
De niña soñaba con cantar como María Helena y, con apenas 13 años, se convirtió en una revelación de la música litoraleña. Después llegó la Medicina, el Psicoanálisis y una especialización que la transformó en pionera de la Olfatología en la Argentina y Latinoamérica.
De niña soñaba con cantar como María Helena y, con apenas 13 años, se convirtió en una revelación de la música litoraleña. Después llegó la Medicina, el Psicoanálisis y una especialización que la transformó en pionera de la Olfatología en la Argentina y Latinoamérica. A los 66 años, regresó a Corrientes para presentar su tercer libro en la Facultad de Medicina de la UNNE, donde se graduó en 1984. Una conversación sobre las decisiones que cambian la vida, los recuerdos que permanecen y los sentidos que son capaces de despertar las emociones más profundas.
A veces es suficiente una pequeña melodía, el aroma de una comida o de un perfume para que los recuerdos regresen con una intensidad inesperada. Graciela Mireya Soler conoce muy bien ese territorio donde los sentidos se encuentran con las emociones. Lo conoce desde la ciencia, pero también desde su propia historia. Tal vez por eso, cuando habla de medicina, no se limita a describir síntomas, diagnósticos o tratamientos. Habla de personas, de experiencias, de sensibilidad y de la necesidad de escuchar; porque detrás de cada paciente hay una historia y perder el olfato o el gusto también puede significar perder una parte de la relación afectiva con el mundo. Su vida parece haber transitado siempre por ese camino, aunque durante muchos años no supiera hacia dónde la conduciría.
Nació el 16 de febrero de 1960 en Bella Vista, Corrientes, en el seno de una familia humilde. Su padre era carpintero y su madre, ama de casa. Allí, entre los sonidos cotidianos de una ciudad profundamente vinculada con la música litoraleña, comenzó a descubrir una pasión que la acompañaría durante toda su vida.
En una entrevista con NORTE de Corrientes cuenta que quería cantar como María Helena. Aprendió a tocar la guitarra y a cantar de oído, mucho antes de estudiar formalmente música. No necesitaba demasiado para sentirse feliz: una guitarra, una canción y la posibilidad de transmitir algo a través de su voz.
A los 13 años, sin experiencia profesional, se animó a presentarse en un escenario de Mburucuyá. Era diciembre de 1973 y obtuvo el primer premio como solista revelación. Aquella distinción fue el comienzo de una sucesión de reconocimientos. El 6 de enero de 1974 ganó el primer puesto en la Fiesta del Cambá, en Paso de los Libres, y al mes siguiente volvió a imponerse en la Fiesta de la Leche, en Sauce. De alguna manera había nacido, el pequeño mito de Gracielita Soler, una adolescente bellavistense que comenzaba a llamar la atención por su manera de interpretar la música de su tierra.
Su talento despertó el interés de los Hermanos Vallejos y de Pedrito Montenegro, quienes impulsaron la posibilidad de grabar una demostración en Buenos Aires. Sin embargo, aquella experiencia también la enfrentó con una realidad que no estaba dispuesta a aceptar. La industria musical de entonces tenía determinadas expectativas sobre cómo debía presentarse una joven cantante. Le pedían una imagen más llamativa, una forma de vestirse que no coincidía con su personalidad.
Graciela no quiso ceder. Ella quería cantar. No estaba interesada en convertirse en alguien que no era. Con el tiempo, aquella carrera musical fue quedando atrás. Pero sería equivocado pensar que la música desapareció de su vida. En realidad, permaneció allí, como una forma de sensibilidad que terminaría encontrando otros caminos para expresarse.
DE LA MÚSICA A LA MEDICINA
Entre 1978 y 1984 estudió Medicina en la Universidad Nacional del Nordeste. Fueron años de formación, esfuerzo y descubrimientos, durante los cuales comenzó a construir una vocación profesional que todavía conservaba una relación muy estrecha con su primera pasión. La voz, ese instrumento que había utilizado para cantar y transmitir emociones, despertaba ahora su curiosidad desde otra perspectiva. Quería comprenderla.
