
En una entrevista reciente, Peter Thiel formuló la siguiente frase: “A todos nos fascina Argentina porque nos preocupa que su pasado sea nuestro futuro”. Así, desde este enunciado, Argentina deja de ser el margen postergado de Occidente y se convierte en su posible anticipación.
En una entrevista reciente, Peter Thiel formuló la siguiente frase: “A todos nos fascina Argentina porque nos preocupa que su pasado sea nuestro futuro”. Así, desde este enunciado, Argentina deja de ser el margen postergado de Occidente y se convierte en su posible anticipación.
Desde el boceto político del fundador de Palantir y Paypal el pasado argentino ya no es algo concluido. Se vuelve una posibilidad que amenaza con realizarse en otro lugar. Pero, quien define qué salió mal en el pasado adquiere una ventaja para decidir qué debe cambiar en el futuro.
Tradicionalmente, la historia económica argentina se interpretó como una desviación respecto de una trayectoria europea supuestamente lineal: inflación, endeudamiento, crisis monetaria, pérdida de confianza, empobrecimiento y discontinuidad institucional. Thiel invierte esa relación. Si Europa comienza a experimentar algunas de esas tensiones, la Argentina puede funcionar como un archivo de futuros posibles.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Pero la frase contiene una ambigüedad vertiginosa. ¿Qué es exactamente lo que Europa debería reconocer en los eventos argentinos? ¿Acaso la aparición de la calle como escenario donde se hace visible una contradicción que el desempeño ordinario de las autoridades no logra resolver?
En ambos casos, en el argentino y en el europeo, el corredor urbano adquiere una significación política. El supermercado, el comercio o la tienda dejan de ser meramente lugares de intercambio y se convierten en escenarios donde se confrontan el consumo, la desigualdad, la propiedad y la exclusión.
Desde esa mirada, la Argentina en crisis, pensada desde el 2001, puede leerse como una advertencia sobre el peligro de que el sistema económico pierda legitimidad social. Pero también puede ser interpretada, desde una perspectiva tecnolibertaria, como una oportunidad para demostrar que las instituciones existentes necesitan ser radicalmente transformadas.
¿Qué significa “el futuro de Occidente” para quien observa el continente desde el universo tecnológico de Silicon Valley o de Palantir? ¿Significa una Europa que debe recuperar su capacidad de garantizar derechos, cohesión social y representación política? ¿O una Europa que, frente al caos, debería aceptar formas de gobierno más tecnocráticas, sistemas de vigilancia más extensos y una mayor intervención de empresas privadas en funciones tradicionalmente públicas?
La diferencia entre ambas respuestas es la distinción entre considerar el colapso como una advertencia democrática o como una ocasión para rediseñar el poder. Y ahí el conflicto vuelve a ser relevante. No solo por los bancos cerrados, los supermercados saqueados o los presidentes que se sucedan. También porque muestra que, cuando las instituciones pierden legitimidad, se abre una disputa por quién puede reconstruir el orden y en nombre de quién.
Según Thiel, Europa corre el riesgo de convertirse en un espacio de administración del declive, incapaz de producir las rupturas tecnológicas y políticas necesarias para recuperar su protagonismo histórico. La crítica al liberalismo europeo y a los gobiernos que limitan el poder de las grandes innovaciones expresa una desconfianza más profunda hacia la democracia como horizonte incuestionable de organización social. Sin embargo, su diagnóstico no es neutral: detrás de la promesa de superar el estancamiento aparece una concepción tecnopolítica en la que el poder empresarial y la concentración de capacidades estratégicas pueden presentarse como alternativas a la deliberación democrática.
Desde esta lectura, el problema europeo no consiste únicamente en perder competitividad frente a Estados Unidos y China, sino en haber descuidado la capacidad de imaginar una transformación que justifique el presente. La pregunta crítica es si esa transformación debe llegar de la mano de una renovación democrática o si, como sugiere el horizonte tecnopolítico de Thiel, terminará legitimando el poder de quienes controlan la infraestructura tecnológica. Europa podría descubrir entonces que su dilema no es elegir entre regulación y progreso, sino decidir quién tiene autoridad para definir el futuro y quién queda reducido a adaptarse a él.
En su reacción a los disturbios del 17 de octubre de 2026, Marie Le Pen describió a Francia como un país “saqueado” y sostuvo que la República estaba siendo amenazada. Nombró a los grupos Antifa y mencionó que los mismos se organizan según modelos sangrientos sudamericanos o, peor, dijo, según patrones de Medio Oriente. De modo tal que el ataque se atribuye simbólicamente a regiones consideradas exteriores a la norma europea, como si la violencia que ocurre en Francia procediera de un sistema ajeno que ahora amenaza con instalarse en su territorio.
Hay aquí una paradoja: el bandidaje sucede en el corazón de Europa, pero el discurso puede desplazar su significado hacia un afuera geográfico y cultural.
Llamar “sudamericano” al saqueo como si se tratara de un modelo cultural transforma una emergencia histórica en una característica atribuida a una región. Esa operación tiene consecuencias políticas. Si el pillaje es una anomalía importada, la solución parece consistir en cerrar fronteras, endurecer la seguridad y restaurar la autoridad. Si, en cambio, se lo estudia como un acontecimiento producido dentro de una sociedad, hay que examinar también las condiciones económicas, las decisiones gubernamentales y la legitimidad de los poderes públicos.
Aunque los discursos de Thiel y de Le Pen tienen estructuras diferentes, ambos pueden converger en una cuestión: la crisis de las democracias occidentales. Le Pen interpreta la violencia callejera como una señal de que la autoridad republicana está amenazada. Thiel ve en la trayectoria económica argentina una advertencia sobre lo que podría ocurrirle a Occidente si persisten determinadas condiciones de estancamiento. En una lectura, el problema es la pérdida de autoridad. En la otra, es la posibilidad de una decadencia prolongada.
De modo tal que Argentina puede convertirse en referente precisamente cuando su experiencia se interpreta como fracaso. Su valor ya no residiría en un modelo exitoso que otros quieran imitar, sino en haber atravesado anticipadamente determinados problemas. Es la lógica del laboratorio, un lugar no necesita haber triunfado para producir conocimientos sobre los riesgos de un sistema.
La respuesta inmediata frente al vandalismo en Francia es el anuncio del toque de queda, y expresa el momento en que el Estado transforma la inestabilidad del orden público en una cuestión de gobierno sobre los cuerpos y la circulación. Frente a la destrucción de bienes, los incendios y los enfrentamientos callejeros, la prohibición de permanecer en el espacio público durante determinadas horas busca restablecer la seguridad mediante la restricción de la movilidad.
Los saqueos en Francia permiten pensar la diferencia entre el laboratorio democrático y el laboratorio tecnocrático como una disputa por el sentido político del acontecimiento.
¿Y si el desorden, incluso sin haber sido provocado deliberadamente, terminara cumpliendo el trabajo que necesita el poder tecnológico para transformar radicalmente la sociedad?