
La especialista en ciudadanía digital asegura que hay riesgo de alteración de la atención sostenida, la memoria de trabajo y el control inhibitorio. Dice que no se trata de un daño irreversible, pero sí de una atrofia funcional de hábitos mentales que exigen esfuerzo.
La especialista en ciudadanía digital asegura que hay riesgo de alteración de la atención sostenida, la memoria de trabajo y el control inhibitorio. Dice que no se trata de un daño irreversible, pero sí de una atrofia funcional de hábitos mentales que exigen esfuerzo.
La sofisticación en las simulaciones de inteligencia artificial ha desatado una producción masiva e ininterrumpida de contenido hiperrealista. Esta situación plantea, entre otras cosas, un dilema inédito en la historia de la humanidad: saber distinguir lo que es real de lo que no lo es. Este problema abre múltiples interrogantes como, por ejemplo, cuáles son los costos cognitivos de la exposición continua a productos sintéticos de alto impacto.
La psicopedagoga Mariana Savid Saravia, especialista en Ciudadanía Digital y Neuroeducación y miembro de Fundación Lea, advierte sobre las consecuencias neurobiológicas de producciones de AI Slop (contenido basura con inteligencia artificial) y sobre los riesgos de una paulatina desarticulación del juicio crítico, la atrofia de las funciones ejecutivas de la corteza prefrontal y el surgimiento de una vulnerabilidad que afecta principalmente a las infancias en desarrollo y a los adultos mayores frente a engaños y estafas virtuales.
En este marco, la experta plantea la necesidad de una alfabetización digital ética capaz de preservar el juicio crítico y la esencia humana.
-¿De qué manera impactan en la vida cotidiana las simulaciones hiperrealistas con IA? -La verdad deja de sostenerse en la percepción y pasa a depender de la verificación activa. Ya no podemos confiar en lo que vemos: la evidencia se desplaza del ojo a la fuente. Eso exige un cambio cultural profundo: pasar de “lo vi” a “¿quién lo produjo? ¿cómo y para qué?”. Es un cambio tan radical como el que introdujo la imprenta.
-Pero, ¿cómo altera la exposición continua a imágenes distorsionadas la capacidad para procesar la realidad? -La exposición sostenida a estímulos hiperrealistas pero falsos entrena al cerebro en un régimen de baja exigencia crítica. La duda y la verificación, que son funciones de la corteza prefrontal, se desactivan por economía cognitiva. El cerebro aprende a aceptar lo que fluye. Se pierde tolerancia al aburrimiento y a la ambigüedad, y se debilita la atención sostenida. No es solo saturación; es la atrofia silenciosa de los hábitos mentales que sostienen el pensamiento crítico.
-¿Estamos entrando a un nuevo mundo donde no sabemos lo que es real y lo que no lo es? -Sí, entramos en una era donde la autenticidad ya no es evidente: debe demostrarse.
-¿De qué manera educamos a los niños y adolescentes para que sepan interpretar la realidad? -La respuesta no es enseñar a “detectar fakes”, porque la tecnología siempre irá un paso adelante. La verdadera respuesta es formar criterio: enseñar a preguntar, a rastrear fuentes, a reconocer sesgos, a convivir con la incertidumbre. Pero hay realidades que ya no podemos ignorar. Los deepfakes sexualizados, la difusión no consentida de imágenes, el grooming y el ciberacoso son fenómenos que crecen al ritmo de las herramientas que los hacen posibles. Los chicos están solos frente a tecnologías que crean realidades falsas en segundos. Por eso, educar en ciudadanía digital no puede significar solamente enseñar a usarla: también tenemos que enseñar que no tenemos derecho a hacer lo que sea con ella. Enseñar a usarla con criterio ético. Eso todavía se educa en casa, en la escuela y también desde la psicopedagogía. Desde mi especialidad, lo trabajo con formación en ciudadanía digital y espacios que exigen verificar antes de compartir. Y eso incluye formar en el fenómeno de los deepfakes, en la difusión no consentida de imágenes, en el grooming y el ciberacoso, brindando herramientas concretas para prevenir, detectar y actuar. Desde los primeros años; no como materia, sino como forma de estar en el mundo.
-¿Qué ocurre cuando el cerebro se expone de forma contínua a videos hiperrealistas de alto impacto visual? -Se activa el circuito de recompensa con descargas de dopamina. Cada micro impacto visual promete una recompensa inmediata y mantiene secuestrada la atención. El problema es la saturación: el sistema dopaminérgico se sobrecarga, y cuando se agota, tareas que requieren esfuerzo sostenido —leer, estudiar, conversar— se vuelven cuesta arriba. La corteza prefrontal, responsable de la atención ejecutiva y la verificación, queda progresivamente fuera de juego. No perdemos inteligencia: perdemos la disposición a esforzarnos por entender.
