
Un año más tarde, la economía argentina todavía padece los coletazos del apretón monetario con el que el Banco Central tuvo que controlar el inicio de una corrida cambiaria más, que sólo se frenó con el aval del Tesoro norteamericano y la implementación de un curioso swap de…
Un año más tarde, la economía argentina todavía padece los coletazos del apretón monetario con el que el Banco Central tuvo que controlar el inicio de una corrida cambiaria más, que sólo se frenó con el aval del Tesoro norteamericano y la implementación de un curioso swap de monedas. El resultado de ese trote hacia el abismo monetario fueron tasas extravagantes y el saldo de una bola de nieve en los segmentos de créditos personales que afectó la morosidad. En pocos meses, aumentó casi 6 veces, dejando en 12% del total de los préstamos a las familias en condición irregular, con algunos nichos de mercado en más de 14%.
Diferencias. Como ocurre con el resto de las variables, la heterogeneidad también manda en este campo: mientras el crédito personal quedó estancado, el financiamiento hacia las empresas varió según el tipo de mercado en el que se encuentran. La ausencia de un mercado de capitales voluminoso marcó una brecha: aquellas empresas grandes que tuvieron acceso al mercado internacional pudieron fondearse con emisión de obligaciones negociables o préstamos garantizados en dólares porque su nexo con el mercado global es firme. En sectores como el energético (especialmente el ecosistema petrolero y gasífero), minero y algunos componentes del complejo agroexportador, pudieron sortear ese desafío. Pero la parte mayoritaria del mercado sufrió la restricción crediticia, un escollo importante a la hora de revisar los fundamentos de un programa económico que, a partir del segundo semestre de este año buscará recrear un clima más amigable para el consumo en clave electoral. Para Marina Dal Poggetto, directora de Eco Go, la incidencia del superávit de balanza comercial terminó configurando el nuevo escenario, diferente al del año pasado. La proyección para todo 2026 es de US$22.500 millones (el doble que en 2025) que es compensado en gran parte por una cuenta de servicios reales y financieros creciente. En este contexto, el Banco Central continúa con la política de comprar dólares: en el primer semestre ya se hizo con más de US$11.000 millones, superando el objetivo autoimpuesto para todo el año. “Con un Tesoro que desde marzo arrancó con colocaciones de deuda en el mercado local (US$4.000 millones de las series AO27 y AO28), los dólares que compra el BCRA engrosan las reservas netas que, en lo que va del año, subieron US$6.600 millones, quedando a sólo US$1.400 millones del compromiso asumido con el FMI”, explica.
Plata, no hay. Otra “normalización” que logró el Central fue la de ir flexibilizando los encajes bancarios, también subidos durante el apretón monetario pasado. Esto ayudó a bajar la volatilidad de tasas y permitió algunas activas pudieran bajar, pero no en el segmento personal que siguen elevadas. Manuel Cerdán, economista de la consultora Invecq, espera que durante esta segunda mitad de 20206 habrá cierto repunte de los préstamos en moneda local, aunque no lo suficiente grande como para traccionar fuertemente el consumo. “La fuerte expansión del crédito entre comienzos de 2024 y mediados de 2025 fue un factor clave para explicar el rebote económico, en particular en los sectores más ligados al consumo interno, pero ese ciclo se cortó a partir del desarme de las LEFI y la tensión preelectoral en julio del año pasado”, recuerda Cerdán. La secuencia pasada fue clara: eso incrementó fuertemente la volatilidad de las tasas de interés y, sumado al endurecimiento de encajes, hizo saltar las tasas activas. Esta combinación desinfló la tracción a la dinámica del crédito, que pasó de crecer a un ritmo elevado muy elevado (6% mensual, en términos) a quedar casi estancado. Pero la morosidad contrasta con el algo porcentaje para las familias (12,1%) mientras que el corporativo es mucho menor (3,3%)
La otra cara de la moneda. Si el ahogo crediticio es un dato, el estancamiento de la inversión es otro, pero ambos tienen fuerte correlación. A pesar que la economía creció 2,3% interanual en el primer trimestre, luego de dos trimestres de parálisis, la formación bruta de capital fijo —la inversión en maquinaria, equipos y construcciones— cayó 11,6% con respecto al mismo período del año anterior y en términos desestacionalizado es el cuarto trimestre consecutivo de caída. “La economía crece, pero la inversión no repunta y aunque nunca una caída de la inversión es una buena noticia, debemos ser muy cuidadosos en el análisis del dato, de sus causas y perspectivas futuras”, indica el consultor y profesor de Economía del IAE Business School Lucas Pussetto.
Hay consenso entre los economistas que el umbral de inversión para que una economía emergente pueda crecer de forma sostenida es cercano al 25% del PBI. Por lo tanto, la brecha con los números argentinos todavía es creciente brecha es, por lo tanto, importante: la inversión del primer trimestre está en un 17,2% del PBI y fue del 19,4% en 2025. Esto es un problema que arrastra años de cifras negativas: desde 2004 los picos fueron 21,6% (2011) y 20,7% (2008 y 2017) y estuvo encima del 20%, sólo en 9 de los últimos 22 años.
“Cerrar esta brecha no es tarea de un trimestre ni de un gobierno, pero identificarla con claridad es el primer paso para no confundir recuperación cíclica con crecimiento estructural”, concluye el economista. Porque la decisión de invertir responde a una combinación de factores macro y micro que, en Argentina, hoy, están en clara tensión. Del aspecto macroeconómico, hay tres variables que pesan de forma directa: la incertidumbre, que acorta el horizonte de planeamiento de cualquier proyecto plurianual; el acceso al crédito, que no retomó el dinamismo de 2025 y la inversión pública. Esta última, con una cuota de costo invisible: su debacle como parte del ajuste de la motosierra, incide en la rentabilidad esperada de muchos proyectos privados por aumento en los costos externos.
El problema no sería cualitativo sino cuantitativo porque indica que los procesos de estabilización comparables —Chile en 1975, Israel en 1985 o Perú en 1990— muestran un patrón consistente: la inversión privada no lidera la recuperación, la sigue. Evidentemente, son dos caras de la m isma moneda: en los otros países, en los que esto ocurrió, la inversión terminó reaccionando cuando la política económica resiste, subraya, un cambio de gobierno o, por lo menos, una elección presidencial.
Por eso, Pussetto no avizora una expansión del crédito “en serio”, porque incluso para el sector empresarial, si bien las tasas son menores y el riesgo, bajo, la incertidumbre de algunos parámetros que configuran su rentabilidad, son, por esa razón, todavía inhibitorios de dar el salgo de calidad que la economía precisa para poner en marcha la rueda productiva.
Evidentemente, romper el círculo vicioso de incertidumbre que mina la mirada optimista que motoriza la inversión y sustrae recursos prestables al sistema financiero es una tarea más compleja que activa el eslogan del recorte salvaje o proclamar la emisión cero. Vincular el ahorro con la inversión precisa como condición necesaria la estabilidad, pero la historia reciente indica que alcanzarla, a veces comienza por el mismo ahogo financiero que socava los fundamentos del mecanismo.
por Tristán Rodríguez Loredo