
La crisis climática e dio vuelta todo: “el edificio más sostenible es aquel que ya existe”. Según Naciones Unidas, edificar y construir son responsables del 37 % de las emisiones globales de dióxido de carbono y del 50 % de la extracción mundial de materiales.
La crisis climática e dio vuelta todo: “el edificio más sostenible es aquel que ya existe”. Según Naciones Unidas, edificar y construir son responsables del 37 % de las emisiones globales de dióxido de carbono y del 50 % de la extracción mundial de materiales.
Vivimos en una época profundamente enfocada en la búsqueda de lo innovador, lo nuevo. En el diseño y el desarrollo urbano, durante décadas se asumió que el progreso equivalía a demoler el pasado para fundar estructuras de cristal y acero de última generación. Sin embargo, frente a la urgencia de la crisis climática y el vaciamiento identitario que sufren las distintas ciudades del mundo, este modelo lineal ha identificado una oportunidad de cambio. Hoy la premisa más audaz, urgente y transformadora es sorprendentemente simple: el edificio más sostenible es aquel que ya existe.
Conservar, rehabilitar y activar el patrimonio arquitectónico hoy constituyen acciones centrales frente a los desafíos ambientales, sociales y culturales contemporáneos. Lejos de constituir una postura nostálgica o meramente contemplativa la intervención sobre lo construido, se consolida como una herramienta proyectual de indudable valor estratégico.
Implica reconocer valores y recursos, decidir qué mantener y qué transformar, prolongando de este modo la vida útil de los edificios, adaptándolos a las necesidades contemporáneas, tanto desde la continuidad de sus usos como desde la incorporación de nuevos programas.
Para comprender la magnitud de este cambio de paradigma, resulta importante analizar el costo oculto de volver a empezar.
A menudo se presenta a los nuevos proyectos arquitectónicos como eficientes o inteligentes o como la solución ecológica definitiva. No obstante, los datos científicos demuestran lo contrario. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), el sector de la edificación y la construcción representa aproximadamente el 37 % de las emisiones globales de dióxido de carbono y cerca del 50 % de la extracción mundial de materiales.
Cuando se toma la decisión de derribar una estructura existente, se desechan de manera irresponsable miles de toneladas de recursos materiales que ya pagaron su correspondiente costo ambiental en el pasado. Investigaciones históricas impulsadas por el National Trust for Historic Preservation señalan que un edificio nuevo de alta eficiencia energética puede tardar entre 10 y 80 años en compensar y equilibrar la huella de carbono generada durante su propia edificación, si se lo compara con la inteligente rehabilitación de un edificio ya construido.
La práctica urbana encuentra en los edificios industriales existentes el soporte ideal para nuevas intervenciones y formas de habitar"
A esto se suma otra herida urbana silenciosa: los residuos generados por la construcción y las demoliciones representan entre el 30% y el 40% de los residuos sólidos urbanos a nivel global, colapsando los rellenos sanitarios y desaprovechando los principios de la economía circular.
Este enfoque cobra un sentido estético e identitario sumamente vibrante cuando se traslada a la arquitectura industrial. En diversas oportunidades, la práctica urbana encuentra en los edificios industriales existentes el soporte ideal para nuevas intervenciones y formas de habitar.
Estructuras del pasado fabril —como antiguas fábricas y galpones urbanos— se transforman en escenarios idóneos donde se ensayan nuevas relaciones entre permanencia y transformación, conjugando memoria y diseño contemporáneo.
Adaptar estos espacios a nuevos usos mixtos —como viviendas, centros culturales, estudios o áreas comerciales— permite reactivar la vida de los barrios consolidados sin necesidad de expandir artificialmente la huella urbana, evitando así los costos económicos y ecológicos del crecimiento periférico desordenado.
No se trata en absoluto de momificar el pasado ni de caer en un historicismo vacío, sino de reescribirlo de manera crítica. Implica dar una rigurosa continuidad a la memoria del trabajo y a la identidad colectiva integrando tecnología de punta y diseño sostenible.
Conservar y activar el patrimonio heredado significa asumir una responsabilidad ética sobre qué transformar y qué preservar para prolongar la vida útil de nuestras ciudades. Exige un cambio radical de perspectiva, para comprender de una vez por todas que la verdadera sostenibilidad no es una etiqueta verde que se adquiere comprando materiales ostentosos en un catálogo, sino una actitud proyectual madura ante lo que ya tenemos. Rehabilitar nuestros entornos urbanos es, en definitiva, un acto urgente de sensatez ambiental y profunda supervivencia cultural.
*Arquitecta UBA especializada en Conservación y Reuso Patrimonial; profesora de Patrimonio y Rehabilitación en la Universidad de Belgrano, Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional de San Martín.
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