
Una historia épica une a Diego y Leo, simbolizando la revancha y la rendición inglesa en un duelo que trasciende el fútbol.
Una historia épica une a Diego y Leo, simbolizando la revancha y la rendición inglesa en un duelo que trasciende el fútbol.
El festejo de Argentina y la rendición Inglesa (Reuters)
El 86 y el 2026 unidos por un hilo que atravesó los tiempos para terminar componiendo un solo relato, una misma historia de dos capítulos épicos, únicos, que se complementan de manera mágica, única, inigualable. Con Diego y Leo pegando 40 años y dos siglos con la 10 y la camiseta azul, con un mismo pueblo que hizo suyo esos triunfos, y la bandera de Malvinas reivindicada, una vez más. Y no, no era solamente un partido de fútbol.
Si el de México fue el gol de la revancha, con la pólvora de la guerra todavía humeante, el de Estados Unidos tiene el dulce sabor de la capitulación de una Inglaterra humillada y rendida en su propia impotencia, avasallada por la épica de un equipo que dio un golpe de escena monumental. El campeón del mundo que en una noche que mostró todas las medallas relucientes, vivas, sedientas de gloria.
Aquel Maradona fue el vengador de los pibes que se quedaron en las islas, y también de los que volvieron para sucumbir en los traumas de la posguerra. Diego les ganó en su propio terreno: los pirateó con un gol con la mano y después los dejó tirados en el suelo persiguiendo su zurda.
Este Messi es el general cansado y doliente que se no resigna a dejar de pelear, que por momentos se refugia en un equipo que lo contiene y protege, pero que un rato después saca la capa y la espada y vuelve al campo de batalla para rescatarlo, para mostrarle el camino, con la última gota de fútbol que le va quedando, y esa magia que no se termina, y no se termina, pese a que rato parece que es el último partido, que después no hay más nada.
Si Egipto fue una reacción emocional, casi ilógica, a contrapelo de un fútbol que no aparecía, Inglaterra fue todo lo contrario. Fue fútbol, y fue jerarquía, fue un masterclass de cómo se juegan estos partidos, cómo se ganan, con la autoridad como bandera. A Inglaterra, claro, se le achicó el ánimo. Y los 60 años sin títulos del mundo le pesó la eternidad. Y así terminó, sometido emocional y futbolísticamente ante un equipo que le llenó la cara de dedos, lo sometió y lo redujo. Respeten los rangos. Por Diego y por Leo, hasta el fin de los tiempos.
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