Así llegó a la otorrinolaringología, la especialidad médica que estudia, entre otras funciones, los órganos vinculados con la audición, la voz y los sentidos químicos. Después de graduarse como médica cirujana en la UNNE, decidió continuar su formación en Buenos Aires. En diciembre de 1985 consiguió, mediante concurso, una de las catorce plazas rentadas para realizar la residencia en el Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires. No era un logro menor.
La medicina, y particularmente determinadas especialidades, constituían por entonces espacios predominantemente masculinos. Graciela ingresó a ese mundo con la determinación que ya había demostrado cuando, siendo adolescente, decidió no aceptar las imposiciones de la industria musical. Los años de residencia fueron intensos. Había dificultades presupuestarias, carencias materiales y una exigencia cotidiana que la obligaba a aprender mucho más allá de los libros.
Pero fue precisamente en ese contacto permanente con los pacientes donde comenzó a comprender algo que marcaría su manera de ejercer la medicina: la importancia de escuchar lo que las personas sienten y no solamente aquello que pueden describir como un síntoma. La experiencia clínica le enseñó que detrás de una consulta existe una dimensión humana que no siempre aparece reflejada en los estudios.
EL ENCUENTRO CON EL PSICOANÁLISIS Y LAS EMOCIONES
Durante la década de 1990, su recorrido profesional tomó un rumbo inesperado. Se alejó parcialmente del ejercicio tradicional de la medicina y comenzó a vincularse con el psicoanálisis, particularmente a través de Germán García y de la corriente lacaniana relacionada con el pensamiento de Oscar Masotta. Aquella aproximación le permitió explorar otras formas de comprender la experiencia humana. El interés por el arte conceptual, las nuevas expresiones artísticas ampliaron su mirada sobre los vínculos entre el cuerpo, la percepción y las emociones.
De alguna manera, la niña que había descubierto el poder emocional de una canción comenzaba a encontrar nuevas preguntas en torno a los sentidos. ¿Por qué determinados olores despiertan recuerdos tan intensos? ¿Qué ocurre cuando una persona deja de percibir los aromas que formaban parte de su vida? ¿Cómo se modifica su relación con los alimentos, con los afectos y con el entorno?
Esas inquietudes encontraron un territorio de investigación en la Olfatología, una disciplina que por entonces tenía escaso desarrollo clínico en la Argentina. Graciela comenzó a estudiar, investigar y construir un camino propio, pero no sería sencillo.
En 1998 comenzó a profundizar en la evaluación clínica del sentido del olfato mediante procedimientos de Olfatometría.
Su trabajo se apoyó en el método desarrollado por el Connecticut Chemosensory Clinical Research Center, conocido como test de Connecticut, que posteriormente adaptó para su utilización clínica. La evaluación permite estudiar la capacidad de una persona para percibir e identificar olores, mediante procedimientos no invasivos y una minuciosa valoración médica. Hoy puede parecer una práctica habitual dentro de una especialidad, pero cuando Graciela comenzó a recorrer consultorios con sus materiales de evaluación, la situación era diferente.
"Llevaba sus frascos de un lugar a otro", cuenta. Frascos que contenían sustancias destinadas a comprobar qué podía oler un paciente, qué aromas reconocía y cuáles habían dejado de formar parte de su universo sensorial. La escena resultaba tan poco frecuente que comenzaron a llamarla "la loca de los frascos". El apodo, que hoy puede recordarse con una sonrisa, habla también de las dificultades que enfrentan quienes se animan a desarrollar una práctica novedosa. Porque antes de que una disciplina alcance reconocimiento, muchas veces debe atravesar la incomprensión, la desconfianza o la indiferencia.
Sin embargo, Graciela siguió adelante. Con los años, su trabajo la vinculó con investigadores de referencia internacional, con trayectorias impresionantes. A lo largo de toda la charla menciona a especialistas en distintos campos de la investigación como Enrique Cometto-Muñiz, Amalia Calviño, María Rosa García Medina, William Cain, Richard L. Doty, Marco Aurelio Fornazieri y Zara Patel, entre muchos otros. Ese intercambio científico le permitió ampliar sus conocimientos y participar de una comunidad internacional dedicada al estudio de los sentidos químicos.
Su nombre comenzó a ocupar un lugar destacado en un campo de la medicina que durante décadas había recibido menos atención que otras especialidades. Hoy en su haber suma más de 70 publicaciones en revistas científicas del mundo.
