
En los pueblos correntinos, sumados a las periferias de las ciudades consideradas grandes, pululaban los bailes barriales. Cuando la ciudad no crecía, allá por 1960, el campo estaba pegado a ella y sobresalían las pistas bailables, generalmente de tierra.
En los pueblos correntinos, sumados a las periferias de las ciudades consideradas grandes, pululaban los bailes barriales. Cuando la ciudad no crecía, allá por 1960, el campo estaba pegado a ella y sobresalían las pistas bailables, generalmente de tierra. Recuerdo El Rosedal, en calle Roca entre Belgrano y Bolívar, vecino casi del Tren Económico, en Roca y San Martín, frente al Mercado de Abasto; o El Piso, antigua estación de los tranvías de la urbe que fue.
Otro que sobresalía era la pista Dos Rosas, por 3 de Abril (hoy Independencia); hacia el sur, el Peñarol, con su pista de mosaicos por tratarse de un club de básquet; más al sur todavía, El Picaflor, y otros nombres que ustedes, lectores, pueden imaginar.
Rodeados de lonas sostenidas por alambrados de hilo y custodiados por la pesada policía montada contratada al efecto, los colados evitaban la confrontación. Temprano se regaba el campo bailable, generalmente al atardecer de los sábados. Luego llegaban los viejos camiones o carros con sillas y mesas alquiladas. Las letrinas, alejadas para damas y caballeros, se distinguían por el color de la tela que oficiaba de puerta: rosa para las nenas y celeste para los varones, como en los sanatorios.
Los padres acompañaban a sus hijas solteras en la creencia de una casta virginidad, aunque ellas se las ingeniaban para sobrevivir a los patriarcados cerrados. Ni bien empezaba el baile y la pista estaba llena, el candidato se acercaba e invitaba a su dama. Con la debida autorización, se mezclaban en el pelotón y, desde allí, se dirigían al sanitario que tenía una puerta tranquera. A los policías no les importaba nada mientras hubiera algún cigarro y algo de caña. Entrada en mano, exhibían el pase y salían al montecito cercano a revolcarse de lo lindo. Para el efecto, el poncho del caballero era el mejor lugar para el amor.
Arregladas las prendas y acalladas las pasiones, el baile ayudaba al maquillaje para que nada se notara. Después venían los casamientos apurados, que generalmente daban como resultado sietemesinos. Gran casualidad, ¿verdad?
En el Dos Rosas, como en El Picaflor, detrás del cementerio San Juan Bautista, al esconderse el sol caprichosamente para dejar paso a las sombras de la noche, aparecía una mujer hermosa. Decir hermosa queda corto: bellísima.
Donosa, caminaba hacia la entrada entre tanto olor a hombre alcoholizado. Su perfume flotaba en un remanso que se expandía hacia los cuatro puntos cardinales. Nadie podía dejar de mirarla. Ella, abanico español en mano, peineta de extraña procedencia y vestido ajustado al cuerpo, se contoneaba a sabiendas de los efectos que producía.
Tenía siempre una mesa preparada. Bebía generalmente whisky, con un sifón de soda de vidrio al lado. El tajo de su vestido llegaba hasta el límite de lo que hoy serían las minifaldas. Su cartera nunca la abandonaba. Decían los sabios de ayer que llevaba en ella una pistola 7,35, la famosa "Mata duque". Otros, para darse corte, juraban haberla visto disparar con la precisión de un personaje de las películas de vaqueros.
En general, los casados y los solteros comprometidos regresaban del baile con moretones en los brazos por los pellizcos que recibían a causa de las miradas y la baba que aquella visión les provocaba.
La mujer extraña bailaba con todos. Nadie podía monopolizarla. Era libre como el viento, como el mar, juraba cantando una antigua canción española muy pegadiza en aquel Corrientes de antaño.
Algún aristocrático del centro, que los había, le ofrecía el oro y el moro con tal de conquistarla o, al menos, obtener la limosna de una noche. El no rotundo sonaba trágico y desgarraba corazones.
El más osado, un pintón de buen pasar económico, una noche fresca de sábado, como guiado por un bastonero invisible, le ofreció matrimonio, oro, plata y mil cosas más. Ella, con una sonrisa que desarmó al pretendiente, respondió simplemente:
—No, mi niño malcriado. Soy libre como el viento, como el mar, como los pájaros, como los sueños que no tienen límites. Te agradezco infinitamente, pero no, no y no.
Los bailes pasaban conforme caían las hojas de los calendarios. Al segundo año de su primera aparición, un grupo de jóvenes del centro, aliados con muchachos de la periferia, más agresivos y obedientes por dinero, comenzaron a observar su conducta.
Terminaba un tema, se sentaba, bebía un trago de whisky importado —Caballito Blanco, rey de la época— y esperaba al próximo candidato.
Cuando su reloj marcaba las 23:30, tomaba el último trago. El mozo esperaba, como siempre, la generosa propina que aparecía mágicamente. Ella exhibía la pistola alemana, plateada como la luna, a modo de advertencia.
