años después, uno puede abrir ese libro en la Argentina y preguntarse si el portugués no estaba escribiendo también una advertencia para nosotros.
Viernes 09 de Octubre de 2026 - Actualizada a las: 16:45hs. del 09-10-2026
En la novela, de repente, la gente empieza a quedarse ciega. Pero la verdadera tragedia no es perder la vista. La verdadera tragedia aparece después: cuando desaparecen las reglas, cuando el poder se aprovecha del caos, cuando el miedo reemplaza a la solidaridad y cuando cada uno empieza a preocuparse solamente por salvarse.
Y ahí aparece la pregunta incómoda: ¿cuánto de eso conocemos nosotros?
Porque Argentina no está ciega. Argentina ve. Ve los precios. Ve los salarios. Ve la pobreza. Ve al que llega a fin de mes haciendo malabares. Ve al que tiene trabajo pero no llega tranquilo a fin de mes. Ve al que quedó afuera. Ve también al que consiguió salir adelante. Ve los números. Ve los discursos. Ve las peleas. Ve los triunfos. Ve las derrotas.
El problema no es que no veamos. El problema es qué hacemos después de mirar.
Porque Saramago no habla solamente de personas que pierden la vista. Habla de una sociedad que puede terminar perdiendo algo bastante más importante: la capacidad de mirar al otro.
Y nosotros somos especialistas en mirar... pero desde la tribuna.
Podemos discutir durante horas si Milei tiene razón, si el kirchnerismo tiene la culpa, si Macri hizo esto, si Massa hizo aquello, si el Estado sobra o si el mercado se pasa de largo.
Y mientras tanto, el ciudadano queda en el medio. Como ese espectador que compró una entrada para ver el espectáculo y terminó descubriendo que el espectáculo era la pelea entre los espectadores.
Porque en la Argentina ya no alcanza con pensar distinto. Ahora hay que pertenecer a una tribu.
El que critica al Gobierno es un kuka. El que defiende una medida oficial es un fanático. El que reclama por un salario es un privilegiado. El que cuestiona a la oposición es un vendido. Y el que intenta encontrar un punto intermedio... bueno, ese directamente parece sospechoso de traición.
Tenemos etiquetas para todos. Y cada etiqueta viene con una instrucción bastante sencilla: no escuches al otro.
Porque cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver enemigos, la discusión deja de ser política y empieza a convertirse en una guerra de identidades.
Y mientras nosotros peleamos por quién tiene razón, la realidad sigue pasando por la puerta.
La heladera no vota. El alquiler no tiene ideología. La farmacia no pertenece a ningún partido político. Y el changuito del supermercado, lamentablemente, no acepta argumentos de Twitter como medio de pago.
Saramago nos recuerda algo elemental: una sociedad no se sostiene solamente con números, mercados, leyes, discursos presidenciales o consignas. Se sostiene cuando todavía somos capaces de mirar al otro y decir: “Ese problema también me importa”.
Porque detrás de cada estadística hay una persona. Detrás de cada porcentaje hay una historia. Detrás de cada número hay alguien que está viviendo lo que nosotros estamos discutiendo.
Y ahí aparece la parte verdaderamente incómoda del libro.
La ceguera no es solamente la del que no puede ver. También existe la del que puede ver perfectamente y decide mirar para otro lado.
Argentina tiene millones de ojos abiertos. Pero eso no significa que esté mirando.
Miramos el celular. Miramos la televisión. Miramos las redes. Miramos al político que queremos mirar. Escuchamos al periodista que confirma lo que ya pensamos. Y después decimos que estamos informados.
Quizás estamos solamente mejor entretenidos.
Porque una sociedad puede estar llena de información y, al mismo tiempo, completamente ciega frente al dolor del otro.
Por eso Ensayo sobre la ceguera sigue siendo tan incómodo.
Porque Saramago no nos pregunta solamente qué haríamos si mañana todos nos quedáramos ciegos. Nos hace una pregunta mucho peor: ¿Qué estamos dejando de ver hoy, aunque tengamos los ojos perfectamente abiertos?
Tal vez Argentina no necesite recuperar la vista. Tal vez necesite recuperar algo mucho más difícil: la capacidad de mirar.
Mirar al que piensa distinto. Mirar al que tiene menos. Mirar al que perdió. Mirar al que está esperando. Mirar al que está cayéndose. Y entender que un país no se rompe solamente cuando faltan dólares, trabajo o crecimiento.
También empieza a romperse cuando dejamos de reconocer al otro como parte de nosotros.
Porque al final, quizás la peor ceguera no sea no ver. La peor ceguera es ver perfectamente... y que ya no nos importe.