
Diego fue descubierto cuando tenía nueve años e inició su legado en un equipo de fútbol infantil que sería inmortal. El relato de Francis Cornejo, su mentor y formador.
Diego fue descubierto cuando tenía nueve años e inició su legado en un equipo de fútbol infantil que sería inmortal. El relato de Francis Cornejo, su mentor y formador.
—Tengo doce años. Soy correntino, pero vivo en Fiorito desde los nueve. Mis compañeros también juegan bien.
Quien le habla a Horacio Del Prado, periodista (y maestro de periodistas) de la revista El Gráfico, es Diego Armando Maradona; y sus compañeros son los Cebollitas, apodo para un equipo de fútbol infantil de Argentinos Juniors categoría 1960, inmortal por su juego y su invicto de 140 partidos entre 1969 y 1976. También por ser el primer refugio de Diego, en el que aprendió con otros pibes que hablaban su mismo idioma en la cancha. Conocé cómo fueron sus inicios.
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Don Diego, padre cincuentañero del por entonces Dieguito, contaba 24 años como trabajador de Tritumol, una fábrica de molienda de huesos a orillas del Riachuelo, en 1973. Cada tarde, después de una ardua jornada de trabajo, volvía a casa para llevar a su hijo en colectivo hasta la Paternal. Aprovechaba el regreso para dormir antes de volver. Y Doña Tota, madre amorosa de un retoño bendecido por una estrella antes de salir al mundo, se hacía cargo del cuidado de Diego y de sus siete hermanos y hermanas. "Son unos fenómenos", le sintetizó el Pelusa a Guillermo Blanco en 1979. Unos años después, ya en sus pasos por Barcelona y Napoli, Blanco sería su jefe de prensa.
Tanto esfuerzo mamado desde las bases forjó su personalidad. Y, en retrospectiva, valió la pena: con los Cebollitas, Maradona "tuvo una infancia muy feliz". Desde los nueve años hasta su ingreso al año siguiente a la novena de Argentinos, fue el eslabón más brillante de un equipo socioafectivo ("ningún equipo puede jugar bien si los jugadores no se quieren entre ellos", decía su formador-delegado Francisco Francis Cornejo) y, por sobre todas las cosas, eficaz: "Ganábamos 20 a 0, los bailábamos a River y a Boca", rememoró el Diez en "El mundo de Maradona".
Tal era el orgullo de ese equipito por edad y equipazo por juego que, en una semifinal perdida por los Juegos Evita en Córdoba contra "los pibes de (Club Social) Pinto" de Santiago del Estero, Diego lloró a lágrima viva. Uno de los rivales, César Ganem, se acercó y lo consoló: "No llores, Dieguito, que vos vas a ser el mejor diez del mundo". Frase premonitoria que Diego, apenas adolescente, supo enaltecer.
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Francis Cornejo, vinculado a Argentinos Juniors desde 1953 hasta su fallecimiento el 13 de marzo de 2008, pasó a la historia como "el descubridor de Maradona". Pero hubo otra persona implicada en la detección de su inagotable talento, y fue un pibe que, por entonces, jugaba en la Cuarta de Argentinos: Gregorio Carrizo. "Un día me dijo: 'Vea, tengo un amigo que la rompe. ¿Lo podemos poner en el equipo?'. Lo fui a ver a Villa Fiorito, donde vivía, y enseguida me di cuenta de que era un fenómeno", le relató el formador a El Gráfico.
En relación a la forma de jugar que Diego ya tenía incorporada en su biología futbolera, Francis analizó: "Tenía nueve años, pero se manejaba con una soltura inusual para los de su edad. Coordinaba las piernas y el cerebro como un auténtico elegido". Madurez precoz y genialidad atípica, dos rasgos que lució durante toda su carrera. Y que, como le anunció Ganem antes de que se convirtiese en la bandera del pueblo argentino, lo hicieron "el mejor diez del mundo".
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