
Hay noticias que no deberían existir. Y hay silencios que, cuando aparecen estas noticias, empiezan a hacer demasiado ruido.
Jueves 29 de Octubre de 2026 - Actualizada a las: 18:50hs. del 29-10-2026
Nanci Godoy, una docente rural de Corrientes, fue encontrada muerta después de semanas de búsqueda. Y de pronto, el paisaje de los esteros, ese que tantas veces nos invita a hablar de naturaleza, tranquilidad y belleza, se convierte en el escenario de una tragedia que nos devuelve la peor versión de nosotros mismos.
Porque detrás de un cadáver no hay solamente una investigación policial. Hay una vida que se apagó, una familia que quedó partida y una sociedad que vuelve a preguntarse cómo puede ocurrir semejante horror.
Y cuidado: en medio de la conmoción, no confundamos sospechas con certezas. La Justicia tiene que investigar, las pericias tienen que hablar y los responsables, si se demuestra su culpabilidad, tienen que responder ante la ley. No ante el tribunal improvisado de las redes sociales, sino ante la Justicia de verdad.
Pero hay algo que no necesita esperar una sentencia para interpelarnos: ¿qué estamos haciendo como sociedad para que una mujer pueda vivir, trabajar y volver a su casa sin que su vida se convierta en una ruleta rusa?
A Nanci la buscaban. La encontraron. Pero encontrar un cuerpo no significa encontrar todas las respuestas. Ahora empieza otra búsqueda: la de la verdad, la de las responsabilidades y la de cada pieza que permita reconstruir lo que pasó.
Y acá es donde las palabras oficiales suelen ponerse traje, corbata y cara de preocupación. Aparecen los comunicados, las declaraciones, las promesas de investigar hasta las últimas consecuencias. El repertorio completo. Porque en este país, cuando la tragedia golpea la puerta, nunca falta alguien dispuesto a explicar lo inexplicable frente a un micrófono.Lo que a veces falta es que las respuestas lleguen a tiempo.
Si se confirma que hubo violencia, si se comprueba que alguien la atacó y le quitó la vida, no habrá discurso capaz de devolverle a Nanci lo que le arrebataron. Y tampoco habrá consuelo en una conferencia de prensa.
Una mujer que sale a trabajar debería preocuparse por sus alumnos, por el sueldo, por el estado de la escuela o por cómo llegar a fin de mes. No por si alguien va a convertir su regreso a casa en una pesadilla.
Y si, además, esta investigación encuentra conexiones con otras denuncias o irregularidades, habrá que seguir cada pista sin miedo, sin privilegios y sin mirar para otro lado. Porque la verdad no puede tener zonas liberadas.
Nanci Godoy ya no puede contar su historia. Por eso, quienes sí pueden hablar tienen una obligación: no usar su muerte para ganar cinco minutos de indignación y después pasar a la noticia siguiente.
Porque la memoria pública dura poco. Hoy una tragedia ocupa las pantallas; mañana la desplaza otra. La televisión cambia de tema, las redes encuentran un nuevo escándalo y el país sigue girando como si nada.
Pero para una familia, el dolor no tiene tanda publicitaria.
Y hay una última pregunta, quizá la más incómoda de todas: ¿cuántas veces vamos a necesitar que aparezca un cuerpo para entender que detrás de cada caso hay señales que deben investigarse, instituciones que deben responder y una sociedad que no puede acostumbrarse al horror?
Que la investigación llegue hasta el fondo. Que las pruebas hablen. Que no haya encubrimientos ni culpables protegidos. Porque cuando una mujer aparece muerta, el silencio no puede ser la última palabra.
Y porque hay algo peor que una sociedad conmocionada por un crimen: una sociedad que, de tanto convivir con el horror, termina considerándolo una noticia más.
Nanci Godoy no puede volver. Pero su muerte no puede convertirse en otro expediente que el tiempo termine archivando en la memoria de un país distraído.