
La Selección extendió su legado: nunca dejó de pelear por un podio, compitió y escribió páginas inolvidables en un Mundial que no llegó a coronar. Qué cosas valen pese a no haber logrado la Cuarta.
La Selección extendió su legado: nunca dejó de pelear por un podio, compitió y escribió páginas inolvidables en un Mundial que no llegó a coronar. Qué cosas valen pese a no haber logrado la Cuarta.
Scaloni y los jugadores, con la de Plata colgada en el pecho (Juano Tesone/Enviado especial).
Cuando quedaban menos de veinticuatro horas para salir a jugar la final contra Argentina, Luis De la Fuente eligió comenzar su conferencia de prensa protocolar brindando un concepto que los resultadistas podrían considerar una especie de apología del fracaso: “Firmaría llegar todos los años a una final de Copa del Mundo y perderla”. No estaba loco, el harense que le dictó clases a Lionel Scaloni en la Ciudad Deportiva de Las Rozas hace poco más de una década.
Del otro lado del Hudson, una imagen conmovedora -contracultural, en algunos casos- refrendó aquellas palabras del español campeón del mundo en 2026: Lionel Messi llorando ante una tribuna que agolpada revoleaba la camiseta, que entonaba el “soy argentino” en la derrota, que le daba valor a la presea que Leo llevaba colgada de su pecho. La de plata. La de un segundo que sí quedará grabado en la memoria.
Un segundo del que valdrá la pena acordarse. Uno que tropezó después del oro. Que jugó por el podio una vez más en los ocho años que lleva el ciclo de Lionel Scaloni. Una Selección que siempre jugó hasta el último día en cada competencia. Que fue tercera en 2019, que rompió la pared en 2021, que después de ganar la Finalissima se bordó la Tercera en Qatar. Que conquistó América en 2024 y que llegó a la final en 2026.
Argentina deberá entender el valor del camino. Porque del 93 hacia adelante, demoró 28 años en coronar un torneo. Y ahora se ha invertido la lógica: hasta parece naturalizar el éxito constante de una generación de futbolistas que ha logrado una sinergia espectacular, con un cuerpo técnico formado en el mejor proceso de selecciones de la historia del país. Lo intentó dejar en claro Rodrigo De Paul después de ganarle a Cabo Verde: hay que festejar cada paso.
Esta Selección, que ha dejado la vara de ambición altísima, quizás pueda haberle dejado con el segundo puesto, la medalla plateada colgada en el pecho y el agradecimiento a los hinchas que coparon Nueva Jersey -como Kansas City, Dallas, Atlanta y Miami; como el Obelisco, el Monumento a la Bandera o las esquinas de cada barrio- por la arenga para animar tras el golpe. Para ayudar a digerir la hiel de un 0-1 de un Mundial con la épica y el final del 90.
Porque Argentina ahora podrá empezar a valorar todo lo que no se consiguió. Que decantó en memes injustas, en castigos severos para integrantes de generaciones previas que en algunos casos pudieron acabar ganando ( Di María, Otamendi, el mismísimo Messi que en el mismo MetLife se pensó afuera de la Selección) pero que vieron cómo su sueño se esfumaba en 2014, en Brasil, en 2015 y en 2016.
Vale la pena salir segundo cuando un equipo representa. Cuando emociona como ante Inglaterra. Que deja al borde de la taquicardia a toda una patria para ganar con empuje y amor propio como ante Cabo Verde, Egipto o Suiza. ¿Acaso esas tardes o noches de emociones fuertes, inolvidables, no sirvieron de nada? ¿Hay que olvidarlas? ¿Estamos obligados a no recordarlas sólo por no ser primero? Patrañas.
Ameritará hacerlo. Sentarse a ver de vuelta aquel gol de Enzo Fernández ante los Faraones de Salah, el bombazo de Julián contra los suizos, el cabezazo de Lautaro para darle continuidad a la maldición británica de no llegar a una final en 60 años y contando. Pero sobre todo, valdrá el esfuerzo porque generará una sonrisa como la que los hinchas les mostraban a los jugadores que tantas alegrías le dieron. De este segundo sí se acordarán todos.
NUEVA JERSEY (ENVIADO ESPECIAL).
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