
Hay presidentes que pasan a la historia por sus obras. Otros, por sus discursos. Y algunos parecen empeñados en pasar a la historia por la cantidad de gente que quieren mandar al infierno.
Lunes 26 de Octubre de 2026 - Actualizada a las: 15:32hs. del 26-10-2026
Javier Milei volvió a encender la hoguera. Esta vez, con una frase que no necesita traducción ni subtítulos: «Los que se tienen que quemar en la hoguera son los hijos de p...». Una delicadeza institucional que haría sonrojar hasta al verdugo de la Santa Inquisición. Uno escucha al presidente de la Nación y por un momento se pregunta si está hablando el jefe del Estado argentino o el conductor de un programa de ajuste de cuentas, con lista negra, antorcha en mano y ganas de prender fuego todo lo que le molesta. Porque una cosa es defenderse de las críticas. Otra, muy distinta, es convertir el desacuerdo en una especie de herejía medieval. Parece que volvimos a la época en que pensar diferente podía llevarte a la hoguera. La única diferencia es que ahora no hace falta una plaza pública: alcanza con un micrófono, una cena de recaudación y una frase presidencial. Milei se siente víctima de una operación política y mediática por el caso $LIBRA. Está en su derecho de cuestionar una investigación, defender su posición y denunciar lo que considere injusto. Pero hay un pequeño detalle que parece escapársele en medio de tanta furia: ser presidente no significa tener siempre la razón, y mucho menos tener derecho a decidir quién merece ser quemado por cuestionarlo. El Presidente podrá sentirse agraviado, perseguido o injustamente tratado. Pero el sillón de Rivadavia no viene con una antorcha incorporada ni con una autorización para repartir certificados de infamia.
Y acá aparece lo verdaderamente preocupante: cuando el poder empieza a dividir a la sociedad entre buenos y malos, entre los que merecen prosperar y los que merecen arder, deja de discutir argumentos y empieza a señalar enemigos. Hoy son periodistas. Mañana puede ser un dirigente opositor, un sindicalista, un legislador o cualquier ciudadano que se atreva a decir que las cosas no están funcionando. Porque, en esta película, el problema nunca es que el Gobierno pueda equivocarse. El problema es que alguien se atreva a señalarlo. Y si hablamos de periodismo, conviene recordar algo elemental: los periodistas no están para aplaudir al Presidente, servirle café ni sostenerle el espejo mientras se admira. Están para preguntar, investigar, incomodar y, cuando corresponde, denunciar. Si se equivocan, que respondan con pruebas, rectificaciones y, si corresponde, ante la Justicia. Así funciona una democracia. No con una pira imaginaria en el patio de la Casa Rosada. Por supuesto, existen periodistas que mienten, operaciones mediáticas e intereses económicos detrás de determinadas coberturas. Negarlo sería vivir en Narnia. Pero una cosa es denunciar esas prácticas con pruebas y otra es meter a todo crítico en la misma bolsa, rociarla con nafta verbal y buscar un fósforo. Además, hay una ironía monumental en todo esto: un presidente que llegó al poder denunciando a la casta y prometiendo terminar con los privilegios ahora parece querer reservarse el privilegio de decidir quién es un buen argentino y quién merece ser arrojado a las llamas. La motosierra, al parecer, ya no alcanza para cortar el gasto público. Ahora también quiere podar opiniones. Y mientras se habla de hogueras, el país sigue con sus propios incendios: salarios que no alcanzan, jubilados que hacen cuentas, comercios que luchan por sobrevivir y familias que descubrieron que llegar a fin de mes se convirtió en una actividad de riesgo. Para esos fuegos, los de verdad, no hay demasiadas antorchas oficiales apagándolos. Hay una diferencia enorme entre tener carácter y perder los estribos. Entre combatir una mentira y amenazar con una hoguera. Entre gobernar para todos y gobernar como si la mitad del país fuera una colección de enemigos personales. El Presidente debería recordar que la libertad de expresión no es un beneficio para los periodistas que le caen simpáticos. Es una garantía, especialmente para quienes dicen cosas que al poder le molestan. Porque cuando el poder se enoja con una pregunta, el problema no siempre está en la pregunta. A veces, está en la respuesta. Y si cada crítica merece una hoguera, tarde o temprano no van a quedar leños suficientes para tanta bronca. Aunque, pensándolo bien, en la Argentina tenemos experiencia con los incendios. Lo que todavía nos cuesta es encontrar a quienes se hagan cargo de las cenizas. Porque una democracia no se fortalece quemando a los que piensan distinto. Se fortalece soportando que piensen distinto, incluso cuando dicen cosas que al Presidente le revuelven las tripas. Y una última observación, señor Presidente: las hogueras pueden servir para alimentar el espectáculo, pero jamás para iluminar una democracia. Para eso hacen falta argumentos, instituciones y un poco de templanza. Porque cuando el que tiene el poder empieza a repartir leña para quemar a sus críticos, conviene mirar quién sostiene la antorcha. Y, sobre todo, quién pretende decidir quién será el próximo en arder.