
Hay una estadística que duele más que cualquier índice de inflación: el consumo de pan cayó hasta un 60%. Y no estamos hablando de champagne francés ni de salmón importado. Hablamos del pan. Ese alimento que durante décadas fue el símbolo de la mesa argentina. El que estaba cuando no había otra cosa.
Hoy la gente ya no entra a la panadería y dice: "Dame un kilo". Hoy pregunta: "¿Cuánto me alcanza con dos mil pesos?". Pasamos de comprar por kilos a comprar por peso. Parece un juego de palabras, pero es un cambio de época.
Y ahí está la verdadera tragedia. Nos acostumbraron a celebrar que bajó la inflación mientras en silencio se achicaba el changuito. Porque una cosa es que los precios suban menos. Otra muy distinta es que la gente pueda comprar.
Las panaderías de barrio están atrapadas en una pinza. Por un lado, los costos de la luz, el gas, los alquileres y los insumos. Por el otro, las grandes panificadoras que producen en escala y venden más barato. En el medio queda el panadero que se levanta a las tres de la mañana para amasar, sabiendo que tal vez al mediodía tenga que rematar la mercadería para no tirarla.
Y mientras tanto seguimos discutiendo el riesgo país, los mercados, los bonos y el superávit fiscal. Todo muy importante. Pero hay un indicador mucho más brutal: cuando una familia deja de comprar pan, no está haciendo dieta. Está haciendo cuentas.
Argentina siempre tuvo una costumbre hermosa: decir "ganarse el pan". Porque el pan representaba trabajo, dignidad y futuro. Hoy pareciera que primero hay que ganarse el derecho a comprarlo.
Un país donde el pan empieza a faltar en la mesa no puede festejar demasiado. Porque cuando el pan se vuelve un lujo, ya no estamos hablando de economía. Estamos hablando de la vida cotidiana. Y esa, por más discursos que le pongan arriba, nunca miente.