
El merecido campeón dominó, impuso las condiciones con su tenencia y la Selección quedó reducida primero a correr tras la pelota y después a resistir. El corazón, esta vez, no alcanzó.
El merecido campeón dominó, impuso las condiciones con su tenencia y la Selección quedó reducida primero a correr tras la pelota y después a resistir. El corazón, esta vez, no alcanzó.
España tuvo la pelota y fue muy superior a Argentina.
La final arrojó miles de registros estadísticos y muchos sirven para comprender la enorme superioridad futbolística de España. Pero hay un par de datos que reflejan de manera abrumadora la diferencia que existió en esta final: 1) Argentina no pateó un solo tiro al arco en todo el partido y 2) el Dibu Martínez tocó la pelota más veces que todos sus compañeros. Merecido campeón, el equipo de Luis De La Fuente sometió a la Selección con fútbol. Desde la tenencia, la circulación y la búsqueda de superioridad numérica para encontrar los espacios, el equipo de Lionel Scaloni quedó reducido a un conjunto corriendo siempre detrás de la pelota y, ya con diez, a resistir hasta el 1-0 de Ferrán Torres. Luego, ya desesperado, lo fue a buscar con ese corazón que mostró en los anteriores partidos pero esta vez no le alcanzó para el milagro que hubiera significado ir a los penales.
Un plan que no dio resultado
El objetivo inicial de Scaloni, consciente de que el rival dominaría la posesión, fue salir a presionar en una zona media. Ni una presión alta, que dejaría expuesto al equipo ante los aceitados mecanismos de salida de España, ni hundirse en un bloque muy bajo. El ingreso de Nico González parecía coherente en el 11. Su ida y vuelta por la banda pintaba como algo favorable para auxiliar a Tagliafico en su duelo con Lamine Yamal y para generarle una preocupación a Pedro Porro por su constante amenaza al espacio. Ese sector derecho español había funcionado bastante bien durante el Mundial.
Pero la idea falló. Argentina estuvo bastante imprecisa las pocas veces que tuvo el control de la pelota y casi nunca pudo poner a correr a Nico González. España, como en los anteriores partidos, volvió a destacarse en las recuperaciones en campo rival y en las presiones post pérdidas. Y su presión orientada en la salida buscó que Argentina construyera el juego por su costado izquierdo (Licha Martínez-Tagliafico) para aislar lo más posible a Lionel Messi, que estaba volcado del medio hacia la derecha. Con su estrategia desconectó los cables de la Selección. Un dato: en ese primer tiempo de dominio casi absoluto de España, Leo tocó apenas nueve pelotas. Pero hay algo más llamativo: de esos nueve pases del 10, siete fueron hacia atrás. Todo un síntoma.
El plan B tampoco funcionó
Scaloni decidió ajustar en el entretiempo. Sacó a Nico González, corrió a Mac Allister hacia la izquierda y metió a Leandro Paredes como volante central. La idea era fortalecer la zona interna, sostener más la pelota, intentar juntar más pases con sus cuatro mediocampistas e incluso tener a un lanzador preciso para aprovechar los espacios. Lástima que Paredes entró a guapear y a pelearse con cualquier español que le pasara cerca (como hizo lamentablemente también tras el pitazo final) en lugar de agarrar la pelota y jugar. Con esa actitud tan reprochable del 5, a la Selección se le escapó una chance de intentar hacer pie en el medio. Mientras, los Barco, Nico Paz, Lo Celso, posibles recambios, volvieron a verlo sentados desde el banco ante la cuestionable decisión del DT de morir con los suyos.
España, con Rodri (merecidamente elegido como el mejor jugador del Mundial) manejando los hilos desde la mitad de la cancha, no bajó su intensidad en cuanto al monopolio de la pelota. Triangulaciones, pases filtrados, cambios de orientación, toques de primera... Por momentos, fue un auténtico baile. Argentina deambulaba, sólo se sostenía en el partido por el resultado parcial. Y para peor, Enzo Fernández, otro que tuvo un partido para el olvido, se hizo expulsar en el minuto 90 y ahí sí se terminaron de extinguir las poquitas chances de discutirle el manejo del juego a España. Se pasó, sin escalas, a la resistencia. A aguantar.
Nahuel Molina ya había ingresado antes por Gonzalo Montiel, en otro cambio de lateral por lateral como en todo el Mundial porque ninguno de los dos estaba apto para los 90 minutos, y De la Fuente, vivo, le puso al rato a Iñaki Williams para complicar por esa zona. Un centro pasado, a la espalda de Molina otra vez como en el gol de Gordon para el 1-0 de Inglaterra, sirvió para que Williams la bajara de cabeza y Ferrán, en el minuto 106, le pusiera algo de justicia a esa altura a la paliza táctica de España.
En ese segundo tiempo del alargue, con la derrota parcial, afloró ese orgullo tan propio de esta Selección y que fue su marca registrada ante un fútbol que escaseó. Con ese corazón que la mostraba como un equipo emocionalmente imbatible, como ante Cabo Verde, Egipto, Suiza e Inglaterra, lo fue a buscar. Pero esta vez no le alcanzó. Lo tuvo Giuliano Simeone en el final, alguien al que le sobran ganas pero le faltan aún completar varios ítems para ser un recambio serio en la Selección. Hubiera sido milagroso y, a la vez, demasiado injusto para lo que fue el partido. España, que en este Mundial fue de menor a mayor, dio cátedra sobre cómo jugar al fútbol y se consagró como un más que merecido campeón.
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