
El proceso de confrontar el envejecimiento de los padres constituye una de las crisis evolutivas y pasajes psíquicos más complejos de la adultez.
El proceso de confrontar el envejecimiento de los padres constituye una de las crisis evolutivas y pasajes psíquicos más complejos de la adultez. Desde la perspectiva de la psicología clínica, la psicodinámica y el desarrollo humano, este momento no representa únicamente un ajuste logístico o familiar, sino un verdadero duelo estructural ya que nos remite a la pérdida de la imagen del padre o la madre invulnerable.
Durante la infancia y la juventud, la figura parental cumple una función psíquica determinante como sostén, protección y orden soberano, donde los padres son percibidos como seres invencibles, poseedores de la respuesta a todas las incertidumbres y dueños de una fortaleza inquebrantable.
Pero esta invulnerabilidad atribuida a los padres que opera como un escudo psíquico intentando amortiguar la angustia ante la finitud o la indefensión requiere de una pausa a veces familiar para anidar la vejez de los padres y re inscribir nuevas formas de vincularse.
Cuando los padres se van volviendo más mayores, con el debilitamiento físico, la ralentización cognitiva o el incremento de la dependencia, la construcción psíquica de la invulnerabilidad de los padres se desmorona, obligando al hijo adulto a realizar un trabajo de duelo profundo.
Las etapas del duelo psicológico ante el deterioro parental
Este duelo no se refiere a la muerte física del progenitor, sino a la pérdida de la imagen de fortaleza y a la metamorfosis del rol, situación que atraviesa diversas fases psíquicas:
Lo primero que suele aparecer es un mecanismo psicológico denominado "desmentida" o "negación inicial", una resistencia inconsciente a ver los signos del paso del tiempo. Se acude a excusas tranquilizadoras ante descuidos, fallas de memoria o fragilidades físicas como …"solo está cansado", o "… esto es algo pasajero", "está anémico…", "siempre fue distraído". Es una defensa natural para postergar el impacto del dolor. Pero luego al no poder sostener la desmentida, sobreviene la toma de conciencia, un profundo movimiento interior, pues quien protegía ahora necesita protección.
Este nuevo evento familiar, lleva a desarrollar sentimientos ambivalentes de frustración, por momentos aparece la ternura y la compasión, pero por otros momentos la irritación, el enojo y la impaciencia, ambivalencias que indefectiblemente luego llevan a la culpa por no haber reaccionado siempre con calma o de un modo amoroso.
Todas estas emociones pueden ser evitadas partiendo de la aceptación de lo inevitable ante el paso del tiempo y solicitando ayuda a tiempo para trabajar en un espacio de consulta clínica, lo que se denomina el "duelo prematuro" (anticipatorio), no solo para reconocer y ponerle palabras al declive biológico como parte irremediable del ciclo vital, sino también para estructurar de modo consciente una nueva dinámica familiar que evite mayores complicaciones ligadas a accidentes domésticos.
Pero este proceso también lleva a confrontar al hijo con la propia finitud, ya que el proceso de envejecimiento de los padres opera como un espejo existencial de alta resonancia para el hijo adulto, instándolo a dar el paso definitivo hacia la emancipación psíquica, aceptando que ya no hay un "adulto superior" a quien recurrir para ser protegidos ya que ahora hay dos responsabilidades a las cuales dar respuestas. Una la responsabilidad generacional de ser el adulto referente en la familia y la otra la del espejo intergeneracional, centrado en el ejemplo que se les da a los propios hijos de cómo tratar al adulto mayor. La familia es un escenario donde los roles rotan inexorablemente. Lo que un niño ve hacer a su padre con su abuelo es la huella que queda grabada sobre cómo se trata a la fragilidad.
Los actos de cuidado no son solo para el presente ya que el lugar que se le da a los abuelos en la mesa y en el corazón, es el lugar que se está reservando para la nueva generación de adultos mayores de ese núcleo familiar. En cada gesto de paciencia, en cada mano que sostiene con dulzura a quienes alguna vez nos enseñaron a dar los primeros pasos, estamos escribiendo el mapa del mañana. Cuidar de los adultos mayores es regalarles a los hijos una brújula invisible: la certeza de que en la familia la fragilidad nunca se descarta, ni se deposita en un geriátrico… al contrario, se abraza; y de que, los vínculos pueden permitirse cambios de roles, pero siempre desde la premisa que la contención y el amor en una familia es el lugar cálido e inamovible en el cual se puede siempre descansar.