
Diego convirtió su último tanto para el seleccionado en Argentina en un amistoso ante Marruecos en la cancha de Gimnasia y Tiro de Salta, dos meses antes del Mundial 94. Por la tarde, había respaldado una marcha de maestros frente a la concentración del equipo nacional. “Tienen que seguir protestando”, arengó el 10, que además se quejó por la palabra “proceso”.
Diego convirtió su último tanto para el seleccionado en Argentina en un amistoso ante Marruecos en la cancha de Gimnasia y Tiro de Salta, dos meses antes del Mundial 94. Por la tarde, había respaldado una marcha de maestros frente a la concentración del equipo nacional. “Tienen que seguir protestando”, arengó el 10, que además se quejó por la palabra “proceso”.
La imagen final de Diego Maradona con la Selección Argentina suele ser desgarradora: el 10 yéndose del campo de juego del estadio de Boston tras el 2-1 ante Nigeria en el Mundial Estados Unidos 1994 de la mano de una empleada de la FIFA -la mal llamada “enfermera”- rumbo al control antidoping que le daría positivo. La tristeza fue tan demoledora que, atrapada en el olvido, quedó su última función festiva en suelo argentino, un amistoso previo ante Marruecos en Salta que implicó una doble jornada maradoniana: por la tarde, Diego apoyó a los docentes que marchaban por las calles de la capital provincial y por la noche, en la cancha de Gimnasia y Tiro, convirtió su último gol con la celeste y blanca en el país.
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Aquel 3-1 ante Marruecos fue el miércoles 20 de abril de 1994, es decir dos meses y un día antes del debut de Argentina en el Mundial y del que sería el último gol de Diego de celeste y blanco, el tercero en el 4-0 contra Grecia en Boston, el 21 de junio. Aunque hoy suene insólito, en los 10 años anteriores, desde las traumáticas Eliminatorias en 1985 para el Mundial de México 1986, Maradona apenas había jugado ocho partidos en el país hasta esa presentación en Salta en 1994. Su regreso fue otro milagro porque ese Diego ya parecía lejos de la selección: sin club tras su breve paso por Newell’s en el segundo semestre de 1993, en los primeros cuatro meses y medio de 1994 no había jugado ningún partido.
Para esa vuelta fue clave su pretemporada en solitario en La Pampa en las semanas previas. En una visita del técnico de la selección, Alfio Basile, a la periferia de Santa Rosa, ambos acordaron que Diego jugaría el amistoso programado contra Marruecos en Salta, el último en el país previo al Mundial: luego habría otros cuatro partidos de preparación, contra Chile, Ecuador, Croacia e Israel, pero siempre en el extranjero. En el estadio de Gimnasia y Tiro se produciría el último reencuentro de Maradona con la 10, ya a cinco meses del que había sido su último partido en la selección -a mediados de noviembre de 1993 contra Australia en el Monumental- y a cuatro meses y medio de su despedida oficial de Newell’s, el 2 de diciembre de 1993, ante Huracán.
La visita de la selección y el regreso de Maradona convirtieron al norte de nuestro país en una fiesta. Cincuenta mil personas se congregaron para saludar a los jugadores al costado del camino en los siete kilómetros que separan al aeropuerto del centro de la capital provincial. La cita era histórica: se trataba del segundo partido de la selección mayor en Salta, también en la cancha de Gimnasia y Tiro, tras un ya lejano e intrascendente 0-0 ante Paraguay en 1972 -si se tienen en cuenta los considerados partidos internacionales clase A-.
Maradona, a su vez, sólo había jugado dos veces en Salta, siempre también en el estadio Gimnasia y Tiro, aunque antes de su consagración en México 1986. La primera, en octubre de 1979, en un amistoso que Argentinos Juniors le ganó 5-3 con dos goles suyos a un combinado salteño. Y la segunda, en julio de 1981, en un triunfo 3-2 de la selección argentina ante otro combinado salteño, aunque en verdad era el club local Libertad -incluso usó la camiseta de ese equipo- con algunos refuerzos.
La Selección de Basile no solía presentarse en el interior de nuestro país: sólo había jugado en Rosario ante Hungría, en febrero de 1991, y en Mar del Plata contra Dinamarca, en febrero de 1993. Fue tal el fervor popular que Clarín publicó en la tapa de ese 20 de abril de 1994, o sea en la previa del partido: “Euforia en Salta por la selección: solo el Papa juntó más gente que el equipo nacional”, en referencia a una visita de Juan Pablo II en 1992.
Pero en Salta no sólo había fiesta. El gobierno de Carlos Menem cautivaba a algunos sectores por la convertibilidad que igualaba al peso con el dólar y se enfilaba hacia la reelección que conseguiría en 1995 pero, a la vez, el desempleo, los bajos salarios, la desigualdad social y los reclamos populares también se extendían. Si el propio Maradona ya había defendido a los jubilados en octubre de 1992 -aquella frase de “hay que ser muy cagón para no defenderlos” a la salida de Tribunales porteños-, en su paso por Salta hizo lo propio con los docentes.
