
Economía de aplicaciones se le dice al fenómeno por el cual miles y miles de personas que, en otros contextos históricos, hubieran quedado desempleadas, hoy encuentran refugio en las plataformas digitales que proporcionan oportunidades de cuentapropismo instantáneo.
Economía de aplicaciones se le dice al fenómeno por el cual miles y miles de personas que, en otros contextos históricos, hubieran quedado desempleadas, hoy encuentran refugio en las plataformas digitales que proporcionan oportunidades de cuentapropismo instantáneo.
La última vez que la Argentina atravesó un período recesivo transversalizado como el que actualmente jaquea a los generadores de empleo fue en la década del 90, cuando el neoliberalismo de Carlos Menem y Domingo Cavallo destruyó empresas con un tipo de cambio fijo que se conjugó con privatizaciones seriales. El objetivo de erradicar la inflación se cumplió, pero el daño colateral fue atroz: decenas de miles de desocupados quedaron librados a la buena de Dios.
En la actualidad la República padece efectos similares como consecuencia de la política de contracción económica aplicada por Javier Milei, quien llevó prácticamente a cero la obra pública, redujo el gasto en servicios del Estado, desfinanció a la educación, a la salud y hasta a los efectores de asistencia a la discapacidad con la finalidad troncal de que los precios bajen por obra y gracia de la depresión económica. El torniquete ajustador se completó con el aplastamiento de la pirámide salarial, con lo cual el consumo de las familias argentinas promedio se redujo a niveles de esencialidad.
El daño colateral, como en los 90, fue la destrucción del empleo formal. Sin embargo, a diferencia de la ola de protestas y la moda de los parripollos en las esquinas metropolitanas (otra postal sumamente extendida de la era menemista), en esta tercera década del siglo XXI no hay piquetes en las calles ni ollas populares frente a las sedes gubernamentales. ¿Adónde fueron a parar los expulsados por el sistema?
Las aplicaciones los absorbieron y se transformaron en vías de solución individual. Lo colectivo, la protesta, el corte de calles y los guisos comunitarios dejaron de ser alternativas eficaces, pues todo aquel empleado de una pyme cerrada o cualquier otro despedido como consecuencia de la recesión inducida por la receta de la motosierra halló un escape en Uber, Didi, Cabify o Pedidos Ya.
Todos ellos encontraron la forma de subsistir en medio del tembladeral y lograron lo indispensable: que el pan no faltara en la mesa familiar, pero a costa de sangre. En los siguientes párrafos veremos por qué.
Un ejemplo: Juan Carlos trabajaba como vendedor y capataz de un conocido corralón de las afueras de la capital correntina, donde todo iba bien hasta que el Gobierno Nacional decidió frenar la curva de inversión en obras públicas, decisión que cambió drásticamente la ecuación de las constructoras y sus proveedores. Entre ellos, esta empresa que estaba situada a la salida de avenida Maipú, donde se fabricaban caños para alcantarillas, desagües y puentes.
Ahora Juan Carlos, que ganaba unos 2.300.000 pesos mensuales, se las arregla para sobrevivir con su Chevrolet Corsa modelo 2013. “Estoy al volante desde las siete de la mañana porque aprovecho para llevar a mi nena al colegio, pero además sumo otros chicos que son mis pasajeros. Paro a comer algo a las dos de la tarde y arranco de nuevo a las cuatro hasta juntar la plata del día, porque alquilamos. Hago entre 60.000 y 80.000 pesos por día y me alcanza para el alquiler, el mantenimiento del auto y la comida. Lo demás aporta mi señora, que hace uñas y vende ropa. ¿Vacaciones? Hace tres años que no nos vamos ni a la esquina”.
El testimonio de Juan Carlos resume el cambio de vida experimentado por lo que Byung Chul Han, el filósofo coreano que analizó el impacto de los algoritmos en la sociedad global, define como una trampa que perfecciona la neoesclavitud mediante un dopaje psicológico hasta lograr lo impensado: que una persona esté feliz de ser explotada manejando un auto durante 10, 12 o 14 horas diarias, convencida de que está realizándose como emprendedora en el sector privado.