-Este consumo, ¿puede generar un deterioro cognitivo? -Sí, la evidencia científica actual apunta a que el consumo intensivo de contenido sintético de alto impacto puede generar un deterioro cognitivo, especialmente en atención sostenida, memoria de trabajo y control inhibitorio. No se trata de un daño irreversible, pero sí de una atrofia funcional de hábitos mentales que exigen esfuerzo. La evidencia es convergente desde múltiples frentes. No podemos afirmar causalidad unidireccional con total certeza, y los propios investigadores advierten que las relaciones pueden ser bidireccionales: quienes ya tienen vulnerabilidades atencionales tienden a consumir más este tipo de contenido. Sin embargo, cuando múltiples estudios con diseños distintos, poblaciones diferentes y medidas variadas apuntan en la misma dirección, la señal es demasiado consistente para ignorarla. En resumen: no es que el AI Slop “destruya” el cerebro. Es que lo entrena para lo fácil. Y un cerebro entrenado para lo fácil pierde, silenciosamente, la musculatura para lo difícil.
-¿Cómo afecta la exposición temprana a estas imágenes hiperrealistas a los niños que todavía están aprendiendo a diferenciar la fantasía de la realidad? -Los niños comienzan a distinguir entre “real” y “de mentira” alrededor de los 2 años, pero esa habilidad es frágil y depende del desarrollo del lenguaje y de la mediación adulta. La fascinación visual de un niño es enorme, y su cerebro aún no tiene los filtros que da la experiencia. Los niños son especialmente vulnerables porque su pensamiento crítico está en construcción y tienden a confiar en lo que ven y en lo que comparten sus iguales. Si a un niño le mostramos un vídeo donde un gato se transforma en niño, no solo se maravilla: incorpora esa imagen como algo posible si nadie le ayuda a procesarla. La alfabetización visual digital se ha convertido en una forma nueva de alfabetización, tan esencial como leer y escribir
-¿Cuáles son los pilares para una alfabetización digital desde el hogar y la escuela? -La alfabetización digital crítica no es saber usar aplicaciones. Es desarrollar la capacidad de preguntar, de dudar, de evaluar la fiabilidad de lo que consumimos. Implica adquirir conocimientos y desarrollar actitudes para usar, comprender y evaluar autónomamente las tecnologías digitales. Pero hay un horizonte ético que no podemos eludir. Como dice la encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV, en la era de la inteligencia artificial, donde la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos. El pontífice no habla solo de regular algoritmos: habla de corresponsabilidad. De construir en el bien y de permanecer humanos, siguiendo la lógica de una corresponsabilidad valiente que nos compromete a todos. La tecnología no es neutra, y la responsabilidad de las decisiones sigue siendo nuestra.
-¿Qué consecuencias psicológicas puede tener para un adulto mayor o una persona vulnerable la interacción constante con historias fabricadas artificialmente? -Aquí el daño es doble: emocional y cognitivo. El caso de Mario, el jubilado de 84 años que perdió 160 mil dólares tras cuatro meses de relación con “Luciana” —una IA capaz de dialogar con miles de víctimas simultáneamente— no es una anécdota. El impacto psicológico de estas estafas, como documentan diversos estudios, supera con frecuencia la pérdida económica. Las víctimas reportan culpa, pérdida de confianza en sí mismas, aislamiento y síntomas similares al trauma. El cerebro mayor tiende a ahorrar energía cognitiva; verificar exige un esfuerzo que, con la edad, se vuelve más costoso. Si a eso sumamos soledad y deterioro cognitivo incipiente, la puerta queda abierta.
Desnudos digitales: las fotos manipuladas con IA
La difusión de deepfakes pornográficos (fotos manipuladas con IA) de unas 40 alumnas de un colegio de Lomas de Zamora, hace pocas semanas, presuntamente creadas y viralizadas por sus propios compañeros en redes y sitios para adultos, volvió a abrir el debate sobre este tema. No es la primera vez que ocurre en ciudades y pueblos de Buenos Aires, Córdoba y el resto del país.
¿Qué es una deepfake? Es un contenido de video, audio o imagen generado con IA que suplanta el rostro o la voz de una persona a partir de fotos cotidianas de uso público. Esta manipulación genera un gran impacto psicológico y social en las víctimas.
Mariana Savid plantea que intervienen diversos factores a la hora de pensar quiénes cometen estos actos. Por un lado, el consumo temprano de pornografía. La cosificación de los cuerpos bajo un sistema patriarcal donde el consentimiento en el plano digital se percibe como opcional o simple entretenimiento. Por otro lado, la ausencia y soledad frente a la pantalla: falta de presencia adulta fijando límites y el desconocimiento de los adolescentes sobre qué constituye su huella o identidad en Internet.
En estos casos, sostiene Savid, la respuesta de las escuelas suele ser reactiva; “actuar como bombero” ante el conflicto ya consumado.
Algunas recomendaciones que propone la especialista en ciudadanía digital son:
-Retrasar el acceso a dispositivos móviles propios y a herramientas de IA generativa en edades tempranas.
-Exigir mayor transparencia, filtros y responsabilidad a las plataformas digitales.
-Activar protocolos institucionales, convocar a las familias y abordar la problemática colectivamente en el aula.