Hay una expresión de Graciela Soler que permite comprender buena parte de su filosofía profesional. "Para atender a los pacientes con alteraciones de olfato y gusto hay que escucharlos, aprender a descifrarlos, ver cómo escriben…" La frase parece sencilla, pero encierra una concepción de la medicina. No alcanza con realizar un estudio y obtener un resultado. Es necesario comprender qué significa para una persona haber perdido la capacidad de reconocer determinados olores o sabores. Porque el olfato participa de numerosas experiencias cotidianas que muchas veces pasan inadvertidas hasta que desaparecen.
El aroma del café por la mañana, la comida que preparaba una madre, el perfume de alguien querido, el olor de la tierra después de la lluvia. No son solamente estímulos químicos, también pueden convertirse en señales que activan recuerdos, emociones y vínculos afectivos. Por eso, en su trabajo, Graciela insiste en la necesidad de atender la sensibilidad particular de cada paciente. "No es lo mismo rehabilitación que entrenamiento. Hay que ubicarse en la sensibilidad", sostiene. La afirmación refleja su interés por distinguir los procedimientos terapéuticos y comprender las necesidades individuales de quienes consultan. En su concepción profesional, la ciencia y la sensibilidad no son territorios enfrentados, por el contrario, pueden complementarse.
LOS LIBROS Y LA NECESIDAD DE TRANSMITIR LO APRENDIDO
Con más de tres décadas dedicadas a la investigación y la atención clínica, Graciela comenzó a sistematizar sus conocimientos en publicaciones destinadas a profesionales y lectores interesados en comprender los sentidos químicos. En 2009 publicó "Evaluación clínica del sentido del olfato", obra que tuvo una reedición en 2022. En 2013 apareció "Olfato y gusto. Enfoque multidisciplinario," donde amplió la perspectiva sobre el abordaje de estas funciones sensoriales.
Su tercer libro, "Olfato y gusto en primera persona. El tercer sentido químico: Quimioestesis. Nuevos protocolos para atención online", publicado en 2025 por Ediciones Ibhuku, en Tenerife, España, reúne una nueva etapa de su experiencia.
El título tiene algo especialmente significativo: "En primera persona". Porque después de tantos años de trabajo, Graciela Soler no pretende transmitir únicamente conocimientos científicos. También recupera su experiencia personal de las consultas, sus observaciones y las reflexiones que surgieron del contacto directo con los pacientes.
La quimioestesis, ese tercer sentido químico que estudia sensaciones como el frescor de la menta o el ardor provocado por determinadas sustancias, ocupa un lugar central en esta nueva publicación. Se trata de una dimensión sensorial que muchas veces se confunde con el gusto o el olfato, pero que posee características propias. El libro también incorpora nuevas modalidades de atención y evaluación, entre ellas protocolos para consultas a distancia. Sin duda, es otra manera de compartir aquello que aprendió durante una trayectoria construida entre consultorios, investigaciones, intercambios científicos y experiencias humanas.
En la actualidad, Graciela vive en las islas Canarias (España). A los 66 años ha reducido considerablemente su actividad en consultorio, aunque no la abandonó por completo. Continúa escribiendo, investigando, realizando consultas y organizando sus conocimientos. Desde ese lugar del mundo, distante geográficamente de Bella Vista, mantiene viva su relación con la provincia donde nació.
Por eso, este regreso a Corrientes tuvo un significado especial. El martes último volvió a la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional del Nordeste, la misma institución donde se graduó en 1984, para ofrecer una conferencia magistral titulada "La clínica de los sentidos químicos: olfato, gusto y quimioestesis. Experiencia personal" y presentar su tercer libro.
La actividad se desarrolló en la Sala de Desarrollo Académico "Centenario de la Reforma Universitaria", con la presencia del decano de la Facultad de Medicina, Daniel Sheinkman, y de la titular de la Cátedra de Otorrinolaringología, Gabriela Zapata de Benítez. Estuvieron también familiares, amigos, colegas y personas interesadas en conocer su trabajo. Pero también estaban presentes, de alguna manera, las distintas etapas de una vida que había comenzado en Bella Vista y que, con el tiempo, la llevó a recorrer espacios científicos internacionales.
