
En el primer trabajo post Inglaterra se cumplieron rituales, hubo musicalización desde el vestuario, buena onda pero también ejercicios para que no se desvíe el foco. Ahora la meta está en NY.
En el primer trabajo post Inglaterra se cumplieron rituales, hubo musicalización desde el vestuario, buena onda pero también ejercicios para que no se desvíe el foco. Ahora la meta está en NY.
Las risas de Paredes, Messi y Enzo son las de todo un país (Juano Tesone/ Enviado especial).
El parlante bluetooth al palo. Modo retro. Amor Clasificado suena a las 11.37: está por terminar de reproducirse A 2000, disco emblemático que terminó de lanzar al estrellato a Rodrigo Bueno. Cuarteto. Simbólico: el sueño de la cuarta está más cerca. En términos geográficos, a poco más de 900 millas. En términos futbolísticos, a 90 minutos. Quizás más. Porque España no será un rival fácil.
Pero antes de viajar a Nueva Jersey, donde se disputará ese mano a mano histórico entre las dos mejores selecciones de este torneo, en Georgia hubo entrenamiento. Y también clima de cierto disfrute mezclado con foco para lo que se viene. Distensión en la previa: gazebos para cubrir del sol la antesala de los vestuarios, una especie de deck de solarium que separa a los campos de trabajo del Atlanta United del camarín. Y allí, refugio de los rayos UV, charlas, sonrisas.
Lautaro Martínez asoma la cabeza. Lionel Scaloni ya se tomó unos mates y ahora recorre la hierba pateando una pelota con prolijidad secuencial: tac, tac, tac. La mueve longitudinalmente por la cancha antes de encontrarse con Walter Samuel. Luego busca un banco, se sienta mirando al sol. Arriba suyo, un cartel gigante con un 4, que señala el número de campo. Otra vez esa cifra. Elegimos creer.
El técnico también. Por eso medita de cara a Febo. Y luego se inclina hacia adelante, agarra la pelota, la hace girar sobre sus dedos. La mira como intentando descifrar algún enigma. Posiblemente también esté pensando en lo que está ocurriendo. Otra vez, una final. Otra vez, una final de Mundial. Otra vez, a las puertas de un nuevo hito. Hay que saber maniobrar tanta sensación. Y el tipo ahí sentado parece lograrlo antes de volver sobre sus pasos y seguir su rutina.
Mientras, Lionel Messi se apoya sobre la pared de granito. Está en patas: rito sagrado. Charla con Juan Musso, con Emiliano Martínez, todos en la sombra. Faltan unos minutos para que comience el trabajo regenerativo liviano para los que jugaron el exigente partido ante Inglaterra y el de mayor intensidad para los que jugaron poco o que ni siquiera entraron. Hay sonrisas, buena onda. Clima de regocijo sin perder el Norte.
Porque al noreste habrá un nuevo partido. España. El de la Finalissima. El de este mano a mano que paralizará al país una vez más. El que en la Península Ibérica toman con respeto: esos “Inmortales” que tituló L’Equipe están enfrente. Y entonces ya la afición no está tan chocha: Inglaterra ya fue adversario en la definición de la Eurocopa, y hubo título. Cuestión de análisis para los que están en Europ Entre esos hombres hito está Messi. El hombre que camina descalzo por el césped recién humedecido junto a Leandro Paredes.
El que encuentra un banquito de aluminio idéntico al de Kansas (los rituales no se interrumpen) para sentarse junto a su amigo y charlar, para dimensionar también lo que se ha conseguido. Y lo que se puede conseguir. De este lado del Atlántico Norte, los que están entrenando en Atlanta tienen la mente puesta en lograr el hito. En el bi. Para eso hay que prepararse. Para eso hay que poner la mente sólo en una cosa: llegar de la mejor manera al MetLife. Con ritmo. Con el deseo de cantar el vale cuatro.
ATLANTA (ENVIADO ESPECIAL).
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