
Víctima de un arbitraje localista pero también superado merecidamente por Boca, el equipo de Ponzio llega a fin de año colgado con alfileres al sueño de ganar el Clausura y en medio de múltiples derrotas en los últimos meses.
Víctima de un arbitraje localista pero también superado merecidamente por Boca, el equipo de Ponzio llega a fin de año colgado con alfileres al sueño de ganar el Clausura y en medio de múltiples derrotas en los últimos meses.
Si el 9 del 12 es una fecha histórica para River en la historia contra Boca, este superclásico también podría ser recordado en Núñez como el de los 9 contra los 12: los errores del árbitro y el VAR quedaron a la vista de todos en la Bombonera y, por segunda vez en el año, River -que terminó con dos expulsados- resultó perjudicado en el superclásico.
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También hay que reconocer a un rival muy en forma, que ganó merecidamente y ni siquiera necesitó su mejor versión para hacerlo. Reconstruido por un técnico serio y con largo recorrido como el Vasco Arruabarrena, este Boca está sólido, sabe ganar los partidos pesados y multiplica sus chances de salir campeón, mientras un River remachado con un entrenador interino no termina de sumar dos presentaciones confiables y continúa enganchado con alfileres al sueño del Clausura. El álbum de figuritas de River podrá tener muchas estrellas pero está lejos de configurar un equipo.
Aceptadas ambas verdades, un dúo tendencioso entre el arbitraje y el VAR y un rival superior, cualquier análisis honesto de River no podría dedicarle más de dos párrafos a los agentes externos. Este River, de hecho, comenzó perdiendo en la semana por una decisión extraña: no enviar a jugadores a la conferencia de prensa previa al partido y después quejarse por el arbitraje suena a contradicción. Si se declara un enfrentamiento, las eventuales consecuencias deben ser aceptadas. Caso contrario, se trata de un error estratégico. Cualquiera que crea que el principal problema de River son los árbitros se está prestando a un juego equivocado.
River también pierde contra River en el campo de juego: su estructura está tan dañada que no tiene un 2, un 5 y un 9 en los que confiar, una limitación decisiva para construir un equipo por más que se multipliquen los campeones del mundo y los millones invertidos. Por no tener, River tampoco tiene un técnico con experiencia: el interinato de Leonardo Ponzio llegó demasiado lejos.
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A la enésima macana de un Lucas Martínez Quarta que ya genera tanto fastidio como Paulo Díaz pero que insólitamente sigue sumando chances, se le sumó la mala fortuna en las lesiones de Aníbal Moreno y Fausto Vera, de todas maneras ambos muy proclives a las ausencias. El pibe Lucas Silva, el menos culpable de todo esto, quedó expuesto. Tuvo que salir Lucas Beltrán y lógicamente la ofensiva quedó dañada, pero River ya hace rato que en los superclásicos mira de lejos a los arqueros de Boca.
El año pasado con Marcelo Gallardo y este con Chacho Coudet y ahora con Ponzio, River volvió a perder tres partidos seguidos con Boca por primera vez desde 1991: no convirtió ningún gol y, lo peor de todo, casi no pateó al arco durante 270 minutos. ¿Cuántas atajadas hubo de Agustín Marchesín, Leandro Brey y Álvaro Montero en estos tres partidos?
River gastó decenas de millones de dólares pero, además de no tener una columna confiable, carece de alternativas para cambiar el desarrollo de un partido: ayer entraron Lautaro Rivero, Juan Cruz Meza, Lautaro Pereyra y Giovani González. Los 32 partidos sin revertir una derrota parcial también se explican en esos bancos de suplentes sin soluciones.
Los últimos 12 meses futbolísticos de River -este martes se cumplirá un año de la asunción de Stéfano Di Carlo- encadenaron algunas muy buenas -las llegadas de Nicolás Otamendi, Thiago Almada y Ángel Correa, por ejemplo- con no pocas desafortunadas: tres derrotas seguidas en superclásicos, tres técnicos -uno de ellos Marcelo Gallardo- y en camino de un cuarto, una final perdida contra Belgrano, el error del container, la extraña incorporación de Pablo Longoria, las eliminaciones ante Aldosivi e Independiente Santa Fe, una estrategia cambiante en el distanciamiento con la AFA -primero faltando a las reuniones del Comité Ejecutivo y luego volviendo- y, salvo que River salga campeón del Clausura, dos años seguidos sin clasificar a la Copa Libertadores.
El fútbol es cambiante y, así como River estuvo a cinco minutos de ganarle la final del Apertura a Belgrano y salvar -o ganar- el año, todavía puede ser campeón. Para eso, de una vez, deberá ganarle al propio River.
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