
A lo largo de la historia, la cefalea ha sido atribuida a fallas digestivas, hormonales o emocionales. Hoy, la medicina moderna revela su verdadera naturaleza, los tratamientos de última generación y las señales de alerta que exigen una consulta urgente.
A lo largo de la historia, la cefalea ha sido atribuida a fallas digestivas, hormonales o emocionales. Hoy, la medicina moderna revela su verdadera naturaleza, los tratamientos de última generación y las señales de alerta que exigen una consulta urgente.
Los mitos nacen para explicar cosas que no entendemos y durante siglos el dolor de cabeza al no tener una explicación, fue rodeándose de creencias variadas en todas las culturas.
Uno de los más difundidos nos dice que el término "migraña" deriva de la palabra griega "hemicránea" introducida por Galeno y él adjudicaba esta enfermedad a "vapores" que ascendían hasta la cabeza y los dividía en sangre, bilis negra, bilis amarilla y flema, esta bilis amarilla al llegar a la cabeza producía cefalea y de allí parte el concepto de que la causa de la cefalea es "el hígado". Esta idea está tan arraigada que es inútil tratar de convencer a un paciente (y a veces a un colega) de que la cefalea, casi siempre, tiene otras causas diferentes a una presunta disfunción hepática.
En 1783, Tisso, ya distingue una Cefalea "común" de una Migraña, y la adjudica a reflejos de alteraciones del estómago, la vesícula o el útero y de aquí parten también algunas creencias sobre porqué duele la cabeza: es por algo que se comió, es por la vesícula que anda mal o es por alteraciones menstruales o ginecológicas y hasta se llega a adjudicarla a la falta de orgasmos.
Es correcto que el cuerpo humano debe considerarse como un "todo", pero existen circunstancias que exigen una mayor atención y examen antes de asignarle la culpa de un dolor de cabeza a un órgano abdominal o pélvico.
Esta tendencia ancestral a simplificar el origen del dolor en el sistema digestivo o metabólico ha provocado que millones de personas posterguen durante años una atención médica adecuada, recurriendo a automedicaciones ineficaces o dietas restrictivas que no resuelven la causa subyacente. La evolución del conocimiento médico ha demostrado que el cerebro y sus cubiertas meníngeas poseen mecanismos complejos de nocicepción (proceso neuronal mediante el cual el sistema nervioso detecta, codifica y procesa los estímulos mecánicos, térmicos o químicos que son potencialmente dañinos) que nada tienen que ver con el funcionamiento hepático ni biliar.
De hecho, hoy sabemos que la migraña no es un malestar digestivo ni un mito del pasado, sino una enfermedad neurológica compleja, neurovascular y profundamente incapacitante. Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), los trastornos de cefalea afectan a cerca del 40% de la población mundial, siendo la migraña una patología que padecen más de 1.000 millones de personas globalmente (afectando a 1 de cada 7 adultos, con una frecuencia tres veces mayor en mujeres).
A nivel terapéutico, la ciencia ha dado pasos agigantados: hoy disponemos de terapias biológicas diseñadas específicamente para esta condición, como los anticuerpos monoclonales (que bloquean la proteína CGRP e inhiben la vía del dolor) y los fármacos orales de última generación conocidos como gepantes, los cuales han transformado radicalmente el abordaje tanto preventivo como agudo de las crisis.
Sin embargo, más allá de los cuadros migrañosos o tensionales habituales, es fundamental identificar las llamadas "banderas rojas" o signos de alarma que requieren una evaluación neuroquirúrgica inmediata. Se debe consultar sin demora a un especialista cuando el dolor aparece de forma súbita y explosiva (el llamado "dolor en estallido" o "el peor dolor de la vida"), cuando se acompaña de síntomas neurológicos focales como debilidad o adormecimiento en un lado del cuerpo, dificultad para hablar, pérdida de visión o alteración del estado de conciencia, si el dolor se desencadena o empeora con la tos, el estornudo o el esfuerzo físico, o bien si surge por primera vez en personas mayores de 50 años o en pacientes con antecedentes oncológicos. En estos escenarios, el dolor de cabeza deja de ser una molestia cotidiana y pasa a exigir un descarte riguroso de patologías vasculares (como aneurismas) o lesiones estructurales e intracraneales severas.
Sintetizando, lo más importante es hacer el diagnóstico correcto y descartar otras causas graves, lo cual implica una consulta con el especialista y efectuar si fuera necesario, algún estudio complementario. La tomografía computada o la resonancia nuclear magnética entre otros medios menos utilizados, forman parte de nuestro arsenal quedando la decisión de su práctica librada al criterio del médico actuante así como también la indicación del fármaco específico para cada tipo de cefalea.