
Cualquiera que transite hoy por las principales arterias de las ciudades del interior advierte enseguida el panorama. Salones vacíos, carteles de alquiler que se repiten cuadra tras cuadra y vitrinas que ya no se iluminan.
Cualquiera que transite hoy por las principales arterias de las ciudades del interior advierte enseguida el panorama. Salones vacíos, carteles de alquiler que se repiten cuadra tras cuadra y vitrinas que ya no se iluminan. La explicación inmediata apunta a la crisis y a la caída del poder adquisitivo. Es comprensible, ya que lo visual se hace evidente, pero conformarse con esa lectura impide entender lo que realmente sucede tras bambalinas.
Es que no se trata exclusivamente de cuánto se gasta, sino de cómo, dónde y por qué se adquiere. Y esa transformación no es un invento doméstico. En los Estados Unidos, la prensa especializada habla hace años de un "apocalipsis minorista", con cadenas emblemáticas que cerraron sucursales por centenares y grandes centros comerciales convertidos en edificios casi deshabitados. En muchas urbes europeas, las calles tradicionales de compras atraviesan un proceso parecido. Allí no hubo desbordes inflacionarios ni cepo sino simplemente, consumidores que eligieron optar por otras alternativas.
"En la Argentina se suma un ingrediente adicional. Durante décadas la inflación operó como un estimulante artificial de las ventas. La gente se desprendía rápidamente de sus pesos dado que al día siguiente perderían valor, y compraba más por defensa que por convicción. Ese impulso sostenía la actividad de muchos mostradores que, sin saberlo, vivían de la desesperación ajena y de un perverso sistema extorsivo de vendedores que amenazaban con nuevas listas de precios o falta de stock."
El primer motor de ese cambio es tecnológico. El celular se convirtió en la vidriera más concurrida del planeta. Allí se comparan precios, se leen opiniones de terceros y se cierra la operación sin necesidad de salir de casa. El comercio de barrio ya no compite con el de la vereda de enfrente, sino con plataformas que despachan mercadería desde cualquier latitud. Alguna vez los videoclubes formaron parte del paisaje urbano y nadie los clausuró por decreto. Sólo se extinguieron al llegar las películas directo a la pantalla de cada hogar.
El segundo factor tiene una raíz generacional. Las camadas más jóvenes valoran más las experiencias que la posesión de objetos. Prefieren un viaje, un espectáculo o una salida en lugar de acumular cosas, y se sienten cómodas alquilando, compartiendo o pagando suscripciones. Esa mirada, casi imperceptible en el día a día, va erosionando el interés por bienes que hace apenas una década parecían indispensables. En Argentina se suma un ingrediente adicional. Durante décadas la inflación operó como un estimulante artificial de las ventas. La gente se desprendía rápidamente de sus pesos dado que al día siguiente perderían valor, y compraba más por defensa que por convicción. Ese impulso sostenía la actividad de muchos mostradores que, sin saberlo, vivían de la desesperación ajena y de un perverso sistema extorsivo de vendedores que amenazaban con nuevas listas de precios o falta de stock.
"Cuando la moneda deja de derretirse en las manos, el comportamiento se transforma. Las personas vuelven a comparar, a postergar decisiones y hasta se animan a ahorrar cuando pueden. Lo que por años pareció una demanda robusta era, en buena medida, una huida hacia adelante. Ahora que las aguas finalmente se empiezan a calmar, se identifica con claridad a los que nadaban sin salvavidas."
Cuando la moneda deja de derretirse en las manos, el comportamiento se transforma. Las personas vuelven a comparar, a postergar decisiones y hasta se animan a ahorrar cuando pueden. Lo que por años pareció una demanda robusta era, en buena medida, una huida hacia adelante. Ahora que las aguas finalmente se empiezan a calmar, se identifica con claridad a los que nadaban sin salvavidas.
A ese escenario se agrega la apertura importadora. Productos que hasta hace poco solo se conseguían en tiendas de cercanía, a valores inflados por la ausencia de competencia, hoy llegan por envíos o se consiguen en países vecinos. Una joven encarga ropa a un sitio asiático, la recibe en pocos días y paga sensiblemente menos que en la boutique del centro. No lo hace por falta de compromiso con su ciudad, sino por una elemental racionalidad económica.
Tampoco cabe ignorar la pesada mochila de costos fijos que carga el comerciante convencional. Alquileres elevados, tributos excesivos, tasas municipales, cargas laborales y servicios forman una estructura difícil de sostener si la facturación se achica. Mientras tanto, el competidor digital opera sin local a la calle ni mostrador y con una dotación mínima de personal.
"Porque la reacción habitual frente a estos procesos suele ser la de reclamar protección, subsidios o nuevas barreras. Es como pretender contener la marea con normas. Tal vez así se gane algo de tiempo, pero el agua siempre termina encontrando su cauce. Los negocios que logran sobrevivir son, en general, los que se animan a reinventarse, a sumar canales digitales, a ofrecer asesoramiento y a construir vínculos que ninguna aplicación puede reemplazar."
Nada de esto minimiza el drama que viene de la mano de cada cierre. Hay familias que invirtieron los ahorros de toda una vida, empleados que pierden su sustento y calles que van perdiendo vitalidad. Ese dolor es real y merece respeto, pero comprender sus causas es imprescindible para no caer en la trampa de los remedios equivocados o las demandas ridículas.
Porque la reacción habitual frente a estos procesos suele ser la de reclamar protección, subsidios o nuevas barreras. Es como pretender contener la marea con normas. Tal vez así se gane algo de tiempo, pero el agua siempre termina encontrando su cauce. Los negocios que logran sobrevivir son, en general, los que se animan a reinventarse, a sumar canales digitales, a ofrecer asesoramiento y a construir vínculos que ninguna aplicación puede reemplazar.
"El consumo no desapareció, solo se trasladó, como un río que modifica su curso. Quienes logren leer esa corriente a tiempo encontrarán oportunidades donde el resto solo ve ruinas. Quienes prefieran esperar que todo vuelva a ser como antes, descubrirán demasiado tarde que ese mundo ya no regresará. Y entonces habrá que aceptar que las persianas bajas no son únicamente el final de una etapa, sino también la señal más elocuente de que otra ya comenzó."
El consumo no desapareció, solo se trasladó, como un río que modifica su curso. Quienes logren leer esa corriente a tiempo encontrarán oportunidades donde el resto solo ve ruinas. Quienes prefieran esperar que todo vuelva a ser como antes, descubrirán demasiado tarde que ese mundo ya no regresará. Y entonces habrá que aceptar que las persianas bajas no son únicamente el final de una etapa, sino también la señal más elocuente de que otra ya comenzó.