
El caso Ueno Bank en Paraguay expuso la millonaria cantidad de fondos públicos y privados depositados en la entidad, además de vínculos con el poder político y organismos de control. La intervención y las renuncias abrieron interrogantes sobre la supervisión financiera y el destino de los recursos comprometidos.
Miércoles 04 de Noviembre de 2026 - Actualizada a las: 19:22hs. del 04-11-2026
Hay escándalos financieros y después están esos escándalos que parecen escritos por un guionista con demasiado café, poca vergüenza y un sentido del humor bastante perverso.
Lo que está pasando en Paraguay con Ueno Bank tiene todos los ingredientes de una tragicomedia latinoamericana: un banco que termina intervenido, tres millones de clientes, cientos de millones de dólares comprometidos, renuncias políticas, vínculos empresariales y una colección de organismos públicos que aparecen en la lista de depositantes.
Pero vamos por partes, porque acá la ensalada viene con todos los ingredientes. Ueno manejaba entre 800 y 850 millones de dólares de fondos públicos. Aparece el IPS, el organismo de previsión social paraguayo, con aproximadamente 380 millones de dólares. Aparece el Ministerio de Economía, aparecen las cajas jubilatorias, aparece la Caja de Itaipú, aparece la ANDE.
Y aparecen Itaipú y Yacyretá, dos centrales hidroeléctricas que producen una riqueza extraordinaria, pero cuyos recursos ahora también forman parte de las preguntas que nadie termina de contestar.
Porque cuando preguntaron cuánto dinero de las binacionales había en Ueno, la respuesta fue más o menos: sabemos que hay, pero ahora no tenemos el numerito. ¡Extraordinario!
Es como entrar a un restaurante, preguntar cuánto gastaste y que el mozo te conteste que hubo comida, hubo bebida, hubo movimiento, pero que la cuenta la tiene que buscar. Y esperen, que todavía falta el fútbol.
La CONMEBOL tenía depositados 85.470 millones de guaraníes, unos 14,3 millones de dólares, en certificados de ahorro de Ueno. Sí, la misma CONMEBOL que tiene al banco como patrocinador de la Copa Sudamericana.
Una relación comercial que ahora queda atravesada por una crisis financiera de proporciones. Acá conviene aclarar algo: esos 14,3 millones son fondos de la Confederación Sudamericana de Fútbol, no dinero público paraguayo. Pero forman parte de una misma fotografía: la cantidad y diversidad de instituciones y grandes depositantes que confiaron sus recursos a esa entidad.
Y mientras tanto, Santiago Peña, presidente de Paraguay, había sido socio comercial del Grupo Vázquez, propietario del banco, hasta marzo de 2025.
El presidente del Banco Central, Carlos Carvallo, había sido titular de la antigua financiera Ueno antes de llegar al organismo encargado de controlar a los bancos.
¿Se entiende el problema?El que tenía que controlar había dirigido la empresa. Y el presidente del país había tenido vínculos comerciales con el grupo propietario.
No significa que esas relaciones prueben por sí solas un delito, pero explican por qué la sociedad exige respuestas y por qué la independencia de los organismos de control quedó bajo sospecha.
Ahora aparece la renuncia de Carvallo. Y acá viene una de las grandes especialidades de la política: cuando el edificio empieza a llenarse de humo, siempre hay alguien dispuesto a entregar las llaves del encargado. Pero una renuncia no es una auditoría. No devuelve los depósitos. No explica las operaciones. No identifica a los responsables.
Y tampoco hace desaparecer los informes que, según las investigaciones periodísticas, ya advertían sobre créditos a empresas vinculadas, excesos regulatorios y problemas de supervisión. Porque esto tampoco habría sucedido de un día para otro. Hubo advertencias, hubo informes y hubo tiempo para actuar.
Entonces, ¿qué pasó? ¿Cómo terminó un banco acumulando semejante volumen de fondos públicos y privados mientras sus problemas de solvencia avanzaban? ¿Quién autorizó las colocaciones? ¿Quién controló los riesgos? ¿Quién decidió que era una buena idea concentrar tantos recursos en una misma entidad? ¿Y qué responsabilidad tienen los funcionarios que debían proteger ese dinero?
Porque hay algo que parece haberse olvidado en esta historia: la plata de las jubilaciones no es plata para jugar a la ruleta financiera. La plata de Itaipú no es una propina que quedó arriba de la mesa. La plata de Yacyretá tampoco es un vuelto de supermercado. Y los recursos públicos no son fichas de casino que se pueden cambiar cuando la suerte viene torcida.
Lo más curioso es que cuando un ciudadano debe una cuota, el sistema financiero tiene una memoria prodigiosa. Le recuerda la deuda, le manda mensajes, le cobra intereses y hasta parece conocer el árbol genealógico.
Pero cuando son cientos de millones de dólares los que quedan comprometidos, aparecen las explicaciones, los comunicados, las renuncias y los pedidos de paciencia.
En Paraguay, por ahora, la gran pregunta no es solamente cuánto dinero se podrá recuperar. La pregunta es quién va a explicar cómo se llegó hasta acá. Porque si el banco se queda sin solvencia, los funcionarios se quedan sin cargos y los responsables se quedan sin respuestas, tenemos un pequeño inconveniente: el dinero no desaparece por arte de magia. Alguien tiene que explicar dónde está.
Y que no nos vengan con que esto es un simple problema administrativo. Cuando se mezclan poder político, negocios privados, jubilaciones, binacionales y organismos internacionales, ya no estamos hablando de una sucursal bancaria. Estamos hablando de la confianza pública.
Y esa, cuando se rompe, no se recompone con una transferencia ni con una renuncia. Porque parece que en esta película algunos tenían la tarjeta VIP para entrar a la fiesta, pero ahora quieren que la cuenta la pague todo Paraguay. Y hay una última ironía: Itaipú y Yacyretá producen energía para iluminar millones de hogares. Pero en esta historia, lo que falta es luz. Muchísima luz. Porque cuando se administra plata ajena, la transparencia no es un favor. Es una obligación. Y cuando la plata es de todos, nadie tiene derecho a jugar al banquero con los ojos cerrados.