
El atardecer de los pueblos correntinos se tiñe de un color amarronado, como esas pinturas envejecidas por el tiempo. Las sombras se extienden lentamente hacia el oeste, donde la costa chaqueña se convierte en una estrecha franja sobre la que los últimos rayos solares pierden su…
El atardecer de los pueblos correntinos se tiñe de un color amarronado, como esas pinturas envejecidas por el tiempo. Las sombras se extienden lentamente hacia el oeste, donde la costa chaqueña se convierte en una estrecha franja sobre la que los últimos rayos solares pierden su intensidad. La noche viene trajinando.
Las gallinas y los gallos cacarean mientras buscan sus lugares de descanso. Algunos se encaraman en los travesaños de los gallineros; otros, en las ramas de los árboles cercanos, a los que consiguen llegar mediante un aleteo torpe, propio de quienes nunca aprendieron verdaderamente a volar. Todo sucede conforme a las reglas inderogables de la naturaleza, cuando la tarde se desvanece entre las últimas luces y las primeras sombras.
Pero ¿qué ocurre cuando los gallos cantan a medianoche?
En las antiguas casonas del centro, los guardianes, armados con escopetas y otras armas, aparecen de inmediato para investigar el motivo del alboroto. Puede tratarse de un gato que desde pequeño adquirió la mala costumbre de comerse los pollitos, de algún zorro atrevido que se aventuró por la zona urbana o de cualquier otro depredador.
Si el bullicio cesa, todos recuperan la tranquilidad. Pero cuando los animales insisten, las luces vuelven a encenderse y comienza una búsqueda más minuciosa. Una víbora, una comadreja o cualquier otra criatura puede explicar semejante comportamiento.
Sin embargo, hay ocasiones en que ninguna de esas causas alcanza para justificar lo que sucede.
Por la calle Tucumán, entre Quintana y 25 de Mayo, cerca del antiguo Camba Cuá, que comenzaba unos cien metros hacia el oeste, se levantaban las residencias de familias de apellidos distinguidos. Eran los llamados patricios, descendientes de antiguos esclavistas o de aquellos comerciantes que habían construido sus fortunas detrás de un mostrador, entre reglas de medir y mercaderías.
En una de esas casonas, los propietarios advirtieron que, durante el último mes, ya se habían producido cuatro episodios nocturnos en los que los dos guardianes debieron encender lámparas y antorchas para investigar los escandalosos cantos provenientes del gallinero.
El asunto no era menor. El Código de Policía de la provincia contemplaba multas e incluso arrestos para quienes, siendo propietarios de estos barítonos de corral, perturbaran el descanso de sus vecinos.
Para evitar inconvenientes, el dueño de casa conversó con los habitantes de las propiedades cercanas y, mediante la promesa de algunos obsequios y una buena provisión de aguardiente, se comprometió a solucionar aquel incordio.
Una fresca noche de mayo, exactamente a las doce, comenzó nuevamente la barahúnda.
Tres gallos lanzaron sus apabullantes gritos desde distintos sectores del patio. Los habitantes de otros tantos gallineros se sobresaltaron y, como suele suceder entre estas aves, el contagio fue inmediato. Los tenores iniciales encontraron respuesta en los coros vecinos, hasta que el escándalo se extendió por toda la manzana.
La chirigota alcanzó semejantes proporciones que los propietarios decidieron celebrar una reunión. Después de intercambiar algunas atenciones, acordaron que, cuando volviera a comenzar la mojiganga, acudirían armados para descubrir su origen.
En última instancia, los gallos serían pasados por las armas.
Se los acusaba de incumplir sus deberes ancestrales, que consistían en ejercer el señorío sobre sus gallinas, contribuir a la reproducción de la especie y anunciar la llegada del día. También se les reprochaba perturbar la tranquilidad pública, interrumpir los juegos amorosos, las reuniones prolongadas, los bailes y otras actividades que no necesitaban de semejantes acompañamientos musicales.
La lista de cargos era tan extensa que los pobres acusados, incapaces de comprender el idioma de los humanos, parecían andar cansados y tristones, como si presintieran el destino que les aguardaba.
Ante el primer cacareo de la noche siguiente, la tropa armada apareció frente al caserón, protegido por antiguas rejas de hierro trabajadas a remache por algún herrero de otros tiempos. Entonces los tornillos no se utilizaban, o al menos no eran habituales en aquellas construcciones: bastaba calentar el metal al rojo vivo y remacharlo.
La luna comenzaba a insinuarse entre las ramas de los árboles del patio, que tenía unos treinta metros de fondo. Sumados a la extensión de la vivienda, la propiedad alcanzaba casi setenta metros hacia el oeste, con un ancho aproximado de veinte.