La visita de la Selección coincidió con un paro y movilización que los maestros salteños realizaban ese mismo miércoles en la capital provincial contra el gobernador Roberto Ulloa. La marcha multitudinaria se congregó en la plaza principal de la ciudad, es decir a solo 200 metros de donde se hospedaba la selección a la espera del partido de esa noche ante Marruecos, en el hotel Provincial, en la esquina de Caseros y 20 de febrero.
Lógicamente, para ganar visibilidad, los docentes también se acercaron al lugar en el que, además, estaba Maradona. Con gritos a favor de un aumento en sus haberes (“Paso paso paso, se viene el salariazo”), el propio Diego se enteró del reclamo y fue el único jugador que bajó desde su habitación, en el primer piso, para darle su apoyo a los docentes. Ocurrió al mediodía del miércoles, o sea pocas horas antes del partido.
“Me parece que (los docentes) tienen que seguir protestando hasta que la educación en Argentina sea buena. En Argentina las cosas básicas no existen”, los arengó Diego a la salida del lobby del hotel Provincial, ya en la vereda, mientras se acercaba a los maestros para saludarlos. Para entonces, sin embargo, la policía ya había empezado a reprimir y los gases lacrimógenos estallaban en las calles salteñas, muy pronto también enfrente del hospedaje en el que se alojaba la selección. Imágenes de pasacalles que le daban la bienvenida al 10 se mezclaban con el humo de las bombas disparadas por los efectivos salteños.
Para entonces, en simultáneo, los hinchas ya habían empezado a ingresar a la cancha de Gimnasia y Tiro, llamado popularmente el Monumental o el Gigante del Norte, que esa noche inauguraba dos tribunas que elevaban su capacidad de 17.000 a 32.000 lugares. El equipo salteño jugaba en Primera División, aunque no mantendría la categoría y descendería a las pocas semanas. Había tanta gente que, dos horas antes del partido, por la megafonía se les pidió a los espectadores que se pusieran de pie para que ingresara más público: se estima que hubo 35.000 hinchas.
Diego rompía una larga inactividad pero, en otro truco de magia, reapareció con un rendimiento por encima del esperado y resultó decisivo para el triunfo argentino. Sin embargo Marruecos, que también estaba próximo a participar en el Mundial 1994 (terminaría 23º entre 24 participantes), llegó al entretiempo con un empate sorpresivo 1-1. Al gol inicial de Abel Balbo le siguió la igualdad transitoria de Mohammed Chaouch (uno de los 13 futbolistas que acompañarían a Maradona al año siguiente cuando inauguró el sindicato de futbolistas) hasta que, a los 10 minutos del segundo tiempo, el propio Diego convirtió el penal que marcó el 2-1 parcial. Una curiosidad: también Lionel Messi anotaría su último gol en el país -y del total de su carrera en la selección- contra otro seleccionado africano, Benín, hace pocos días.
Así jugó Maradona en Salta vs. Marruecos
Para Maradona era su primer gol en la selección en los tres años y 11 meses que habían pasado desde el 20 de mayo de 1990, cuando había marcado ante Israel en Tel Aviv, poco antes del Mundial de Italia 90. Desde entonces había jugado 13 partidos sin tantos goles, aunque solo cuatro de ellos después del subcampeonato mundial, todos en 1993, ante Brasil, Dinamarca y los dos contra Australia por el repechaje.
Poco antes de que Hugo Perico Pérez marcara el 3-1 final, Diego fue reemplazado a los 30 minutos del segundo tiempo por Ariel Ortega y le cedió la cinta de capitán a Oscar Ruggeri: nunca había sido sustituido en un partido oficial de la Selección. Las revistas lo calificaron como una de las figuras: para Sólo Fútbol jugó 8 puntos y, para El Gráfico, 7. La computadora del partido aportó algunos datos que sirven para entender cuál Maradona era aquel: uno que físicamente se estaba levantando del subsuelo al que había descendido y que todavía no se animaba a dar pases largos por miedo a un desgarro. Su único remate al arco fue el penal convertido.
Tras el partido, lo consultaron por su proceso de recuperación pero Diego cortó en seco la pregunta, en obvia alusión a la figura del Proceso de Reorganización Nacional con el que los militares autodenominaron su dictadura entre 1976 y 1983. “No me gustan los procesos, esa palabra nos hizo mucho daño a los argentinos. Lo que vamos a hacer es entrenar, trabajar, no un proceso”, corrigió al periodista. A la vez, Diego saludó al público salteño. “Hacía rato que no sentía un afecto similar de los hinchas, y no sólo en la cancha, sino también en la calle”, dijo Maradona, que levantó dos copas -una a cargo de la provincia y otra de la ciudad- en retribución también a lo que había vivido enfrente del hotel cuando apoyó a los docentes.
Hace pocos años, los dirigentes de Gimnasia y Tiro, hoy en el Nacional, pintaron un 10 en la tribuna del arco en el Diego convirtió su último gol para la selección en el país. Propuestas de diferentes partidos políticos incluso quieren nombrar a ese arco como patrimonio cultural de la provincia. No estaría de más: Maradona es patrimonio popular del país, también de los docentes.
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