Se retiraba con la misma prestancia con la que llegaba. El halo perfumado que dejaba volvía a arrancar pellizcos de esposas y novias celosas.
Un cochero, de cara poco amistosa, la esperaba en la puerta de la milonga para marcharse con rumbo desconocido hacia el norte.
Los confabulados habían tratado de seguirla varias veces. En una ocasión se pinchó una rueda del coche. En otra, uno de los perseguidores cayó fulminado como por un rayo. Ocurrían cosas insólitas.
Uno más corajudo, montado en pelo, siguió al carruaje hasta que este desapareció ante sus narices, como si la tierra lo hubiera tragado. Para agravar la situación, el caballo lo desmontó sin motivo alguno.
—Un mbói seguramente se cruzó —explicó.
Reunida la runfla, pudientes y pobres decidieron cambiar de estrategia: no la dejarían salir en el próximo baile.
Fue el día de San Baltasar, en un enero caluroso. La luna brillaba como si la hoguera del sol le prestara más luz.
Llegó ella: la inconquistable, la que encendía volcanes de amor y lujuria a su paso, la del perfume cautivante e hipnotizador; la maja que rompía corazones, la que solo bailaba una pieza con cada caballero, porque todos debían hacerlo en igualdad de condiciones.
—Si usted pretende algo más, me privaré del placer de este obsequio. Pero todos deben bailar en igualdad de condiciones. Si usted me lo regala de corazón, lo saborearé con placer saludándolo a usted, no más que eso, distinguido señor...
El caballero hizo una reverencia con su bombín y se retiró sonriendo. No esperaba menos de la inconquistable.
Aquella noche se desataría la tragedia.
A las 23:30 se vio rodeada por más de veinte jóvenes, tanto del centro como de los barrios orilleros. Se levantó lentamente y dijo:
—Hacen mal, caballeros. Me pierden y yo me pierdo. Extrañarán mi presencia, mi perfume y mi libertad. Nunca fui grosera con ustedes. Déjenme ir, por favor...
El mozo y algunos otros intentaron mediar, pero fueron apartados a patadas. La policía, sable en mano, observaba mientras los minutos corrían.
Entre empujones, algunos intentaron liberarla. Ella derramaba lágrimas color celeste. Sonreía con tristeza infinita.
Comenzó a soplar un viento extraño. Una nube oscura cubrió parte de la luna. La muchacha lloraba a mares. El perfume se esfumó y otro olor comenzó a sentirse en el lugar.
Algunos se arrepintieron y se marcharon. Otros insistieron.
Entonces apareció el horror.
Cuando las campanas lejanas marcaron la medianoche, se produjo una metamorfosis espantosa. La belleza inmaculada se convirtió en una anciana de más de cien años. Su ropa se volvió harapos. Apenas podía sostenerse con un cayado de peregrino. Sus tristes ojos azules miraban al vacío.
La estampida fue general.
Ella siguió sentada a la mesa. Temblando, bebió otro sorbo de whisky. Lloraba.
El mozo se sentó a su lado. No preguntó nada. Simplemente brindó con ella.
El caballero generoso trajo otra silla y compartió el lugar. Luego se sumaron algunos mayores: unos por piedad, otros por curiosidad.
El cochero que esperaba afuera lo hacía ahora en un carro viejo y enclenque. Vestía como un pordiosero.
El caballero volvió a brindar con la dama.
—Gracias, señor. Yo fui la que bailé con todos. No pertenezco a este mundo. Morí hace años. Los que están del otro lado me dieron permiso porque ayudé a mucha gente durante las pestes de Corrientes. Después seguí ayudando a quienes tenían hambre y sed. Por eso mis ángeles protectores, como el cochero, que es poderoso, me regalaron estos bailes. Me advirtieron que esto iba a suceder. Yo insistía: uno más, uno más. Ya ve, no hice daño a nadie y no volveré. Esa era la condición.
El caballero la cubrió con un chal de seda. El mozo asintió.
—Solo les pido que me hagan decir una misa en cualquier lugar. Mi tumba está en el San Juan Bautista, triste y olvidada. Soy...
Los policías y gran parte de la concurrencia huyeron espantados. No cualquiera conversa con la muerte.
Con señorío, el caballero ofreció su brazo a la anciana. Llegaron al carro y, al trote lento, emprendieron camino hacia la morada final.
El joven acompañó montado hasta la puerta del cementerio. La ayudó a subir las escalinatas. El sereno, convencido por el brillo de unas monedas valiosas, permitió el ingreso.
Ante una de las antiguas bóvedas del primer patio, ella señaló una placa con una fotografía.
Era exactamente la muchacha que bailaba.
Antes de ingresar definitivamente a su reposo, la luz volvió a mostrar por un instante a la bella mujer de antaño. La metamorfosis también juega a las escondidas.
Él, como tantas veces, la saludó quitándose el sombrero.
En esa tumba nunca faltaron velas. En la capilla del cementerio se celebraron misas como ella había pedido.
El caballero es hoy un filántropo que, junto con su esposa e hijos, visita la tumba de aquella abuela que conoció en el ayer.