
La salud mental no es solo una cuestión individual, sino un bien colectivo que se construye en los vínculos cotidianos. La empatía, la escucha, el trato digno y las redes comunitarias son claves para prevenir el sufrimiento y fortalecer los cuidados compartidos.
La salud mental no es solo una cuestión individual, sino un bien colectivo que se construye en los vínculos cotidianos. La empatía, la escucha, el trato digno y las redes comunitarias son claves para prevenir el sufrimiento y fortalecer los cuidados compartidos.
Muchos autores que han enfocado sus investigaciones desde el psicoanálisis han ratificado en varios escritos la articulación que existe entre la salud mental individual y comunitaria. En ese sentido, Enrique Pichon-Rivière, creador del concepto de Grupo Operativo, articuló el psicoanálisis con la vida cotidiana y los barrios. Planteó que la salud mental es la capacidad de mantener una adaptación activa a la realidad (transformar la realidad y dejarse transformar por ella), mientras que la enfermedad es la estereotipia y la desconexión Vincular.
Fernando Ulloa en la "Clínica de lo Institucional", analizó cómo los mecanismos de la deshumanización en las instituciones que terminan generando la "sociedad de la crueldad" y propuso la salud mental comunitaria como una práctica de restitución de la ternura (como miramiento y escucha del semejante) y de los derechos humanos.
Esto nos genera la base para un verdadero cambio de paradigma en el enfoque de la salud mental, ya que durante décadas hemos abordado la salud mental desde una mirada marcadamente individual. Hemos asumido que el bienestar emocional o el sufrimiento psíquico son asuntos estrictamente privados, contenidos entre las cuatro paredes de un consultorio o reducidos a la química cerebral de un sujeto. Sin embargo, en un mundo atravesado por la prisa, la incertidumbre y la hiperconexión digital que paradójicamente nos aísla, este enfoque resulta insuficiente.
Es momento de dar un giro conceptual urgente: la salud mental no es una conquista individual; es un bien colectivo y un fenómeno eminentemente relacional.
Las ideas fundamentales en relación a este concepto paradigmático es que el sujeto se constituye en el "entre".
Nadie se enferma, se sostiene, ni se sana en el vacío. La psique humana se configura en la trama de vínculos que habitamos a diario: la familia, el espacio de trabajo, la escuela, la comunidad y las instituciones públicas.
Cuando definimos la salud mental como un bien colectivo, reconocemos que el entorno no es un mero escenario pasivo, sino un agente activo de salud o de malestar. Una red social o comunitaria nutrida por la empatía, el trato digno, la previsibilidad y la escucha activa le dan a la existencia del otro recurso para amortiguar los malestares de la vida cotidiana y el impacto del estrés.
Por el contrario, los entornos caracterizados por la violencia sutil, la exigencia desmedida, el desinterés o la deshumanización terminan erosionando la salud psíquica de sus integrantes, sin importar qué tan resilientes intenten ser de forma aislada. El otro giro importante radica en desmitificar la patologiza ción individual para enfocarla desde la responsabilidad compartida
Con frecuencia caemos en la trampa de patologizar las respuestas emocionales lógicas ante entornos desfavorables. Exigimos "gestión emocional" o "carácter fuerte" a personas insertas en contextos laborales, sociales o familiares donde reina la sobrecarga o la falta de contención.
Pensar la salud mental desde lo relacional nos invita a preguntarnos:
¿Qué tipo de espacios estamos construyendo en nuestras organizaciones y comunidades?
¿Somos capaces de alojar la vulnerabilidad ajena sin estigmatizarla?
¿Existen redes reales de soporte para quienes atraviesan crisis o tareas de alto desgaste emocional?
Una comunidad mentalmente saludable no es aquella donde nadie sufre, sino aquella que cuenta con la madurez ética y la sensibilidad social para alojar la fragilidad humana, distribuyendo los cuidados y evitando que el peso del dolor caiga en la soledad absoluta de un individuo.
El cuidado mutuo como trama de protección social acentúa el sentido de pertenencia, la participación activa en causas compartidas, el respeto por el entorno natural y los animales, y subraya la certeza de que, si "el otro me ve y le importo, estoy nutriéndose de factores protectores de la salud mental.
La solidaridad no es solo una virtud moral; es una estrategia de supervivencia comunitaria. Las llamadas "cadenas de favores" o las redes de apoyo comunitario son, en la práctica, escudos protectores contra la ansiedad, la depresión y la desesperanza aprendida. En el Día Mundial de la Salud Mental, el desafío trasciende la ampliación de recursos asistenciales aunque sin duda son indispensables. Hacia el desafío de fondo que es de índole vincular: ¿qué calidad de presencia le ofrecemos a quienes nos rodean?
La salud mental es un patrimonio común, los gestos invisibles de solidaridad tejen la red de protección emocional que ninguna institución puede reemplazar.
(*) Psicóloga MP O47 Máster Coach.