
Europa atraviesa una crisis de expectativas, representación y autonomía, en la que el malestar juvenil, las dificultades para acceder a una vivienda y la incertidumbre económica conviven con una vulnerabilidad estratégica que obliga a revisar las bases de su integración. La pregunta es cómo transformar ese descontento en renovación democrática, evitando que la frustración alimente salidas autoritarias. Mayo del 68, los indignados españoles y la experiencia serbia ofrecen distintas respuestas a ese desafío.
Viernes 30 de Octubre de 2026 - Actualizada a las: 05:57hs. del 30-10-2026
El Mayo francés nació en una sociedad económicamente expansiva, atravesada por desigualdades y jerarquías rígidas, y la rebelión estudiantil adquirió dimensión nacional al confluir con una extraordinaria movilización obrera, aunque ambos sectores conservaron diferencias. Se cuestionaban la autoridad, la distribución de la riqueza y las formas de participación. Pero aquella transformación cultural convivió con una reacción electoral conservadora, y la victoria gaullista posterior dejó una advertencia: la intensidad de la calle no representa automáticamente al conjunto de la sociedad.
Décadas después, Stéphane Hessel, resistente contra el nazismo y sobreviviente de Buchenwald, convocó a recuperar el compromiso ciudadano en ¡Indignaos! Su mensaje encontró resonancia en los indignados españoles de 2011: frente a la desigualdad y al debilitamiento de los derechos sociales, la resignación no podía ser la respuesta. Sin embargo, la indignación necesitaba traducirse en organización, propuestas y participación democrática. Rechazar un orden injusto constituye un comienzo; construir una alternativa exige acuerdos y capacidad de gobierno.
Serbia incorpora ahora una experiencia significativa, porque después de catorce años de predominio del oficialismo encabezado por Aleksandar Vučić, el movimiento impulsado por estudiantes consiguió convertir la movilización en una alternativa electoral victoriosa. Las protestas, desencadenadas por la tragedia de la estación de Novi Sad, extendieron el reclamo de responsabilidades hacia una impugnación de la corrupción y de la captura partidaria de las instituciones. La protesta encontró una vía democrática para disputar el poder.
Su originalidad estuvo en reunir estudiantes, profesores, académicos y otros sectores alrededor de compromisos compartidos, como la independencia judicial, la responsabilidad de los gobernantes y las condiciones electorales justas, que ofrecieron un terreno común entre sensibilidades diferentes. Esa amplitud incluyó apoyos liberales, de izquierda y nacionalistas; sería equivocado atribuirle una identidad ideológica uniforme. Su coincidencia principal fue recuperar el funcionamiento de las instituciones, y la indefinición sobre otros asuntos facilitó la convergencia, aunque también anticipa dificultades para gobernar.
Puede hablarse de una primavera democrática como posibilidad abierta, en la medida en que la juventud demuestra que el desencanto puede conducir a una reconstrucción republicana. Pero una victoria electoral inaugura una responsabilidad: quienes exigieron límites al poder deberán respetarlos cuando les corresponda ejercerlo. La legitimidad de origen necesita sostenerse mediante una conducta democrática.
Esta experiencia permite discutir los cordones sanitarios electorales frente a la extrema derecha, que pueden ser útiles cuando expresan acuerdos públicos para impedir que fuerzas contrarias al pluralismo concentren poder mediante alianzas parlamentarias. Deben fundarse en conductas verificables: respeto por las elecciones, las minorías, la prensa y los límites constitucionales. No toda derecha es autoritaria, ni toda oposición al autoritarismo constituye por sí misma una alternativa suficiente. La defensa democrática pierde credibilidad cuando se convierte en una etiqueta oportunista.
Tampoco alcanzará un acuerdo entre dirigentes si deja intactas las condiciones que alimentan el resentimiento, porque una democracia incapaz de ofrecer vivienda, empleo y servicios públicos termina defendiendo procedimientos que muchos ciudadanos sienten ajenos. Mientras parte de la juventud del 68 aspiraba a transformar una sociedad en expansión, numerosos jóvenes actuales temen quedar excluidos de una vida autónoma. Reconstruir ese horizonte constituye una tarea central para Europa.
La respuesta social debe articularse con una mayor capacidad estratégica, y para eso Europa necesita asumir responsabilidades defensivas, coordinar inversiones y fortalecer su industria sin desmantelar la cohesión social. La soberanía compartida puede ampliar la libertad de acción de Estados que, separados, disponen de menor capacidad negociadora. La fragmentación facilita las presiones bilaterales; la integración permite relacionarse con Estados Unidos, China y otras potencias desde una posición más sólida.
Esa autonomía será incompleta si Europa se limita a regular tecnologías desarrolladas afuera, ya que proteger datos, competencia y derechos resulta indispensable, pero necesita acompañarse de capacidades propias en inteligencia artificial, semiconductores, computación e infraestructura digital. Investigación, financiamiento, empresas y compras públicas deben conectarse para convertir conocimiento en producción. Cooperar con actores extranjeros puede acelerar ese proceso, siempre que existan alternativas y capacidad de decisión. Sin innovación y escala, la regulación terminará administrando dependencias.
Europa necesita recuperar fuerza para sostener la democracia republicana, el Estado de derecho y los derechos humanos, aprendiendo también de sus propias oscuridades. Sus veintisiete banderas requieren una voluntad común que transforme integración en autonomía. Serbia aporta una señal alentadora: los valores democráticos conservan capacidad de movilización cuando se vinculan con demandas concretas de justicia. Convertir esa energía en gobiernos eficaces, construir tecnología propia y fortalecer el multilateralismo permitiría recuperar un lugar europeo en el mundo. Vista desde la Argentina, y en especial desde el interior, la lección no nos resulta ajena: también aquí el desencanto busca un cauce, y de nosotros depende que encuentre instituciones capaces de escucharlo antes que atajos que prometan resolverlo todo.
Noel Breard - Senador Provincial UCR.