
Pensaba escribir sobre el gran partido de esta semana, lo más importante que pasó en los últimos días: el match entre Boca y Sarmiento de Junín por la Copa Argentina. Pero no hay caso: la selección argentina no afloja. Es impresionante.
Pensaba escribir sobre el gran partido de esta semana, lo más importante que pasó en los últimos días: el match entre Boca y Sarmiento de Junín por la Copa Argentina. Pero no hay caso: la selección argentina no afloja. Es impresionante. Pasando del fútbol a otra cosa, digamos al cine o la literatura, hay directores de cine o escritores que son especialistas en un aspecto de la obra. Hay compositores de música que son buenísimos en las aberturas, en los comienzos. Otros –pienso en Mahler y por supuesto en Wagner– en los in crescendo, en los momentos, en la zona media de la obra, que toma altura, potencia, vigor, fortaleza. Pues bien, la selección argentina es especialista en finales. En desenlaces. En conclusiones. ¿Cuántas veces vimos películas que vienen bien, son buenas, son interesantes, pero que fracasan al final; el final es tonto, débil o resuelto muy a las apuradas? Con Argentina sucede todo al revés. Los comienzos son morosos, parece que no pasa nada, y, de hecho, realmente no pasa nada. Hasta que pasa: un gol de ellos, o dos goles de ellos, o un gol nuestro y un empate de ellos, u otro gol de Argentina y un segundo empate de ellos, como contra Cabo Verde. Y de repente, se llega a los 10, 15 o 20 minutos finales del partido (o del segundo tiempo del alargue). Y ahí, de repente, no sabemos cómo ni de dónde, Argentina cambia, empieza a jugar al futbol y se lleva por delante al rival. En este caso, el miércoles pasado, a Inglaterra. Porque no es solo una muestra de carácter. O mejor dicho, sí: este equipo no deja de dar muestras de carácter. De fortaleza mental. De hambre. De resiliencia, palabrita de moda que detesto, pero que hoy uso porque la usan los jugadores y el propio Scaloni. Pero no es solo eso. Es eso, más otra cosa: fútbol. En los últimos minutos Argentina avasalló a Inglaterra jugando al futbol. En 15 minutos hizo dos goles, pego dos tiros en los palos e hizo figura al arquero. Hizo circular la pelota de un lado al otro del área, para terminar con centros, pero no con centritos de mierda (por usar una frase célebre de Barros Schelotto) sino con puñaladas al área muy bien pensadas y con tiros de media distancia, igualmente bien pensados. No gana solo con el corazón. Es el corazón y la pelota. La pelota siempre al 10, que a los 39 años parece tener un secretito que, creo, podemos develar. Presten atención a esto: Messi descansa entre los 15 y los 30 minutos del segundo tiempo. Camina, casi no toca la pelota. Lo hace a propósito, para guardar energía para el final. Y en el último cuarto de hora aparece mágicamente como lo que es, o, mejor dicho, en lo que se convirtió: el capitán de un equipo especialista en finales. En desenlaces. En terminaciones. Por momentos, en medio de la emoción, daría la impresión que, como decía el Chapulín Colorado, “todo está fríamente calculado”. Un final a toda orquesta con un director magistral.
De los últimos 4 mundiales, Argentina llegó a 3 finales (perdió una, ganó otra, veremos mañana cómo le va). Es el ciclo Messi. Un Messi maduro. Un genio de los finales, en especial del final de su carrera.
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