Regresar a la universidad donde se formó significó mucho más que presentar un libro. Fue una oportunidad para reencontrarse con sus raíces y compartir con nuevas generaciones una experiencia profesional construida durante décadas.
LA MÚSICA QUE NUNCA SE FUE
En la conversación, la música aparece una y otra vez. No como un recuerdo aislado de juventud, sino como una presencia que acompaña toda su historia. Hoy ya no canta tanto como le gustaría, pero interpreta algunas estrofasd. Sin embargo, aquella adolescente que subía a los escenarios con su guitarra sigue formando parte de la mujer que investiga los sentidos químicos. Tal vez porque cantar y ejercer la medicina, aunque parezcan actividades distantes, comparten en su experiencia una misma necesidad: establecer una conexión con el otro.
La música le enseñó tempranamente que una melodía puede despertar emociones difíciles de expresar con palabras. La medicina le permitió descubrir que los aromas también tienen esa capacidad y el psicoanálisis amplió sus preguntas sobre la memoria, la percepción y la subjetividad. Así fue construyendo una trayectoria que no puede comprenderse solamente a partir de títulos académicos, investigaciones o publicaciones, sino que también está hecha de decisiones personales, de renuncias, de encuentros y de convicciones.
De aquella joven que prefirió abandonar una oportunidad musical antes que modificar su identidad; de la médica que consiguió una residencia en un ámbito predominantemente masculino; de la investigadora que recorría consultorios con frascos cuando todavía pocos comprendían la importancia de estudiar clínicamente el olfato y de la mujer que, después de tantos años, sigue considerando indispensable escuchar a los pacientes. Quizás ese sea uno de los aspectos más interesantes de su historia.
Graciela Soler dedicó buena parte de su vida a estudiar un sentido invisible, pero profundamente ligado a nuestra manera de habitar el mundo; un sentido que puede devolvernos, en apenas un instante, a una persona, a una casa, a una infancia; y aunque la medicina la llevó lejos de los escenarios donde alguna vez cantó como Gracielita Soler, hay algo de aquella vocación que permanece intacto. Los caminos de la vida pueden cambiar, pero hay emociones que siempre encuentran la manera de regresar. A veces lo hacen a través de una canción, otras a través de un aroma, y algunas, como ocurrió durante este regreso a Corrientes, simplemente al volver al lugar donde comenzó todo.
Un momento clave de su carrera profesional ocurrió durante la pandemia. Graciela Soler integró el Consorcio Global para la Investigación Quimiosensorial, que estudió las alteraciones del olfato, el gusto y la quimioestesis provocadas por la Covdi-19. Participó en investigaciones internacionales y organizó 16 seminarios científicos para compartir conocimientos entre especialistas de distintos países.
Durante décadas, Graciela Mireya Soler dedicó su actividad profesional a una especialidad médica que no siempre recibía la atención que merecía. Sin embargo, la pandemia de coronavirus modificó radicalmente ese escenario. De pronto, millones de personas comenzaron a experimentar alteraciones en el olfato y el gusto. Lo que hasta entonces podía parecer una dificultad poco frecuente se convirtió en uno de los síntomas más reconocibles del Covid-19.
Para quienes llevaban años investigando los sentidos químicos, aquel fenómeno planteaba enormes desafíos y Soler fue una de las especialistas que participó activamente en la búsqueda de respuestas.
En marzo de 2020 se incorporó, desde sus comienzos, al Global Consortium for Chemosensory Research (GCCR), una iniciativa internacional que reunió a investigadores, médicos, psicólogos, perfumistas, cocineros y otros profesionales vinculados con la percepción sensorial. El objetivo era estudiar las alteraciones del olfato, el gusto y la quimioestesis en personas afectadas por el coronavirus.
La médica correntina participó como coautora en dos de los primeros trabajos científicos del consorcio, publicados en 2020 y 2021. Una de las investigaciones iniciales reunió respuestas de más de 4.000 participantes de diferentes países y permitió identificar la magnitud de las alteraciones sensoriales.
Según los resultados de aquel estudio, el 79,7% de los participantes presentó disminución del olfato, el 69% manifestó alteraciones del gusto y el 37,3% registró dificultades relacionadas con la quimioestesis.
