
El carismático líder del PT refutó a quienes anticiparon el final de su singular historia política y demostró que todavía será un actor clave para el futuro inmediato de su país y el continente.
El carismático líder del PT refutó a quienes anticiparon el final de su singular historia política y demostró que todavía será un actor clave para el futuro inmediato de su país y el continente.
Nunca gané una elección en la primera vuelta, pero desde que llegué al Planalto en 2002 tampoco perdí una elección en la segunda”, decía en la noche del domingo pasado, entre aplausos y gritos de victoria, el hombre que batía un nuevo récord y acababa de convertirse en el único político en ser elegido para un cuarto mandato presidencial en la historia de Brasil.
Luiz Inácio Lula da Silva, el ex tornero mecánico nacido 81 años antes en un pueblo del interior del estado de Pernambuco, que se asomó a la política primero como obrero y dirigente sindical metalúrgico en el conglomerado industrial de San Pablo y municipios pegados a esta megalópolis como Sao Bernardo do Campo, lo hizo de nuevo.
Cuando tras el 4 de octubre, y contra los pronósticos de casi todas las encuestas, un inesperado traspié lo relegó a un segundo lugar detrás del ultraderechista Flávio Bolsonaro muchos se apresuraron a extender un certificado de defunción política anticipada para el fundador del Partido de los Trabajadores.
La extrema polarización del primer turno que situó a Bolsonaro en el primer lugar con el 47,03% de los votos frente al 45,16 de Lula y una diferencia entre ambos de alrededor de 2.225.000 sufragios, eran una pésima noticia para las aspiraciones de ganar por la vía rápida o quedar arriba por un par de puntos para encarar un eventual balotaje. A ello se sumaba que apenas tres de los otros 10 candidatos que se presentaron logró superar un exiguo 2% de apoyo en las urnas y los tres tenían un perfil de votantes a priori más proclive a apoyar al hijo del ex presidente Jair Bolsonaro, en prisión domiciliaria por sus responsabilidades en la fallida intentona golpista de enero de 2023.
La mayoría de analistas, comunicadores, políticos, operadores y hasta un presidente vecino que irrumpió en la campaña en favor de Bolsonaro con una retahíla de insultos y agravios hacia quien gobierna al principal socio comercial de Argentina, enfocaban desde nuestro país el panorama brasileño post- primera vuelta como “cosa juzgada”.
Desde estas mismas páginas, sin embargo, dijimos entonces que quizás si se hubiera tratado de cualquier otro candidato que sufría ese revés impensado en el primer round, habrían tenido razón aquellos augurios de una derrota segura e irreversible en la vuelta decisiva que se libraría tres semanas después. Pero tales vaticinios fatales no cabían con Lula, un interminable animador desde hace medio siglo de la política y la vida del país más poblado, rico e influyente de toda Latinoamérica.
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Para quienes alguna vez lo vieron de cerca conectar con multitudes en un acto proselitista, o emerger con porte de estadista de retórica simple pero profunda, en foros internacionales donde ganó respeto a base de coherencia, era apresurado dar por consumada su derrota y ponerle fecha del 1 de enero de 2027 a su jubilación como jefe de Estado.
Para quien se sobrepuso a tres derrotas en otras tantas contiendas presidenciales (1989 frente a Fernando Collor de Mello, 1994 y 1998 frente Fernando Henrique Cardoso) antes de derrotar en 2002 a José Serra y convertirse en el primer presidente de extracción obrera de Brasil, no estaba previsto tirar la toalla en la séptima y última batalla. Lo avisó esa noche del 4 de octubre, cargada de incertidumbre, junto a su actual vice y también otra vez compañero de fórmula, Geraldo Alckmin, el ex gobernador de San Pablo y dirigente del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) a quien derrotó en las presidenciales de 2006 y con quien unió fuerzas en 2022 para frenar el intento reeleccionista de Bolsonaro padre y regresar luego de 12 años al Planalto.
“Gracias Lula por haber salvado por segunda vez a la democracia brasileña”, afirmó contundente el propio Alckmin en la noche del domingo pasado, cuando el hotel convertido en búnker oficialista era escenario de festejos que luego se extendieron a la Avenida Paulista.
Resignificar al balotaje del domingo no sólo como la elección de un gobierno sino como una suerte de referéndum sobre la continuidad de la propia democracia fue una de las claves comunicacionales de campaña para movilizar a casi tres millones de electores más que en el primer turno (128.236.074 o el 80,78 % del día 25, frente a los 125.275.835 equivalentes al 78,92 que participó el 4 de octubre).
En la noche triunfal del domingo pasado también tuvo su espacio el diputado André Janones, creador del “Exército de Lula” un canal de WhatsApp que pasó de tener poco menos de 50 mil usuarios a superar por estas horas los 10 millones. Un crecimiento exponencial que el reelecto presidente atribuyó al “general Janones” y que ayudó a contrarrestar la cancha inclinada a favor de Bolsonaro por Meta, X y los algoritmos con que los tecno-oligarcas juegan sus fichas de intereses en el tablero de la geopolítica global.