El cuerpo de valientes ingresó provisto de un verdadero arsenal. Uno llevaba un revólver; otro, un antiguo fusil de chispa. También había espadas, machetes, hachas y cuanto instrumento pudiera servir para matar en este mundo.
Formaba parte del séquito un sacerdote de la iglesia de La Merced, debidamente informado sobre el desastre urbano provocado por aquella tuna gallinácea.
Serían aproximadamente las doce y veinte cuando el concierto alcanzó proporciones infernales. Al trío local se había sumado un extenso coro barrial: los gallos de las propiedades laterales, los del frente y los del fondo. Todos participaban de aquel chisporroteo parlanchín, como si el espectáculo se hubiera extendido desde las plateas hasta el gallinero, precisamente.
De pronto, los valientes quedaron atónitos.
Desde una construcción cuya finalidad nadie había podido explicar jamás, levantada con ladrillos y piedras areniscas del río, emergió una mujer.
La extraña estructura, más vieja que lo viejo, estaba rodeada por un cerco de hierro remachado y cubierta por una especie de techo de rejas.
La aparición tenía los cabellos desgreñados, que parecían agitarse sin necesidad de viento. Sus ojos despedían llamaradas rojas, del color que identificaba a los antiguos federales. Las uñas, extraordinariamente largas, provocaban verdadero julepe.
Flotaba sobre el suelo mientras exhibía una dentadura de un blanco purísimo, desprovista de encías visibles, que resaltaba entre las sombras del patio.
Algunos integrantes de la expedición intentaron escapar. Otros consiguieron detenerlos, convencidos de que, llegados a semejante trance, debían permanecer todos juntos o huir sin excepción.
—¡Pido ayuda! ¡Pido ayuda! ¡Tengo hambre, hambre…!
La mueca de aquella criatura era más que horrible: resultaba aterradora.
Uno de los hombres disparó un tremendo escopetazo cargado de perdigones. Otro lanzó una estocada que atravesó el cuerpo de la aparición sin producirle daño alguno.
—¡Tengo hambre! ¡Tengo hambre…! —repitió la mujer.
En ese instante, como si las entrañas de la tierra hubieran estallado, emergió desde las profundidades del cerco de hierro un ser horripilante.
Era negro como el petróleo. Dos cuernos perfectamente delineados sobresalían de su cabeza. No se trataba, conviene aclararlo, de aquellos otros cuernos que suelen atribuirse a ciertos maridos desprevenidos.
Vestía completamente de negro y tenía largos pelos que le cubrían buena parte del cuerpo.
Habló en un idioma incomprensible, mezcla de castellano, árabe, hebreo, germano y vaya uno a saber cuántas lenguas más. No obstante, el sentido de sus palabras podría traducirse de la siguiente manera:
—Ven, hija mía. Te he dicho que no salgas a pasear sin mi consentimiento. Has hecho bien en llamarme. Estos pelandrunes pueden servirte de alimento. Algunos ya son míos, aunque todavía no lo saben. ¿Entendéis lo que os digo, bellacos? Salvo dos, que pertenecen al traidor de arriba, todos los demás vendrán conmigo hacia abajo.
El sacerdote permanecía patitieso.
Intentó levantar la cruz con una mano y el recipiente de agua bendita con la otra, pero un viento fortísimo lo arrojó de espaldas y le provocó un golpe feroz.
La criatura volvió a hablar:
—¡Justamente el más pecador pretende mojarme! ¿Acaso crees que estamos en carnaval? Allí también reino yo. Además, eres el más corrupto de todos los presentes. Si revelara tus secretos, te ejecutarían en este mismo sitio. ¿Me equivoco, cabrón?
No hizo falta ninguna orden para emprender la retirada.
Los integrantes de aquella expedición huyeron despavoridos, llevándose al sacerdote casi a rastras. Más tarde, todavía atorados por el miedo, justificarían su comportamiento con una sentencia que ninguno se atrevió a discutir:
—Contra el diablo no se puede.
Pasado el espanto inicial, los propietarios convocaron a otro sacerdote para que examinara la misteriosa construcción. Sin embargo, apenas conoció la identidad del adversario, se negó terminantemente a intervenir.
Un tercer religioso, más valiente y acostumbrado a las experiencias sobrenaturales del campo, propuso realizar una excavación. Para ello consideró indispensable la presencia de doña Dionisia, una mujer que vivía en Caá Catí, departamento General Paz, y a quien se comprometió a buscar personalmente.
La intervención debía mantenerse en absoluto secreto. Todos los involucrados juraron que no revelarían lo sucedido.
Tapa del Domingo 25 de Octubre de 2026