
¿Vota la gente a Milei porque vive mejor? ¿O lo vota porque siente que todo lo anterior fue caos, corrupción y el mensaje vacío de teóricos que, como Alberto Fernández, se dedicaron a perder el tiempo mientras la cotidianeidad de los argentinos se hundía en el barro del…
¿Vota la gente a Milei porque vive mejor? ¿O lo vota porque siente que todo lo anterior fue caos, corrupción y el mensaje vacío de teóricos que, como Alberto Fernández, se dedicaron a perder el tiempo mientras la cotidianeidad de los argentinos se hundía en el barro del estancamiento? Sin dudas que por lo segundo, pero también porque el actual Presidente tuvo la astucia de instalar como un valor intrínseco de su espacio político la palabra “libertad”.
Pero ser libre no significa ser próspero. La libertad es un activo que, volcado en exceso sobre el universo de habitantes de una nación, puede convertirse en un pasivo por cuanto representa la desaparición de todos los frenos inhibitorios. Lo dice Alexis de Tocqueville en “La Democracia en América”: un país donde solamente reinase la libertad caería rápidamente en la anarquía.
El pensador francés que en el siglo XIX viajó a Estados Unidos para estudiar por qué su población vivía en situación de tranquilidad sociopolítica, bajo los cánones de la estabilidad democrática, dio la clave para que los sucesivos gobiernos del orbe alcanzaran el ideal de equilibrio perseguido con ahínco por la humanidad. Dijo que, a medida que transcurriera el tiempo y las naciones se consolidaran bajo diferentes sistemas de gobierno, el contrato social sobre el cual funcionasen debería incluir una constante interacción entre libertad e igualdad.
La igualdad es un valor aritmético que se puede representar con un símbolo perfectamente asimilable para la cognición de cualquier persona. Pero la libertad es una abstracción. No hay una libertad sino muchos grados de libertad que se palpan según la experiencia de quien los ejerce, en función de sensaciones íntimas. Un preso puede sentirse libre al haber cumplido sueños que eran la razón de su vida y un acaudalado ejecutivo puede sentirse cautivo de las superestructuras donde ha de tomar decisiones.
La Argentina de Milei aplica el concepto de libertad en un sentido amplio. Los desamparados son libres de morirse, se sinceró una vez el jefe de Estado, para quien todo lo que huela a igualdad es retrógrado por cuanto requiere de un factor arbitral que regule y grave las ganancias exuberantes de ciertas minorías para redistribuir tales recursos bajo la forma de servicios públicos esenciales como salud, educación, caminos, seguridad, justicia, vivienda y tantas otras finalidades regladas por la Constitución Nacional.
El problema es que la libertad sin igualdad implica el peligro del abuso del hombre por el hombre. Y en un contexto de nuevas tecnologías digitales, los excluidos que terminaron de patitas en la calle por el cierre de más de 32.000 empresas en lo que va de la gestión de La Libertad Avanza, acorralados por la miseria, han aceptado convertirse en agentes de la economía de aplicaciones, ganando menos de la mitad que antes y con el peligro de que un choque, un problema mecánico o una enfermedad los paralice sin más seguridad social que una guardia de hospital.
¿Cómo se entiende, entonces, que el actual gobierno mantenga un nivel de consenso que oscila entre el 30 y el 40 por ciento? ¿Por qué esta administración conserva chances de reelección? ¿Es por Vaca Muerta? ¿O por el RIGI? No. Se trata de una conciencia colectiva que aceptó la orfandad.
Los patrones conductuales de la sociedad actual mantienen la pulsión por vivir mejor de las civilizaciones milenarias. El ser humano siempre aspiró a más, pero hubo un cambio en torno de las expectativas. Hace 500 años la meta era vivir 50 años y cosechar el propio alimento para luego descansar en una choza. Hoy el ideal de realización personal se resume en la casa propia, el trabajo estable y la felicidad familiar.
En la Argentina, ¿cuánto cuesta tener una casa? ¿Quién tiene trabajo registrado? ¿Quién es feliz en estas condiciones? La desesperanza ganó terreno y abrió una brecha que distorsiona la percepción del trabajador transmutado en cuentrapropista: si hoy juntó lo suficiente para la comida de su familia ya está bien. Y si a cambio de 12 horas al volante durante 30 días llega a pagar la luz, el mínimo de la tarjeta y una salida al cine, está muy bien porque afuera de eso no hay nada.
Afuera, es el averno del individualismo y el sálvese quien pueda. Y sobrevivir empieza a confundirse con progresar.
Porque manejar 12 horas, así como pedalear 12 horas o trabajar en negro como cajero de supermercado no es vivir mejor. Pero para quien nada más pudo conseguir en esta desolación generada por las fuentes laborales pulverizadas, ese estado de supervivencia se transforma en una modesta sucesión de microtriunfos personales que ayudan a conciliar el sueño mientras los días, los meses y los años pasan.
La pulsión por vivir mejor ha perdido las características cooperativas de los primeros enclaves gregarios, a orillas del Éufrates y el Tigris, donde los labriegos funcionaban conforme primigenias reglas de ayuda mutua y los ancianos eran protegidos como fuente de sabiduría.
En esta época de libertad sin igualdad han rebrotado ideas regresivas de mantener a las masas bajo estándares de pauperización y sometimiento. Es un fenómeno cíclico que se repite: así como en el medioevo tuvo lugar la fragmentación social a niveles de partículas feudales dominadas por el arbitrio de sus respectivos mandamases, hoy recibe convalidación fáctica la disquisición según la cual una sociedad no debe aspirar a más en tanto no produzca dólares suficientes.
Con el pretexto de que no hay para todos, las políticas de ajuste ganan terreno al ritmo del endeudamiento externo, que a su vez alimenta la máquina de amarrocar riqueza que son los sistemas de especulación financiera.
Los ganadores de este modelo no son los trabajadores, ni siquiera los abnegados emprendedores que consagraron toda una vida a crear y desarrollar una empresa pyme. Los dueños del dinero son otros: habitan un olimpo de milmillonarios más poderosos que los Estados y acumulan fortunas sin complejo de culpa, basados en la convicción capitalista de que los recursos económicos y los medios de producción generan mejores rendimientos en manos privadas. Para ellos, la organización cívico-política administrada por gobiernos de representación democrática llamada Estado es una carga, un lastre del que han logrado desembarazarse parcialmente mediante los paraísos fiscales.
En la coyuntura de este siglo XXI que se consolida como un período de asimetrías y desigualdades, cuaja a la perfección el ideal libertario. El anarcocapitalismo representa música para los oídos de los poderosos del mundo porque no solamente los aplaude sino que facilita actividades que no persiguen la agregación de valor sino los rendimientos estratosféricos del mundo bursátil, donde todo se reduce a comprar bonos (argentinos podría ser el caso) depreciados para venderlos en periodos de cotización alcista.
Ese es el mundo de hoy. Una dimensión inundada por hectolitros de libertad irrigados por gobiernos dedicados a sostener, proteger e incentivar la acumulación de riquezas mientras una porción cada vez más nutrida de ciudadanos expulsados por el sistema entrega sus años laboralmente más vitales sin criterios de igualdad que compensen las diferencias en la senectud futura. Cuando ese momento llegue, serán libres de morirse, aunque no quieran.