La apuesta a la comunicación digital, recurso en el que las fuerzas de la nueva derecha global han sacado ventaja en diferentes lugares y procesos, se combinó en estas tres semanas con una potenciada capacidad de movilización de un partido como el PT, la principal fuerza de izquierda de Occidente. Una fuerza que hace tiempo abandonó dogmatismos y junto a los aliados situados a su derecha con los que derrotó por segunda vez al bolsonarismo, copó las principales ciudades del país con manifestaciones y actos de una concurrencia sin precedentes.
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Todo esto fue clave para torcer un destino y dar vuelta un resultado. Pero la “virada” que empezaron a insinuar todos los sondeos en la semana previa al balotaje, hubiera sido imposible sin Lula. Dueño de un carismático liderazgo, curtido en derrotas que a cualquier otro lo hubieran hecho desistir de seguir hace 30 años; un resiliente que se sobrepuso a las penurias de su origen humilde, a las persecuciones, a la cárcel, a pérdidas familiares y hasta al cáncer. Un dirigente del siglo 21 indiscutido y respetado en foros internacionales, que se animó a intentar lo que nadie había intentado, y en vísperas de cumplir 81 años.
El pensador brasileño Helio Jaguaribe, tras la primera victoria presidencial de Lula en 2002, le dijo a quien escribe estas líneas que con el líder pernambucano Brasil quizá no tendría a su gobernante más formado, pero sí al más inteligente de su historia.
Esa mezcla de carisma, inteligencia e intuición para conectar con la gente común también fue clave en los debates previos al balotaje en los que Lula sacó diferencias a un contendiente que apeló a un histrionismo por momentos ampuloso y deslizó una imperdonable frase peyorativa, la de llamar “nueve dedos” a quien perdió un meñique en un accidente de trabajo.
Con este cúmulo de factores es más simple entender por qué Lula se convirtió en el primer brasileño en dar vuelta en balotaje el resultado del primer turno, algo que se visualizó como posible en estas páginas teniendo en cuenta al protagonista de la posible “hazaña”, que no fue tal teniendo en cuenta que la diferencia entre primero y segundo del primer round era la más exigua desde 1985 a esta parte.
Los 64.256.232 votos equivalentes al 51,79 % obtenidos por el líder del PT frente a los 59.826.041 o el 48,21 % alcanzados por Bolsonaro, con una diferencia de 4.430.191 votos abortan cualquier posible sospecha de incidencia en el resultado que según el derrotado tuvo la prórroga de dos horas de los comicios del domingo.
Sin entrar en esa polémica ni en la negativa de Flávio a reconocer el resultado, la sorpresiva huida del candidato ultraderechista hacia Estados Unidos, pasando por territorio y espacio aéreo argentinos, amenazó con derivar en una crisis de alcance internacional, en la que el Estados Unidos de Donald Trump, cuya proyectada hegemonía continental tendrá un freno tras la reelección de Lula, y la Argentina de Javier Milei, que sumó otro desplante frente a su principal socio comercial, pueden salir salpicados.
Y es que ni el Partido Liberal, ni el reelecto gobernador de San Pablo, Tarcisio de Freitas, ni dirigentes conservadores del Centrao, ni otros gobiernos de derecha de Sudamérica han avalado las denuncias de fraude que Bolsonaro esgrimió tibiamente el domingo y pretendió instalar luego desde Miami. Tampoco los principales medios de Brasil y el mundo tomaron en serio el pronunciamiento por escrito en el que Bolsonaro comenzó autoproclamándose como el “verdadero presidente electo de Brasil”, en una carta que diarios que no pueden ser tachados de izquierdistas, como Folha de Sao Paulo, O Globo y O Estado de Sao Paulo, tildaron de “golpista”, a la vez que calificaban la salida del senador como “fuga” o “huida”.
Mientras se aclara o no la situación de Flavio Bolsonaro bajo protección incómoda de Trump y se piden explicaciones al gobierno argentino por su papel en esta trama, Lula piensa los pasos para articular alianzas en un Congreso de mayoría opositora, encarnada por una derecha que quizá empiece a buscar otro líder y comience a liberarse del clan Bolsonaro. Por el contrario, el Lula al que muchos daban por políticamente muerto y sepultado está vivo y resiste, con mucha tela para cortar aún.
“Ainda estou aquí”, (Todavía estoy aquí) pareciera decir el veterano líder pernambucano, aunque su historia no esté signada por la tragedia como la narrada en la película dirigida por Walter Salles que lleva ese título y ganó el primer Oscar para Brasil hace dos años. Lula ainda está aquí y su profusa historia tiene mucho escribir.