El autor de “La sociedad del cansancio” desromantiza el marketing de las plataformas al definir el sistema como una dimensión de "totalitarismo digital", pues los dueños de tales tecnologías han llegado al epítome de la dominación mediante el truco del eslogan "sé tu propio jefe".
En realidad, el chofer de Uber, el mensajero de Rappi o cualquier creador de contenidos que necesite subir sus videos a sitios como YouTube para monetizarlos, se convierte rápidamente y sin darse cuenta en un esclavo voluntario que compite contra sí mismo y contra las distorsiones económicas de una perinola donde todos arriesgan su capital pero muy pocos se quedan con el grueso de la rentabilidad.
Byung Chul Han advierte que se ha destruido el límite entre el tiempo de vida y el tiempo de trabajo, al punto de que un conductor de plataforma solamente halla descanso cuando el instrumento que utiliza para prestar servicios padece un desperfecto o una contingencia entre las cuales aparecen los problemas de salud o los siniestros. Es en esas situaciones cuando el sistema queda desenmascarado por completo, ya que no hay obra social, ni prepaga, ni ART ni ninguna otra red de contención que proteja al trabajador de lo inesperado.
Volvamos al caso de Juan Carlos, ex vendedor de premoldeados de hormigón que pasó de cobrar 2.3 millones de pesos con aguinaldo, vacaciones pagas, ayuda escolar y licencias por enfermedad a ganar 1.8 millones de pesos en estado de orfandad patronal, sin beneficio adicional alguno, sin aportes jubilatorios y con la certeza que lo obliga a salir a manejar aun con fiebre: si no trabaja, su ingreso pasa a ser cero pesos sin derecho al pataleo.
Los prestadores de servicios que se valen de las aplicaciones para subsistir, progresivamente, van tomando conciencia de que han perdido calidad de vida. A medida que pasa el tiempo, descubren (sin poder remediarlo) que aquello que al principio pintó como una buena chance para enfrentar el desempleo se transformó en un grillete que los obliga a permanecer en estado de productividad constante porque las ganancias difícilmente lleguen a ser tan buenas como para invertir en un segundo auto o contratar un chofer que conduzca en los tiempos muertos.
Lo paradójico de esta nueva forma de explotación humana es que ocurre con el consentimiento de los explotados y sin que los Estados donde estos actos de sometimiento se consuman tengan el poder para regular las relaciones laborales. Salvo por algunos fallos judiciales que definieron la existencia del nexo empleador-empleado, las plataformas se llevan el grueso de las ganancias sin arriesgar un ápice, porque Uber no tiene autos, Pedidos Ya no tiene motos, Netflix no tiene cines, Airbnb no tiene casas y YouTube no tiene películas.
Las plataformas digitales no son otra cosa que intermediarias universales controladas por grupos de inversión como BlackRock o The Vanguard Group, cuyos CEOs deciden por encima de las jurisdicciones soberanas de las naciones. Ellos bajan o suben las tarifas, aumentan o disminuyen las comisiones que les cobrarán a los choferes, restringen o amplían la incorporación de nuevos trabajadores y los sancionan mediante el más tajante e insensible de los despidos al apagar la aplicación de cualquiera de sus colaboradores por la razón que se les antoje, sin indemnización, sin preaviso y sin un jefe de personal que al menos ponga la firma en una carta documento.
Los nuevos dueños de la economía global tienen el poder omnímodo de, con solo apretar un botón, dejar a miles de personas sin sus pseudoempleos mientras facturan millones por facilitar el sustrato donde marginados del mercado laboral como Juan Carlos encuentran una salida coyuntural al desempleo al mismo tiempo que quedan presos de una decisión imposible: son libres de eliminar la app de sus teléfonos celulares, pero si lo hacen se quedan sin comer.