También se documentaron fenómenos como la parosmia, que implica percibir los olores de manera distorsionada, y la fantosmia, caracterizada por experimentar sensaciones olfativas sin que exista un estímulo externo. Los resultados contribuyeron a comprender que la enfermedad podía afectar simultáneamente diferentes dimensiones de la percepción química.
UNA HERRAMIENTA PARA RECONOCER LA PÉRDIDA DEL OLFATO
Durante los primeros meses de la pandemia, Soler también difundió una adaptación domiciliaria de sus procedimientos de evaluación olfativa. La propuesta consistía en utilizar recipientes idénticos con sustancias conocidas, como café, chocolate, jabón, orégano y productos mentolados, para comprobar si una persona podía percibir e identificar determinados aromas. La iniciativa buscaba orientar a quienes advertían cambios repentinos en su capacidad olfativa, en momentos en que todavía existía un conocimiento limitado sobre la enfermedad. Explicaba que muchas personas confundían la pérdida del gusto con la imposibilidad de percibir los aromas de los alimentos.
En realidad, ambas funciones están estrechamente relacionadas en la experiencia de comer y beber, aunque corresponden a mecanismos sensoriales diferentes. Aquellos ejercicios caseros tenían un carácter orientativo y no reemplazaban el diagnóstico médico.
DIECISÉIS ENCUENTROS CIENTÍFICOS INTERNACIONALES
La pandemia también impulsó otra iniciativa importante en su trayectoria. Ante la necesidad de compartir información y experiencias clínicas, Soler organizó el Primer Seminario Científico Internacional y Multidisciplinario del Grupo de Estudio de Olfato y Gusto (GEOG), institución que había creado en Buenos Aires en 2010. El primer encuentro virtual se realizó el 27 de junio de 2020, con la participación de las especialistas Yanina Pepino, de Estados Unidos; Sajidxa Mariño, de Venezuela; y Cecilia Morales, de Uruguay, bajo la coordinación de Soler.
La repercusión fue tan importante que la propuesta continuó durante los meses siguientes. Entre junio de 2020 y diciembre de 2021 se realizaron dieciséis seminarios internacionales. Participaron investigadores y profesionales de diferentes países, vinculados con la medicina, la neurología, la otorrinolaringología y otras disciplinas.
Pero los encuentros también incorporaron miradas provenientes del arte, la literatura, el teatro, la gastronomía y el universo de los aromas. Entre las experiencias compartidas estuvieron las vinculadas con la memoria olfativa, el arte visual, la identidad de marca y las relaciones entre percepción sensorial y creación artística. También participaron profesionales correntinos, como Mauro Santamaría, quien abordó los vínculos entre el olfato, la literatura y el teatro. Para Graciela Soler, esa diversidad de perspectivas resultaba fundamental.
Su concepción de la Olfatología nunca estuvo limitada exclusivamente a la identificación de alteraciones físicas. También contemplaba las consecuencias emocionales, sociales y personales de perder un sentido. Los testimonios de pacientes que atravesaban trastornos olfativos ocuparon un lugar importante en los encuentros y sus relatos permitieron acercar a los profesionales a experiencias que difícilmente podían comprenderse solamente mediante estadísticas.
UNA EXPERIENCIA QUE REAFIRMÓ SUS CONVICCIONES
La pandemia significó un punto de inflexión para la investigación de los sentidos químicos. También representó una oportunidad para que especialistas como Graciela Soler compartieran conocimientos acumulados durante décadas. Su participación en investigaciones internacionales y la organización de encuentros multidisciplinarios contribuyeron a ampliar la discusión científica sobre las consecuencias sensoriales del Covid-19.
Pero, sobre todo, reafirmaron una convicción que atraviesa toda su trayectoria: detrás de cada alteración del olfato o del gusto existe una persona cuya vida cotidiana puede verse profundamente modificada. Perder la capacidad de reconocer un aroma también puede significar dejar de percibir olores familiares, disfrutar determinados alimentos o recuperar recuerdos asociados con experiencias afectivas y esa dimensión humana, que Graciela comenzó a descubrir mucho antes de que el coronavirus irrumpiera en el mundo, continúa siendo uno de los ejes centrales de su trabajo.
Tapa del Viernes 30 de Octubre de 2026